|
|
|
El sustituto
Almudena Solana
Novelista
Quiero contarles algo. Casi se cuenta solo. Sólo piense que quien habla a continuación no es quien usted esperaba en realidad, sino otro. Estas cosas a veces ocurren en los Congresos.
Se acerca al micrófono; el atril dispuesto.
Muchas gracias por invitarme a participar en este Congreso de Cardiología. Entiendo que no tengan claro mi nombre; es lo que ocurre cuando a uno le llaman en el último momento y no hay ocasión para reescribir los programas de mano. Lo malo de ser suplente es que el nombre, metido en separata de papel dentro del programa oficial, termina en el suelo, como todas las octavillas del mundo. Pero no se preocupen; ser suplente, por lo demás, es siempre algo bueno, porque nadie tiene una idea preconcebida sobre quién le va a hablar; y eso, créanme, me hace sentir muy libre.
- Me llamo Robert Plant, médico psiquiatra, y cardiólogo.
Altura considerable, pañuelo brillante en el frontal de su americana; pelo largo pero cuidado. Piernas largas también, apoyadas sin tensión sobre el suelo. El Doctor Plant, ante el asombro de la Sala, aún tardó unos segundos en continuar. Es como si no tuviera prisa en hacerlo o, tal vez, como si quisiera que las 250 personas del Congreso, allí sentadas en sucesivos semicírculos concéntricos de butacones enmoquetados en granate, apreciaran de alguna manera que había una gran diferencia entre todos ellos y él mismo, ese suplente que les estaba hablando. Tal vez por eso enfatizó que era psiquiatra aunque esta palabra quedó absorbida por la inmediatamente posterior: cardiólogo. Está demostrado –muchas veces lo hemos hablado– que las personas se quedan a ciencia cierta con la última palabra que escuchan, y eso ocurre desde la primera infancia cuando le preguntas a un niño, qué te gusta más esto o… Siempre dicen lo segundo, aunque le cambies el orden y, con ello, se les haga caer en la contradicción. Así somos los humanos, limitados, volátiles, cambiantes… y tremendamente laxos, vagos. En esto coincido con el Doctor Plant, Robert para los amigos. Yo soy uno de ellos, y esto ya es decir mucho porque apenas tiene tres. Nos conocemos desde los tiempos en los que compartíamos partidos de rugby en la Universidad. Hicimos buenos amigos en el equipo los dos; todos a una, en plena melé, gritábamos al mundo que la gloria y la astucia podían coincidir en el mismo juego.
Pero volvamos a la ponencia del Doctor Plant, que ya decidió dar por terminado su silencio.
Soy una persona sana –Aquí sonrió mucho mostrando su enorme dentadura bien cuidada–. Mi corazón no se hace notar y eso, en el fondo, es como admitir que la alegría queda oculta, sepultada. Un buen músculo, como el corazón, es como una buena amistad, una buena educación, una pieza de música no pirateada o un guiso en su punto de sal. Nada sobra, no hay estridencia; todo está bien. Y, sin embargo, no se valora lo suficiente porque no hace ruido. No se aprecia porque está bien. ¿No es esto un tremendo error? ¿No es un error que el regocijo sea siempre un sentimiento privado y, en cambio, nuestros instintos, los más bajos, sean los únicos que atañen al interés general?
El mal, el desánimo, la catástrofe, la incertidumbre, el pesimismo,… ¿Qué más? La resignación –dijo alargando con peso cada sílaba de esta palabra- que se está afianzando en su glándula pituitaria, perdónenme que les diga. Ustedes, como el resto de la sociedad, se dedican a dar puñetazos a las mesas en lugar de abrir delicadamente ventanas. Nuestra vida, señores, está plagada de sordos sonidos, esos que llegan tras los portazos a las puertas –si me permiten la redundancia–. A los portazos hemos de sumar la televisión y su mundo: los eructos, las vísceras, el mal uso del corazón… No entra el aire. ¡Esto es asfixiante!
A diferencia de las ponencias anteriores, en ésta nadie dormitaba. Incluso se percibía cierto movimiento en las butacas que no sabría interpretar; dudaba si los que tenía más cercanos a mi, por ejemplo, manifestaban en su sutil ajetreo una disconformidad o, simplemente miraban a Robert como se mira a un descarado insolente.
- ¡Esto es asfixiante! –Repitió el Doctor Plant como mostrando sus credenciales de ausencia de miedo ante la sala–.
… Pero no me quiero enfadar porque si lo hiciera yo sería uno más con ganas de ardua pelea, ¿verdad? –sonrieron de nuevo sus dientes–.
Sé que los médicos nos centramos en el mal porque es el mal, el dolor, nuestra piedra filosofal, nuestro enemigo a batir. Pero siempre supimos cuando soñábamos con ser médicos que lo que queríamos era… aprender a curar, pero se nos olvidó estudiar cómo aprender a no enfermar. Nuestro foco estaba en combatir la negrura; cambiar el orden de la suerte, luchar por recuperar la luz en una cara abatida por la fiebre o el dolor. …Mil veces repetimos en nuestras pesadillas el error cometido en una intervención y muchas veces más recordamos la cara de ese familiar que esperaba por nosotros en el pasillo, sólo un más allá de la mesa de operaciones. Desde luego, también hay infinitas satisfacciones pero esas quedan para uno, se comparten menos y, lamentablemente, conquistan muchos menos titulares en los periódicos… Los tiempos vienen acordes con la negrura o si no, a ver por qué no dejamos de dar vueltas en este Congreso sobre la financiación de nuestra Sanidad pero, ¡Si ni aún terminando la crisis, habrá fondos suficientes en el mundo para tratar tantas enfermedades como nos vienen relacionadas con el corazón! No lo habrá si no cambiamos de actitud.
Sin embargo, escuchen…
Hizo un silencio. En realidad nadie dejaba de escucharle.
… Este suplente, quiere aportar otro punto de vista. Quiero partir del regocijo por lo que va bien, es decir, un corazón sano que nos da la energía suficiente para ser capaces de cambiar las cosas con la misma tranquilidad con la que un bypass inventa nuevos recorridos.
Pero celebrar que el corazón late sin descanso y de manera rítmica, no asombra. ¡Vaya obviedad!, pensarán ustedes. Sí, vaya obviedad… decir algo así en un Congreso como en el que estamos. Nunca se valora lo que se da por hecho, lo que no hace ruido y hoy, además… Hoy es muy difícil asombrar, y es más difícil aún asombrarse. He ahí lo trágico de nuestros tiempos. A mi, me asombra, por ejemplo, que no haya ninguna ponencia que aporte, no ya soluciones –que eso viene después– sino alternativas, carreteras secundarias de actuación. No repitamos cada vez que hablamos que la situación es insostenible. No montemos un Congreso para ello. Bueno, y lo dice el último en llegar, que yo aquí soy un mero suplente…
Por favor, ante todo, no me malinterpreten porque me haría sentir que me he explicado muy mal.
Según nos ha recordado el anterior conferenciante, un corazón sano late 2.600 millones de veces a lo largo de una vida. ¿Sólo 2.600 millones de latidos? Siempre he visto ese músculo del cuerpo inagotable; por eso me cuesta predecir su fuelle. ¿Es que hoy todo es tangible? ¿Todo se puede cuantificar? No, señores, el corazón no. Por eso, tal vez debamos cambiar el punto de vista. Es mejor la inmensidad. Sí, veamos el corazón desde su inmensidad; dejémosle ser grande… ¿Y por qué debemos hacerlo? Porque nos pueda rescatar.
Y vuelve a mí la cifra de los 2.600 millones de latidos de corazón en una vida sana. ¡Qué pocos me parecen! Será que las cifras millonarias cada día sobre deudas contraídas, números que no alcanzan a despuntar con la crisis, financiaciones irregulares, en fin… paraísos fiscales… empequeñecen todo lo demás. Los antiguos dueños de las cifras millonarias, ¿cómo decir? Los opulentos dueños de los números sin decimales, los tramposos… Sí, esos tramposos sin colesterol; esa gente que siempre ha recibido sus cuidados con buenos hábitos y muchas aguas termales. ¡Ni ellos, todos los codiciosos del mundo se han salvado de esta crisis! Pero, sin embargo, les ha pillado con buena salud.
Buena salud. –Repitió, dándose tiempo a si mismo para continuar.
¿Qué ocurre con aquellos que calman su ansia por llegar a fin de mes con comida basura? Aquellos que ven que les llega el embargo de la casa y esa tele suya, la más grande, se la van a llevar también… Ahí, en la tele, comparten la realidad con otros que están peor (porque, lamentablemente, solo asombra lo que está peor) y salen a la pantalla a compartir su corazón y las malas maneras que el mundo muestra ante ellos.
No, la tele que no se la lleven, es lo último… Piensan esos que no se levantan del sofá y sí tienen colesterol, y obesidad, y falta de autoestima; y muy poco carácter.
Hizo adrede otra pausa más el Doctor Plant…
Nosotros venimos a decirnos los unos a los otros que no habrá forma de pagar tanta cirugía coronaria como nos va a venir en este nuevo siglo… Y mientras, nosotros mismos, ni valoramos que aún el que se tumba en el sofá todo el día, sin parar de comer y no hacer nada, tiene todavía un corazón que trabaja. Todavía trabaja porque ese corazón nos está esperando para que le hagamos caso a él y a la persona para la que se afana. Nosotros, los médicos del corazón, debemos gritar al unísono como si fuéramos los “All Black”, el equipo de rugby de Nueva Zelanda, antes de un gran partido,… Debemos gritar a la sociedad que los hábitos de autodestrucción no caben más en esta vida. Sí, esa persona tumbada, depredadora y depresiva, nos está esperando. Y si no ella, sí su corazón. La crisis sirve para atornillar más a su butaca a cada uno de los que no hacen nada por vencerla. O también sirve para hacernos cambiar.
Miró hacia delante. Por primera vez se había calmado el ambiente. Por eso decidió continuar de la negrura al color.
No encuentro otro músculo en el cuerpo que nos haga recordar que debemos tener esperanza; debemos ponernos en pie, porque si el corazón dispone de la misma grandeza y derroche para la vida como para la muerte, si igual de brusco y pasional nace, y muere… Entonces, debemos estar a la altura de tanta entrega. Debemos cambiar nuestra actitud. La situación en la Sanidad con esta crisis es insoportable, es verdad, el abandono al que nos han sometido las administraciones, también y, sin embargo, nosotros, los médicos del corazón debemos reorientar la queja porque si no la vida está secuestrada por la derrota, igual que en la época de bonanza estaba retenida en las manos de la avaricia.
Nuestro objetivo es el corazón, no lo olvidemos. Y en el corazón está la esperanza. No lo cuidamos más sólo pensando cómo repararlo sino animando a las personas a que se dejen influir por su generosidad y su grandeza.
Lo atravesábamos con una flecha cuando empezamos a hacer los primeros graffiti de amor en los cuadernos o en la pizarra del colegio. Me gusta ésta, este, aquél. Y lo simbolizábamos con la flecha atravesando el corazón. Desde ese momento los malos tratos a nuestro músculo más generoso se hacen presentes a lo largo de toda la vida. Y que venga aquí alguien como yo que ya, seguro, consideran un inadaptado (y no se equivocarán en sus predicciones) … Que venga a este Congreso de Cardiología para hablar de estas cosas de las pizarras y las flechas del amor… Si hacen esa rápida conclusión será porque sólo habrán retenido, como los niños, las cosas que escuchan en último lugar.
Por si acaso eso ocurre, y perdonen que lo dude, me reservo entonces otra frase que invite ya al final de mi más que larga intervención (no sé cuánto habría pensado hablar el Doctor al que sustituyo; yo creo que ya rebasé los cinco minutos añadidos por cortesía).
Pero, les decía, terminemos con una frase, que más que frase es toda una petición: escuchemos en la vida lo que no es estridente, ya tendremos mucho ganado. Escuchemos a nuestro corazón y celebremos su paciencia por esperar, en silencio, por nuestros cuidados.
Dijo muchas gracias. Dio los buenos días y sólo añadió una cosa más.
- Y ahora me voy, que por eso soy suplente. Aquí terminé.
Se vino corriendo hacia mi y me dijo.
- Venga, vámonos.
La verdad, así hice. Tampoco a mi me retenía nada más allí. Atrás quedó la sala, encendiéndose para dar paso a una pausa para el café.
Ahora mismo no recuerdo si hubo aplausos, o no. Pero sí, me hizo ilusión escuchar a un médico que me conocía indirectamente aunque no al conferenciante.
- ¡Qué sería de la vida sin los suplentes? –me preguntó–.



Gracias a la colaboración institucional de: