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Envejecimiento y esperanza de vida
Envejecer saludablemente es la aspiración de cualquier individuo. Son muchas las enfermedades que pueden deteriorar la calidad de vida durante la vejez, como el delirio o la demencia, dos patologías más frecuentes de lo que parece, pero infravaloradas. Sin embargo, no existen enfermedades propias del mayor, podríamos decir que se trata de "un tópico", sino situaciones de enfermedad, "que dependen fundamentalmente de la trayectoria vital de cada anciano y de sus reservas físicas, funcionales, psíquicas y sociales". Además, el aumento de la esperanza de vida presenta un nuevo escenario en el que se multiplica el gasto social. Queremos vivir más, pero también mejor, y para eso hay que mantener el Estado del Bienestar.
La esperanza de vida mundial ha pasado de los 40 a los 60 años en apenas un siglo. En este contexto, los países desarrollados, incluido España, han llegado a alcanzar (e incluso superar) los 80 años. No obstante, el progresivo incremento de la esperanza de vida también ha traído consigo un importante aumento de las enfermedades asociadas al envejecimiento. ¿Puede seguir aumentando la esperanza de vida en los países desarrollados? ¿Cómo podemos envejecer y, al mismo tiempo, reducir el riesgo de padecer las enfermedades asociadas a este proceso? ¿Qué papel juega la promoción de hábitos de vida saludables? ¿Cuáles son los retos de la investigación en este área? Éstas son algunas de las muchas preguntas que se plantearon en el ciclo "Envejecimiento y esperanza de vida", organizado por la Fundación de Ciencias de la Salud, el Instituto Tomás Pascual Sanz y el British Council.
Vivir más y mejor es una aspiración universal, dijo el Profesor Alasdair MacLullich, del Departamento de Ciencias Clínicas y Quirúrgicas de la Universidad de Edimburgo, quien en su conferencia abordó dos importantes enfermedades asociadas al envejecimiento: el delirio y demencia, "dos patologías infradiagnósticadas, sobrestimadas y más comunes de lo que se cree".
Existen, señaló MacLullich, muchos términos que definen el delirio: "estado de confusión agudo, psicosis tóxica, psicosis de UCI, confusión, agitación, etc.". El punto común de todos ellos es que se trata de un proceso agudo con un curso muy variado. "Muy pocos casos de delirio son crónicos". Además, muchas personas afectadas de delirio tienen otras deficiencias cognitivas, como pérdida de memoria, pobre compresión, un estado de somnolencia permanente o características sicóticas.
Los datos indican que 1 de cada 9 pacientes hospitalizados sufre delirio. Y aquí, subrayó, radica su relevancia, porque "el delirio se asocia con más complicaciones de salud, con un mayor periodo de estancia hospitalaria, más gasto sanitario, una mayor necesidad de cuidados institucionales y muerte. Las personas con delirio suelen padecer más complicaciones hospitalarias como neumonía, roturas de cadera, pero también problemas psiquiátricos graves". Por eso, volvió a recalcar MacLullich, "es un problema muy grave" especialmente, en lo que se refiere a costes hospitalarios. "Las personas con delirios tienen grandes posibilidades de no regresar a casa una vez hospitalizadas y de morir en el hospital".
Las causas pueden estar relacionadas con cualquier accidente capaz de dañar el cerebro: disminución de oxígeno, presión sanguínea baja, niveles bajos de glucosa, altas cifras de dióxido de carbono, abuso y consumo de drogas, ictus, daño cerebral, etc. Sin embargo, apostilló, no es tan sencillo, "porque también podemos hablar de infecciones, o de ataques cardíacos o del papel de la hormona cortisol en respuesta al estrés. Algo tan sencillo como un rotura de cadera, muy habitual entre las personas mayores, puede conducir al delirio como consecuencia del estrés que genera en una persona mayor".
Para prevenir el delirio debemos cuidar nuestro cerebro, dijo el experto. "Es decir, mantenerlo con el oxígeno necesario, alimentos, horas de sueño, etc. Debemos tratar la enfermedad con eficacia y limitar la ingesta de fármacos tóxicos, tratar el dolor, etc. Todo esto, que parece muy sencillo, es extremadamente complejo en una institución sanitaria".
Cuidar el cerebro
Y para tratarlo, debido a que no hay fármacos, es preciso adoptar una serie de medidas aparentemente muy sencillas: "debemos cuidar nuevo nuestro cerebro reduciendo el impacto de cualquier enfermedad aguda, reducir el estrés hospitalario y prevenir las complicaciones con rehabilitación. Pero, desde luego, es imprescindible el cuidado por un equipo de expertos". También es muy importante el diagnóstico de la enfermedad, especialmente de ese 50% de personas que no se diagnostica nunca. Pero, como es difícil de diagnosticar debido a que depende muchas veces de un juicio clínico subjetivo, "debemos disponer o desarrollar test diagnósticos más objetivos", apuntó.
Para MacLullich, resulta sorpredente que el 50% de los casos de delirio nunca se diagnostiquen y que, además, no existan medicamentos diseñados para este tipo de complicación. "No hay apenas investigación para este problema: podemos usar antipsicóticos, pero no son los indicados", denunció.
Y otro dato muy importante que suele pasar desapercibido es que el delirio suele estar relacionado con la demencia. Es, de hecho, un indicador de demencia: "casi el 50% de los casos de demencia no son diagnosticados correctamente. El delirio acelera el proceso de demencia ya que se produce un deterioro cerebral". También es complejo definir la demencia: "probablemente estamos hablando de más de 100 tipos distintos de daño cerebral que se relacionan con pérdida de memoria, reducción de intelecto, etc., que interfieren en las capacidades de la vida diaria. A menudo, el comportamiento también está afectado, con lo que se relaciona con la memoria: algunas personas se vuelven muy agresivas, muy posesivas y suelen padecer depresión. En muchas ocasiones existe Alzheimer o enfermedad vascular".
Los datos muestran que la demencia afecta a casi el 5% de las personas mayores de 65 años, y al 20% de los mayores de 80. Su cuidado, en términos económicos, es superior a la suma de los costes en el tratamiento del cáncer y la enfermedad cardiovascular. Y, lo alarmante, advirtió MacLullich, es que va a aumentar exponencialmente en las próximas décadas. No hay que olvidar que su impacto en la calidad de vida de la persona que lo sufre y en su entorno es inmenso. Se habla de "catástrofe humanitaria" en la que la ciencia apenas está logrando buenos resultados. Y, aunque se puede pensar que es un problema de los países ricos, no es cierto; en algunos países, como Brasil y China, hay millones de personas con demencia, "en realidad es un problema mundial", concluyó.
Los esfuerzos que se han hecho para prevenir y tratar la demencia han sido muy desalentadores. "La mejor forma de prevenir es ir reduciendo el número de personas que no están diagnosticadas y, para su tratamiento, resultan fundamentales los cuidados sociales, el compromiso de las familias, etc.".
Tópicos erróneos
El profesor Carlos Martínez, del Hospital Universitario Virgen de la Macarena, definió el envejecimiento como un "proceso común, progresivo y deletéreo, pero individual". Dijo que no existen enfermedades propias del mayor, "es un tópico", sino situaciones de enfermedad, "que dependen fundamentalmente de la trayectoria vital de cada anciano y de sus reservas físicas, funcionales, psíquicas y sociales". Otros tópicos muy habituales, y por supuesto erróneos, son que, las enfermedades se manifiestan igual que en los adultos, el ageísmo -las quejas son por "achaques" de la vejez-, o que la prevención o la rehabilitación no son efectivas.
Deterioro cognitivo, confusión, depresión, ansiedad/insomnio, malnutrición, deshidratación, yatrogenia, inestabilidad/caídas, incontinencia, mareos y síncopes, o hipotermia son algunas de las enfermedades más frecuentes en los ancianos, lo que se denominan síndromes geriátricos. Pero cualquiera de ellas se puede dar en cualquier persona, aunque es más frecuente en las personas mayores. Sin embargo, las enfermedades en los mayores no tienen el mismo impacto que en los jóvenes. Se alteran sus capacidades funcionales y morfológicas y su capacidad de respuesta es totalmente distinta. Además, en los ancianos no se habla de tal o cual enfermedad, sino de "situación de enfermedad", en la que la situación más importante es la patología. "Es decir, la enfermedad, la gripe por ejemplo, afecta todas las parcelas de su vida, incluida la social o la psíquica, porque en ocasiones estas personas viven solas y precisan de terceras para alimentarse, cuidarse, etc.".
También, destacó Martínez, es importante la presentación atípica de la enfermedad. "En los ancianos, el dolor y la fiebre son menos llamativos o están ausentes, existe descompensación, suele haber problemas ocultos, se desencadena síndrome confusional agudo, etc. Por último, las complicaciones son mucho más frecuentes y no hay que olvidar su dependencia física y psíquica". Capítulo aparte merecen las peculiaridades sociales de las personas mayores. Ello hace que tengan una situación de enfermedad. "Nosotros hemos acuñado el término de insuficiencia social, hace 25 años, que persigue hacer una valoración de su situación familiar y social".
En este contexto es donde la geriatría alcanza su razón de ser. La geriatría, explicó Martínez, es una especialidad viva, de interconsulta, interdisciplinaria, que engloba distintos niveles asistenciales, etc. La geriatría, señaló, "no es el médico de cabecera del mayor, no es la medicina paliativa, es decir la asistencia solo a los mayores enfermos crónicos e incurables o la asistencia a mayores en situación terminal, ni tampoco es una ONG para la asistencia social a los mayores".
Precisamente, "la asistencia geriátrica difiere del resto de las especialidades por ocuparse de todos esos aspectos en su conjunto (biomédicos, funcionales, psíquicos y sociales), a cargo de un único equipo que garantiza la continuidad de los cuidados sobre un plan personalizado preestablecido", ha apuntado el experto. A este respecto, la valoración geriátrica integral sirve, en primer lugar, para detectar la fragilidad del anciano (el riesgo que tiene de enfermar y/o invalidarse). En segundo lugar, "sirve para elaborar un listado de problemas y el consiguiente plan individualizado de atención médica y cuidados continuados", añadió.
Esperanza de vida saludable
No cabe duda de que uno los avances más importantes en el siglo XX ha sido el incremento en la esperanza de vida. Desde el año 1725 a 1900, la esperanza de vida tuvo un incremento moderado, pero a partir de 1900 aumentó rápidamente. Según las OMS, en 1900 la esperanza de vida al nacer era de 31 años (50 en los países más ricos); la cifra subió a 48 años en 1950, y en 2005, a 65,6 años (en algunos países superaba los 80 años) y se estima que en 2030 alcance los 85 años en las mujeres. Este incremento, sumado al de la rentas per cápita de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), ha hecho que la duración de los periodos de retiro se haya multiplicado por 5. "La proporción de las cohortes que alcanzan la jubilación se ha multiplicado por 7 y el tiempo de ocio de la población ocupada se ha cuadriplicado", señaló Ángela Blanco, del Ministerio de Economía y Hacienda.
Desde la segunda mitad del XX, aseguró Blanco, el papel del sector público ha experimentado un importante cambio para poder dar respuesta al estado del bienestar. "El Estado se ha hecho más complejo y ha asumido tareas de asignación, distribución y estabilización; se ha convertido en un elemento que garantiza, tanto el desarrollo económico como la cohesión social. En España –indicó Blanco- existe un consenso básico sobre estas cuestiones, recogido en la Constitución: derecho a la salud, acceso a una asistencia sanitaria, etc.".
Nos encontramos en un contexto en el que se han incrementado las expectativas y las demandas, debido a los años de vida ganados. Pero también, explicó Blanco, se prevé que haya cambios notables en el proceso de envejecimiento, es decir, que las personas se mantengan sanas a edades más tardías; "la esperanza de vida se valora desde cantidad y calidad, y se denomina esperanza de vida saludable o libre de discapacidad".
Según los datos del Ministerio de Sanidad y Política Social (MSPS), la esperanza de vida saludable o libre de discapacidad en España se estima entre un 75 y un 85%, para mujeres y hombres, respectivamente, y la esperanza de vida al nacer en 2007 es de 80,5 años (83,5 hombres y 75,5 hombres). "Estas cifras superan la media de la Unión Europea (UE)", afirmó Blanco.
La experta explicó que para predecir el impacto en el gasto público del crecimiento de la población se plantean tres hipótesis: equilibrio dinámico, que sostiene que las ganancias de esperanza de vida se vivirán con buena salud; la segunda hipótesis se denomina de compresión de la movilidad, y sostiene que la esperanza de vida aumentará mientras que el inicio de la morbilidad se pospone más que el aumento de la esperanza de vida; y la tercera, denominada expansión de la morbibilidad, indica que mientras la esperanza de vida aumenta se mantiene la edad de inicio de la morbilidad.
La diferencia entre el escenario de la expansión de la morbilidad y el equilibrio dinámico, en términos del impacto económico, explicó Blanco, "supone reducir a la mitad el incremento en gastos en términos PIB. El panorama que perfila la evolución de la esperanza de vida descrita permite asegurar que un gran número de personas va a disfrutar de una vejez activa saludable y participativa. Esta nueva situación requerirá entonces ajustes innovadores relacionados con la organización social y familiar, el mercado laboral y las prestaciones del estado de bienestar".
En cuanto a la sostenibilidad del sistema del estado del bienestar, Blanco señaló que los informes indican que es preciso iniciar actuaciones para que la actual crisis económica no tenga un impacto permanente sobre los determinantes del crecimiento económico potencial. En España, aseguró, de acuerdo con la metodología Sistema Europeo de Estadísticas Integradas en Protección Social, los recursos destinados a protección social eran el 21% del PIB, 5 puntos por debajo de la media europea. "Dentro de este gasto, la discapacidad, vejez y supervivencia, suponen el 49% del gasto y son las prestaciones más sensibles a la prestación social".
Las pensiones y su evolución han sido desde la década de los años 80 ampliamente debatidas. Cuando se habla de pensiones, explicó Blanco, hay que considerar una serie de factores: dependencia, cobertura, empleo y reemplazo. "De todos estos factores se puede observar que de los 6,7 puntos porcentuales que crecerá previsiblemente el gasto en pensiones entre 2007 y 2060, el efecto de la demografía a través de la tasa de dependencia es 12 veces superior al resto de los factores. Esto pone de manifiesto que la demografía impulsa al alza el peso del gasto público en pensiones".
Gastos sociales
En cuanto al gasto sanitario, Blanco señaló que existen tres factores; demografía, prestación real por persona y precios implícitos de dicha prestación. "En este caso, el envejecimiento no es un impulsor del mayor gasto sanitario, sino la prestación real media por persona y los precios. Y por último, en lo que se refiere al gasto en prestaciones, en 2007, este gasto suponía un 0,5% del PIB. Pero su evolución, una vez promulgada la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en situación de Dependencia, supondrá un incremento en el gasto en servicios de largo duración se incrementará entre 0,8, puntos porcentuales y 1 punto del PIB".
"En resumen, si se consideran todos los gastos afectados por la demografía, España se sitúa en la UE en una situación en la cual la presión del gasto en protección social será más elevada debido a la evolución de la pensiones". Por eso, subrayó la importancia de traspasar a las generaciones futuras la idea del Estado del Bienestar: "el reto es garantizar a largo plazo su sostenibilidad fiscal, las pensiones, la asistencia sanitaria y la asistencia a la dependencia, que absorben prácticamente el 80% de los gastos de protección social".
Proyecciones demográficas sobre el envejecimiento
Las predicciones sobre el envejecimiento son mucho más reales si se basan en un análisis cualitativo de la población, explicó Julio Pérez Díaz, del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
El análisis generacional estudia a nuestros antepasados más recientes, centrándose en factores tales como su nivel de instrucción, sus ocupaciones o su modo de vida, de tal manera que es posible saber cómo envejeceremos nosotros y nuestros descendientes. En este contexto, "es clave la distinción entre el envejecimiento demográfico y el de las personas en el transcurso de sus vidas", señaló Pérez Díaz. "Se viene hablando del primero de un modo muy tendencioso y catastrofista, como si las poblaciones fueran a extinguirse o a desaparecer, cuando no es más que un cambio en la forma de la pirámide poblacional". Bajo el análisis generacional, sin embargo, las previsiones parecen mucho más optimistas.
"Es muy visible ya que el perfil de la gente que ahora está llegando a edades adultas es mucho mejor en todos los sentidos que el de hace algunos años, de manera que los mayores del futuro van a tener unas características que convienen mucho a la sociedad, como un mayor nivel de instrucción o, incluso, una estatura más elevada", dijo. "El envejecimiento ha hecho que aumente mucho el peso de nuestros mayores, pues ahora disponemos de un importante grupo de población con edades comprendidas entre los 50 y los 80 años, que está prestando servicios considerables para el conjunto de la sociedad y que en absoluto son dependientes; de hecho, estas personas son las que realmente cuidan de los muy mayores, al contrario de lo que se podría pensar". Las ventajas sociales son, por tanto, evidentes.





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