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El medicamento: valores y garantías
Juan Esteva de Sagrera
Decano de la Facultad de Farmacia de la UB. Presidente de la SDUHFE

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Los valores y garantías que hoy, de forma generalizada, se identifican respecto al uso y control de los medicamentos por parte de ciudadanos, políticos y legisladores, están relacionados con los diferentes escenarios que ha tenido la historia de la farmacia, y ésta, a su vez, con las grandes revoluciones protagonizadas por el homo sapiens, desde la primera y más importante, la denominada revolución cognitiva.

¿Por qué hablamos de valores y garantías? Toda la legislación farmacéutica se orienta en el sentido de garantizar que los medicamentos sean seguros, eficaces, de calidad, estén correctamente identificados y se haga de ellos un uso racional, lo que incluye que sean accesibles para quienes los precisen[1]. La siguiente pregunta es por qué se hace todo eso, y por qué nos parece evidente, un derecho, mientras que no hacerlo nos parecería una dejación de funciones, incluso una irresponsabilidad. La respuesta es para hacer efectivos unos valores que creemos indiscutibles, a veces erróneamente universales y que nos proponemos garantizar.

Hubo épocas en que nadie exigía, y ni siquiera imaginaba, que la administración debiera garantizar que los medicamentos fueran seguros y eficaces, mucho menos que debiera diseñarse un modelo que permitiera el acceso a la medicación de toda la población en condiciones de igualdad y casi de gratuidad. Si el Estado español establece una serie de requisitos sobre los medicamentos es porque la ciudadanía lo exige y los partidos políticos hacen suya esa exigencia; porque entre los derechos del hombre se ha incluido el derecho a la salud (entendido como derecho a la asistencia sanitaria) y por tanto a la medicación. Nos escandaliza que un enfermo, porque no tiene dinero, no pueda hacer uso de un medicamento que le salvaría la vida, y que muera por ello. Nos parece inadmisible. Pero durante siglos fue no sólo admisible sino que parecía natural y evidente. Todavía en el país más avanzado del mundo, los Estados Unidos, no hay unanimidad en que la salud sea un derecho ciudadano exigible al Estado (Shriver, 2012), mientras que sí se le exige que garantice que los medicamentos puestos en el mercado sean seguros, eficaces y de calidad. En los Estados Unidos muchos políticos, empresarios e incluso trabajadores piensan que es el ciudadano quien debe velar por sí mismo, prosperar y obtener los recursos que precisará para curarse cuando esté enfermo, y que si no es capaz de generar esos recursos carece de derechos para exigir a la administración la financiación pública de los medicamentos, reservados en Estados Unidos a una población reducida y empobrecida y en casos de urgencia.

La legislación farmacéutica no deriva de un derecho natural universal, sino de la impregnación en la mayoría de los ciudadanos de los valores de cada sociedad concreta, y lo que parece evidente en una cultura deja de serlo en otra. Incluso la Declaración Universal de los Derechos Humanos, para muchos tan evidente y fuera de toda discusión, es para otros muchos simple retórica, un brindis al sol, cuando no una declaración absurda e incongruente, exclusivamente occidental, derivada del proyecto ilustrado, incoherente para las culturas, y son muchas las que no han tenido IIustración, ni Revolución Francesa, ni Comuna de París, ni Revolución de Octubre (o Revolución bolchevique).

En nuestra cultura predominan los valores igualitarios y está plenamente extendido el criterio de que una persona, por el simple hecho de nacer, tiene derecho al trabajo, a la salud, a la vivienda, a una renta básica, y a ser socorrida si se encuentra en apuros. Algunos políticos incluso incluyen entre esos derechos el derecho a la felicidad[2]. Es un punto de vista respetable pero no universal, que en otras culturas es simplemente una extravagancia y que incluso donde es un valor reconocido no puede llevarse a la práctica. Con razón o sin ella, nos escandaliza que un español rico tenga acceso a los medicamentos y que un español pobre carezca de ellos, como nos escandaliza que un ciudadano con trabajo reciba medicamentos financiados públicamente y que el que no tenga trabajo no goce de ese derecho, como nos parece inadmisible que el inmigrante, al llegar a España, legal o no, sea abandonado desde el punto de vista sanitario. Ha cristalizado masivamente el criterio de que la sanidad debe ser gratuita, universal y de calidad, lo que conduce al problema de su sostenibilidad. Quien no comparta esos valores comunes a nuestra sociedad es considerado una rareza, un ser antisocial, anómalo y extraño. En otras culturas, en cambio, ese derecho es juzgado extravagante y la población emigra, muchas veces en condiciones penosas, de los países que no reconocen esos derechos a los que los tienen reconocidos en sus legislaciones.

Para que una especie biológica, el homo sapiens, haya llegado hasta el punto de elaborar una serie de garantías por parte de las administraciones para hacer posible el buen uso de los medicamentos, ha sido necesario recorrer un largo e increíble camino. El hombre es un ser que evoluciona, en estos momentos, por criterios y estímulos culturales, y sin embargo sigue siendo una especie biológica, que nace, crece, enferma, envejece y muere, que respira, tiene hambre y sed, se reproduce, practica sexo y tiene los mismos órganos y enfermedades que las especies carentes de historia cultural, sometidas a la selección natural darwiniana (Harari, 2014). 

El recorrido ha supuesto pasar por una serie de revoluciones que han servido de catalizadores: la revolución cognitiva, la agrícola, la científica, la industrial y la informática. Las cuatro últimas son consecuencia y variaciones de la primera, y de no haberse producido ésta no habrían acontecido las demás. La revolución cognitiva supuso la creación del lenguaje y de la escritura, la elaboración de conceptos abstractos, símbolos y mitos. Supuso disponer de un sistema de valores y creencias, que en última instancia son construcciones ficticias. Existe el ADN, el organismo y sus partes, el cerebro, pero no existen, físicamente, las construcciones culturales de la humanidad. Estamos tan acostumbrados a ellas que no las cuestionamos, y sin embargo todas son fantasías aunque extremadamente útiles, si bien pueden ser también perniciosas y paralizantes si se toman demasiado al pie de la letra y se olvida que su función es cognitiva y que son un sistema de interconexión social entre personas que sin esa conexión no sabrían convivir.

Los dioses, espíritus y demonios, los textos sagrados revelados por el Dios Único a sus profetas para que los divulguen entre el pueblo elegido, los Diez Mandamientos, los héroes civilizadores, las vírgenes madres, los dioses del Olimpo, la idea de que el hombre debe regirse por un texto sagrado, y que si así lo hace será recompensado con la inmortalidad en el cielo, mientras que si no lo hace irá al infierno, los pecados y virtudes, los Estados, Iglesias, ideologías, revoluciones, el arte, el papel moneda, el patrón oro y el dólar, la Reserva Federal, las patrias y banderas, todo son símbolos y convenciones culturales que permiten y fomentan  la relación de las personas entre sí, que dan un sentido a la  existencia y catapultan a la humanidad hacia unos objetivos comunes y que, ante todo y en primer término, permiten la cohesión social, la identificación de los individuos con el grupo de que forman parte. Un católico se relaciona sin problemas con los católicos de todo el mundo, pertenece a la misma familia. Un islamista forma parte de una historia, de un destino común que le aleja de todo aislamiento. Nunca estará solo; siempre tendrá a su lado a la divinidad y a la comunidad de creyentes.

Los valores compartidos, aunque ficticios, son útiles y prácticos, incluso imprescindibles: permiten que no nos sintamos solos, que compartamos con los demás unos símbolos comunes. Compartir lo que culturalmente nos une es el motor de la historia del hombre una vez que se ha alejado de la biología. Incluso aquello que hoy nos horroriza, como el nazismo (Harari, 2014: 260)[3], era un sistema de símbolos, valores, creencias, emociones y mitos que cohesionaban a quienes los compartían, que era la mayoría de la población alemana. Hoy nos cuesta tanto entender esos valores que los creemos fruto de la locura o del mal, cuando eran el corolario de unos valores compartidos con entusiasmo y fervor. El genocidio nos horroriza pero era consecuencia de unos valores que se consideraban sagrados: la purificación, la redención de Alemania, la construcción de un Imperio alemán, y en nombre de esos valores se realizó el exterminio industrial y lógicamente planificado y ejecutado de cuantos se consideró que eran ajenos a esos valores. Eso es precisamente lo inquietante: el bien no se enfrenta al mal, sino que unos valores compiten con otros. Todavía hoy los islamistas fundamentalistas cometen actos para nosotros aberrantes, como para ellos es una aberración que en nombre de la libertad de expresión, concepto que les es ajeno, se permita que un humorista se burle del profeta. Islam quiere decir sumisión, arrodillarse ante la divinidad, y esa sumisión excluye la posibilidad de burlarse del profeta, del Corán y de Alá.

La revolución cognitiva nos alejó de la biología y nos sumió en la historia y nos creemos racionalistas y científicos, y obviamente demócratas, al guiarnos por las ficciones europeas, que son algunas de las muchas construcciones cognitivas creadas por la humanidad para relacionarse y cohesionarse, para hacer posible la estabilidad de una sociedad formada por millones de individuos, que sin esa cohesión caerían en el caos, el desorden y la violencia. Claro está que todo ello produce el denominado malestar de la cultura[4], porque nos cohesionan ficciones que nos hacen avanzar culturalmente, pero que nos alejan de la vida instintiva y biológica y nos hacen vivir de una forma insatisfactoria. Un cierto grado de neurosis es consustancial a toda vida en sociedad según las ficciones de la cultura que nos acoge.

La segunda gran revolución fue la agrícola. Los grupos humanos apostaron por hacerse sedentarios, disponer de ganado en vez de alimentarse de la caza y sembrar cereales en grandes extensiones, que garantizaban la supervivencia de las personas con independencia de los avatares del a caza y de la recolección. Los hombres plantaron trigo, maíz y arroz en extensiones inimaginables y pasaron a depender casi exclusivamente de ellos, de modo que no se sabe si fue el hombre quien se benefició de alimentarse con cereales o si fueron los cereales los beneficiados de la decisión del homo sapiens de alimentarsede loscereales que plantaba y de los que dependía. El hombre se hizo sedentario, construyó ciudades, empezó a distanciarse de la naturaleza y a humanizarla, formó familias estables y reprimió la poligamia y la promiscuidad, sometió la mujer al hombre, estableció un sistema de herencia y acumuló excedentes agrícolas que no sólo garantizaron la alimentación y el posterior comercio para vender esos excedentes, sino que también condujeron a la creación de Estados e Iglesias, a una sociedad jerarquizada, con una casta de propietarios, otra de guerreros y una tercera de sacerdotes que bendecía el orden establecido para que esclavos y sometidos no concibieran la revolución contra unos valores considerados sagrados. Todas las civilizaciones derivan de esa revolución agrícola y sedentaria y sin ella no hubiese habido testamentos, herencias, imperios, moneda y seguros de cambio.

No todos los historiadores están entusiasmados con esa revolución agrícola. Hay quien cree que supuso una alimentación perniciosa basada en cereales cuyo consumo masivo es perjudicial (Williams, 2014). El monocultivo de los cereales en grandes superficies modificó la naturaleza e hizo que la población aumentase exponencialmente porque se podía alimentar a muchas más personas, aunque esa alimentación era deficiente. Los hombres alargaron su vida y creció la demografía al precio de padecer más enfermedades y de que el organismo se debilitase. Antes de la revolución agrícola la población estaba compuesta por pocas personas, muy fuertes y sanas, porque las débiles desaparecían. Con la revolución agrícola los débiles sobreviven y por vez primera una especie animal mantiene en vida a individuos poco productivos que sin la protección social desaparecerían. Ese hecho, antinatural desde el punto de vista biológico, conduce a lo largo de los siglos a los derechos que creemos tener sobre la salud, a la idea de que el Estado debe cuidar de todos sus ciudadanos, y la industria debe poner en el mercado medicamentos seguros, de calidad y eficaces, pero además esa sociedad que en sus orígenes permitió a los débiles sobrevivir, debe poner a su disposición los medicamentos que precisen aunque no dispongan de recursos propios para pagárselos. Con perspectiva histórica, esos derechos exigidos al Estado son un triunfo de los débiles, que primero lograron sobrevivir y no ser eliminados y más tarde, muchos en número, se agruparon y consiguieron imponer la idea de que la comunidad debe garantizarles los derechos que les permitan no solo sobrevivir sino vivir con calidad.

Las garantías exigidas a los medicamentos derivan de unos valores característicos de las sociedades cooperativas, que tienen su origen en la revolución agrícola y que se proponen mantener con vida a todos sus miembros y rechazan la idea de que los débiles, pobres y enfermos desaparezcan. Quienes no comparten esos valores cooperativos y creen en otros valores, como el predominio de su raza o la superioridad de los nativos de su país, los que creen que la competitividad es benéfica, no son tan reacios, en condiciones extremas, a que cada uno sobreviva, si puede, por sí mismo.

La tercera revolución fue la científica. Por vez primera el hombre dispuso de herramientas para descifrar la materia, construyó microscopios y telescopios, amplió el nivel de sus observaciones y dejó de depender de la información proporcionada por los sentidos, creó asociaciones científicas y literatura científica e ideó el método experimental, un nuevo paradigma que sustituyó a la mitología y a la filosofía. Ahora los fenómenos debían matematizarse, realizar experimentos que verificasen las hipótesis, formular las leyes que rigen los procesos físicos y químicos. El mundo, hasta entonces misterioso, quedó ordenado matemáticamente. Galileo formuló el nuevo método experimental, Harwey lo aplicó al descubrimiento de la circulación sanguínea, Boyle planteó su ley, Boerhaave demostró la falsedad de la alquimia, Lavoisier creó la nomenclaura química y describió los elementos y sus reacciones, Linneo organizó los seres vivos en  órdenes, familias, géneros y especies, Mendelejew aportó el sistema periódico, se describieron las células como últimas unidades morfológicas de los seres vivos, se descubrió y escudriñó el átomo, se fragmentó creando una enorme energía y los bioquímicos dieron con el ADN, clave en la lectura del código de los seres vivos.

La cuarta revolución, muy ligada a la científica, fue la industrial, que permitió aumentar la productividad dejando atrás la fase artesanal y gremial y produciendo cientos, miles de unidades idénticas por parte de la industria. Todos los sectores de la economía se industrializaron y la farmacia pasó de la botica artesanal que elaboraba fórmulas magistrales al laboratorio industrial que investigaba, fabricaba, ponía en el mercado y hacía publicidad de los medicamentos industriales. Los medicamentos se abarataron y se produjeron en tal cantidad que podían abastecer a toda la población, pero como las personas no podían pagarlos surgió la idea genial de que lo hiciese la Seguridad Social creada por el Estado y financiada por el propio Estado, las empresas y los trabajadores.

La última revolución la estamos protagonizando ahora mismo, es la informática, que pone a nuestra disposición, en cualquier lugar del mundo, unos datos que antes costaba años y muchos desplazamientos, gestiones y gastos conseguir. Con su portátil y su móvil hombres y mujeres están continuamente conectados e intercambian desde lo más importante a lo más nimio,  sigue aumentando el libre cambio de información que se inició con la revolución agrícola,  se incrementa la conexión entre las personas, todo se globaliza, se transforman e incluso desaparecen las profesiones anteriores a la revolución informática y las personas se convierten en expertos de gestiones que antes tenían sus propias profesiones, desde el fotógrafo a la agencia de viajes, desde el laboratorio fotográfico a las oficinas bancarias y los empleados de la administración que hacían trabajos que ahora resuelve cada uno con su ordenador. Nace así un nuevo analfabeto, la persona que sabe leer y escribir pero no maneja suficientemente la informática, que no domina internet y por tanto queda aislado, desenchufado, desconectado.

El auge espectacular de la información mediante ordenadores y teléfonos móviles muestra que la historia cultural de la humanidad está basada en un incremento continuo de la información y de la conectividad, que nuestra historia es básicamente intercambio de información y que nada une más a los miembros de una sociedad que compartir con mucha gente hasta los más mínimos detalles sus ideas, sentimientos, conocimientos y vicisitudes, también los más triviales. De las ficciones creadas por la revolución cognitiva prosperan, sobreviven y expanden aquellas que siguen siendo capaces de interconectar con éxito a quienes creen en ellas. Esa fue su función inicial y sigue siéndolo, de modo que el éxito de una ficción cultural, de una construcción histórica, no debe valorarse en términos de verdadero o falso ni de bueno o malo sino de eficiencia o ineficiencia en la intercomunicación y la cohesión social. Lo que nos siga interconectando con éxito sobrevivirá, lo que no sepa hacerlo se convertirá en residual o desaparecerá.

También la farmacia ha protagonizado cinco revoluciones (Esteva de Sagrera, 2005: 296), que coinciden en buena parte con las cinco revoluciones generales y que nos han conducido desde un mundo aislado, sin conexión, en el que enfermar era un tema estrictamente privado y en el que nadie podía exigir a nadie  su curación, hasta el momento actual, en que están plenamente consolidados los valores que configuran la bioética, que convierten la salud en un derecho exigible, no importa cuál sea su precio, y son esos valores los que conducen a que los Estados recojan en sus legislaciones unos derechos, unas garantías sobre el buen uso de los medicamentos que no serían legislados si no existiesen previamente los valores que los justifican. Si esos valores se evaporasen y si imperasen de nuevo los valores anteriores a la revolución cognitiva, nadie tendría derecho alguno, y mucho menos exigible a administraciones y Estados.

La primera revolución farmacéutica fue la aparición de una explicación simbólica de la enfermedad y de su curación mediante medicamentos, que se incorporaban a un rito curativo. Surgió el chamán, que daba una explicación de la enfermedad que a los miembros de aquellas sociedades les parecía convincente. Enfermar, curarse, dejó de ser algo incomprensible y aleatorio y se atribuyó a las almas de los muertos, a los espíritus, dioses y demonios, a la pérdida del alma, al encantamiento y la magia, pero una magia que el chamán podía descifrar y poner a su servicio. Esa farmacia utilizaba el mortero para molturar plantas, piedras y minerales y extraía con agua caliente los ingredientes de las plantas, que se administraban por vía oral y dérmica, añadiéndoles pulpa de frutas, grasas y otros excipientes. Es la farmacia que corresponde a los recolectores cazadores y a las sociedades agrícolas y sedentarias más antiguas. El protagonista es el chamán, posteriormente el sacerdote de la medicina sagrada de los templos y paulatinamente van surgiendo los profesionales laicos especializados en conocer síntomas, diagnosticar enfermedades, conocer las plantas y preparar los remedios, sin apenas referencias simbólicas.

La segunda revolución farmacéutica fue la teoría de las proporciones armónicas, surgida en la India, China, Grecia y Roma y vigente, gracias al hipocratismo y el galenismo, hasta el siglo XIX en que es sustituida por la medicina y la farmacología experimental. La novedad consiste en dejar atrás la explicación simbólica y realizar una lectura natural de la enfermedad: estamos formados por diferentes proporciones de los cuatro elementos y cualidades. Su buena mezcla, su proporción armónica, es la salud, y la enfermedad consiste en la mala mezcla de los humores, que será corregida mediante plantas que tengan la cualidad contraria a la que origina la enfermedad. Es una farmacia bastante ineficaz pero técnica, que observa con acierto las propiedades de las plantas y las utiliza contra las enfermedades. Sigue molturando y extrayendo con agua hirviendo, y elaborando fórmulas de administración oral y dérmica, pero la farmacia se hace más compleja: surgen píldoras, pastillas, jarabes, trociscos, electuarios y los medicamentos se introducen por todos los orificios corporales. La explicación es racional, la teoría errónea, y los medicamentos curan lo que pueden, que no es mucho.

En la cultura árabe surge un profesional especializado en el comercio, elaboración y despacho de los medicamentos compuestos, precursor del boticario europeo medieval, y surge también la idea de que los medicamentos no se elaboren según la preferencia de cada boticario, sino según las normas contenidas en las Farmacopeas, de obligado cumplimiento. Surge la farmacia hospitalaria, también en el mundo árabe, la inspección de las boticas y la destrucción de los materiales en mal estado, y el refinamiento en la conservación de los medicamentos en cajas de madera, frascos de cristal y botes de cerámica, surgiendo una cerámica específicamente farmacéutica, los albarelos. La conservación de los medicamentos llega a ser una obra de arte y las farmacias se convierten en lugares espectaculares y galerías de las maravillas de la naturaleza. Un cocodrilo planea sobre la cabeza de los clientes introduciéndolos en un mundo que todavía conserva cierta atracción por el misterio, pero que cada vez es más racionalista.

La revolución de las proporciones armónicas contiene dentro de sí otra revolución, la químico-vegetal del Renacimiento, que es la tercera revolución y una variante de la segunda. Paracelso (Puerto Sarmiento, 2001)aporta los medicamentos químicos, los iatroquímicos realizan una lectura química del organismo, los metales se administran por vez primera sin precaución por vía oral, la destilación permite el uso de nuevos remedios, la alquimia se convierte en farmacia, y de América, antes desconocida, llegan primero el guayaco y los bálsamos, más tarde la quina y nuevos alimentos como el tomate, la patata y las frutas tropicales (Puerto Sarmiento, 2013). Desembarcan en Europa el chocolate, el tabaco y la coca, que modificarán los hábitos sociales.

La cuarta revolución es la industrial: del boticario al farmacéutico, de la fórmula magistral al medicamento industrial, de la botica al laboratorio farmacéutico y el distribuidor, del arte a la ciencia. Surgen los medicamentos industriales, fabricados por la industria químico-textil alemana, francesa, inglesa, italiana y estadounidense. Prolifera la escandalosa publicidad farmacéutica de ese período. Nace la incomodidad en los farmacéuticos, al ver que progresivamente van limitándose a dispensar lo que han fabricado otros, casi siempre extranjeros. Se ponen los cimientos de la Seguridad Social, se descubren los alcaloides responsables de la acción medicamentosa de los vegetales usados en farmacia, como la quina, el opio y el digital, se descubren los principios activos, que se aíslan y dosifican por separado. El ideal es ahora administrar un principio activo, no acumularlos, como hacía la farmacia de las proporciones armónicas con la triaca, una increíble acumulación de ingredientes en un medicamento de prestigio, muy caro y de costosa y difícil elaboración y totalmente ineficaz, salvo para fomentar el comercio y los beneficios de los drogueros y boticarios.

La revolución industrial mejoró la vida de los trabajadores a largo plazo pero a corto los hizo vivir en las peores condiciones de la historia de la humanidad, hacinados en fábricas donde trabajaban mujeres y niños en horarios agotadores para acumular el capital que necesitaban los empresarios. Fueron sacrificados para un futuro supuestamente mejor, y esa tendencia impregnó a la sociedad y los trabajadores plantearon la utopía de un mundo mejor, de una sociedad sin clases, para alcanzar la cual debían hacerse grandes sacrificios en la fase intermedia de la dictadura del proletariado. La industria precisaba trabajadores sanos, formados y cualificados, y tras explotarlos sin miramientos, abrió las puertas en una segunda fase a la protección social y a la creación de sistemas de seguridad social. Capitalismo y socialismo convergen en esa protección, necesaria para que las empresas y los estados prosperen.

La quinta revolución farmacéutica es la biotecnológica e informática que estamos protagonizando. En cien años se ha renovado totalmente la farmacopea y se han descubierto más medicamentos y formas farmacéuticas que en todos los siglos anteriores. Vitaminas, vacunas, antibióticos, quimioterápicos, hormonas, anestésicos, analgésicos, medicamentos extraordinariamente activos y cada vez más caros. Por vez primera la farmacia dispone de recursos para curar las enfermedades y la respuesta de los ciudadanos ha sido hacerse con ella, exigir los medicamentos de forma inmediata y casi gratuita. El éxito de la cirugía y de la farmacia conduce a la formulación de nuevos valores: el derecho a llevar una vida sana y digna y de calidad, que nadie carezca del medicamento que habrá de curarle. Porque si la farmacia de hoy, como la de ayer, no curase, nadie la exigiría como derecho ciudadano, pues ¿para qué reclamar lo que de nada sirve? Ese nuevo valor, antes inexistente, cristaliza en una disciplina emergente, la bioética (Gracia, 2008), que se traslada a las legislaciones farmacéuticas. La industria farmacéutica, privada, debe poner nuevos medicamentos en el mercado, sin ningún peligro para los usuarios, deben ser accesibles para todos, ha de obtener beneficios para sus accionistas y es venerada y odiada al mismo tiempo, porque los nuevos valores no ven con buenos ojos que se comercie con la salud. El derecho universal y gratuito a la salud es un mantra de nuestra sociedad y por tanto se considera sospechoso e incluso inaceptable comerciar, ganar dinero con la farmacia.

En los orígenes de la farmacia el chamán intentaba aliviar y curar a todos, pero nadie tenía derecho a la salud. A la sociedad le convenía que sus miembros estuviesen sanos y el chamán lo intentaba, pero si el enfermo empeoraba podía ser eliminado sin miramientos. Muchas culturas han eliminado a los enfermos, débiles y ancianos cuando se han convertido en una carga, y lo hacían con toda naturalidad, la misma con la que atacaban a sus vecinos para apoderarse de sus recursos y esclavizar a los que capturaban. Hipócrates introduce un nuevo concepto, las obligaciones del médico para con sus pacientes y colegas, y se obliga, mediante el juramento hipocrático (Laín Entralgo, 1976), a practicar su profesión de modo que no perjudique a sus clientes, pero en ningún caso se siente obligado a curar, como tampoco el enfermo exigía ser curado. No había derecho a la medicación ni legislación en ese sentido y los enfermos acudían a los templos de Asclepio o a los médicos hipocráticos, y más tarde adquirían los medicamentos en las boticas de la época. Si tenían suerte se curaban, de lo contrario empeoraban, pero los gobernantes no se sentían concernidos por ello.

El cristianismo introduce el concepto de caridad cristiana, de asistencia al desvalido, pero la salud sigue sin ser un derecho exigible a las autoridades, ni civiles ni eclesiásticas. Aún no existían esos valores, que surgen con la aparición del concepto de ciudadanía durante la Ilustración europea. El buen cristiano ayuda a los enfermos, pobres y necesitados pero lo hace no porque una ley le obligue, ni porque hayan cristalizado unos valores sobre los derechos de los pacientes, sino por caridad, para imitar a Cristo, que se sacrificó y murió para redimir a la humanidad. En ocasiones el cristianismo es extraordinariamente duro con los enfermos. Unas veces atribuye la enfermedad al pecado, otras veces prohíbe anestésicos, analgésicos, anticonceptivos y abortivos por considerarlos antinaturales, otras veces recela de los hombres sanos, más propensos al pecado que los enfermos. Ramon Llull, en la Edad Media, hace una apología de la enfermedad (Esteva de Sagrera, 1989: 71-74), porque gracias a ella el hombre no peca y tiene más oportunidades de salvarse que si está sano, pues entonces se abandona a los placeres, peca y corre el riesgo de condenarse. En la bioética luliana el centro de referencia es la divinidad y el hombre vive para amar y honrar a Dios. Por tanto, no existe otro derecho que el de seguir los designios de la divinidad y es intrascendente estar sano o enfermo, lo primordial es salvar el alma. De parecida opinión era el teólogo Batolomé de Carranza, que en el Renacimiento, ante la epidemia de sífilis, consideraba que esta enfermedad era una bendición, pues favorecía una vida virtuosa y era una buena oportunidad para renegar de los placeres de la carne, llevar una vida virtuosa y realizar con éxito el mejor negocio para un cristiano: pecar poco, arrepentirse y salvar su alma.

Los valores actuales son hijos de la Ilustración, de la crítica racionalista, de la Revolución Francesa, los movimientos obreros, el pensamiento liberal, el capitalismo, la ideología marxista, la Revolución de Octubre, y también y en buena parte de la feminización de la sociedad europea, de modo que los valores masculinos, tradicionalmente agresivos y competitivos, son reemplazados por los valores femeninos, basados en la cooperación, la ayuda mutua y la constitución de una red de apoyo. Muchas características masculinas, imprescindibles en siglos anteriores, son hoy irrelevantes e incluso contraproducentes. Europa se convierte en una red de mutuo apoyo, en un territorio en el que intentan garantizarse los más amplios derechos, a partir de unos valores que encuentran su formulación más explícita en la Declaración de los Derechos Universales del Hombre[5].

Nunca ha habido más expectativas científicas y tecnológicas que hoy, pero la crónica de los primeros quince años del siglo XXI es decepcionante; costaría encontrar un hecho que aliente el optimismo sobre el ser humano. Los más optimistas confían en la paz universal, el progreso indefinido, la coexistencia entre las civilizaciones, la resolución pacífica de los conflictos, la salida de la pobreza de los millones de personas que todavía viven en condiciones extremas, la posibilidad de que el homo sapiens se convierta en un semidios. En ese escenario habrá medicamentos seguros, eficaces y de calidad para todos y en cualquier lugar y circunstancia. Los pesimistas sostienen que la historia cultural de la humanidad es una prueba más de que el homo sapiens es un exterminador, un asesino en serie, un genocida, el responsable de la desaparición de otras especies humanas, como los neandertales, y del exterminio de la biodiversidad, de modo que allí donde se ha instalado ha destruido su entorno y a los animales que  había, sustituidos por sus ciudades, carreteras, parásitos, animales domésticos y los vegetales de los que se alimenta, entre los que siguen predominando los cereales. En ese negativo escenario los ciudadanos más concienciados exigirán una medicación de calidad, gratuita y universal, pero no parece que las administraciones públicas vayan a proporcionársela, y no escasean en el mundo desarrollado las voces que exploran un escenario en el que sólo se garantizarán los derechos básicos. El resto de necesidades, que no derechos, habrá de cubrírselos, si puede, cada ciudadano, con lo que se consagraría un modelo de desigualdad social estructural en la línea del pensamiento liberal más conservador y neodarwiniano[6].



Notas

  1. Ley 29/2006, de 26 de julio, de garantías y uso racional de los medicamentos y productos sanitarios, BOE del 27 de julio.
     
  2. En 1776, en las colonias británicas de América se estableció una declaración universal de derechos humanos. La Declaración del Buen Pueblo de Virginia recoge los derechos a la libertad, propiedad, tolerancia, libertad religiosa y a la búsqueda de la felicidad.
     
  3. “Los nazis no aborrecían a la humanidad. Luchaban contr el humanismo liberal, los derechos humanos y el comunismo precisamente porque admiraban a la humanidad y creían en el gran potencial de la especie humana. Pero, siguiendo la lógica de la evolución darwiniana, aducían que se debía dejar que la selección natural erradicara a los individuos inadaptados y dejara sobrevivir y reproducirse únicamente a los más adaptados” (Harari, 2014: 260).
     
  4. “No podemos eludir la impresión de que el hombre suele aplicar cánones falsos en susapreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza menosprecia, en cambio, los valores genuinos que la vida le ofrece” (Freud, Sigmund, (1930). Das Unbehagen in der Kultur).
     
  5. El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos. La Asamblea pidió a todos los países miembros que publicaran el texto de la Declaración y dispusieran que fuera "distribuido, expuesto, leído y comentado en las escuelas y otros establecimientos de enseñanza, sin distinción fundada en la condición política de los países o de los territorios”.
     
  6. El propio Darwin sentó las bases del darwinismo social, más tarde elaboado por Spencer: “En algún periodo del futuro, no muy distante, como en cuestión de siglos, es casi seguro que las razas civilizadas del hombre exterminarán y reemplazarán a las razas salvajes en todo el mundo. Al mismo tiempo, los monos antropomorfos, tal como el profesor Schaafhausen ha señalado, serán sin duda exterminados. La ruptura entre el hombre y sus aliados más cercanos entonces será más amplia, porque intervendrá en el hombre en un estado más civilizado, como podemos esperar, incluso que el de los caucásicos, y algunos monos tan inferiores como el mandril, en lugar de como ahora pasa entre el negro o el australiano y el gorila” (Charles Darwin (1871). Cap. VI. En el lugar de nacimiento y la antigüedad del hombre). Darwin consideraba que las mujeres y las "razas salvajes" tenían una capacidad craneal menor a la del hombre blanco europeo.


Bibliografía
 

  • Davis, Williams (2014). Sin trigo, gracias. Madrid: Aguilar.
  • Esteva de Sagrera, J. (1989). El medicamento y la moral en Ramón Lull. Barcelona: Offarm.
  • Esteva de Sagrera, J. (2005). Historia de la Farmacia. Los medicamentos, la riqueza y el bienestar. Barcelona: Masson.
  • Gracia, D. (2008). Fundamentos de bioética. Madrid: Triacastela.
  • Laín Entralgo, P. (1976). La medicina hipocrática. Madrid: Revista de Occidente.
  • Noah Harari, Yuval (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona: Debate.
  • Puerto Sarmiento, J. (2013). La leyenda verde. Naturaleza, sanidad y ciencia en la corte de Felipe II (1527-1598). Salamanca: Gráficas Varona.
  • Puerto Sarmiento, J. (2001). El hombre llamas. Paracelso. Madrid: Nivola Libros y Ediciones.Shriver, Lionel (2012). Todo esto para qué. Barcelona: Editorial Anagrama.






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