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Retroceso en el tiempo: La investigación biomédica en España. Testimonios y reflexiones: Ana María Pascual Leone (Ed.). Lecturas para el futuro. Madrid: Fundación Areces / Real Academia Nacional de Farmacia, 2012
Javier Puerto



La Historia de la Ciencia, en el mundo y en España, no es una disciplina excesivamente desarrollada. Hasta el siglo XX, el peso de la propia Ciencia no se consideraba decisivo en el balance histórico final, por lo que los historiadores no tenían demasiado en cuenta su evolución. A partir del pasado siglo la presencia de la Ciencia y la Tecnología en todos los ámbitos de la actividad cotidiana han hecho imposible el olvido, pero la actividad histórica sobre el mismo tropieza con varias dificultades:

En primer lugar el protagonismo de la Ciencia y la Tecnología ha debilitado el desarrollo de las ciencias humanas que, además, se sienten en ocasiones demasiado impresionadas e influenciadas por la metodología de las propias ciencias físicas y naturales.

En segundo lugar, los practicantes de las ciencias humanas encuentran, a menudo, grandes problemas para enfrentarse a la comprensión y el análisis de los hechos científico-naturales si carecen, a su vez, de una formación científica de base, por la complejidad del hecho científico en sí, que requiere desde conocimientos metalingüísticos propios para cada una de las disciplinas, hasta la comprensión profunda de conceptos muy complejos. Por otra parte, algunos aficionados a la Historia, con formación científico-natural, carecen de los mínimos conocimientos de la metodología histórico-científica.



En tercer lugar muchos científicos no son excesivamente aficionados a la Historia ni a las ciencias humanas y consideran, en una actitud de evidente altanería intelectual, que la única respuesta posible a los problemas de la naturaleza, y del ser humano dentro de ella, procede de la verdad científico-natural.

En todo caso se interesan por lo que los historiadores llamamos internalismo o, de manera más amplia, historia de las ideas, desgajada de cualquier consideración de tipo económico, social o político, como si la Ciencia fuera un inmenso logro humano conseguido por seres pensantes, de muy diversas nacionalidades, procedentes de una patria común, cuyo límite fuera el pensamiento, sin otro tipo de consideración ajena al mismo. Es más, muchos consideran esta última actitud la única posible para un historiador de la Ciencia, que se vería obligado a escudriñar el pasado científico como el astrónomo observa el Universo para lograr su comprensión.

Esta última actitud hace que algunos historiadores de la Ciencia se planteen si ciertos desarrollos de la misma, en determinadas naciones, son dignos de historiarse o no. Algo así como si los historiadores generales decidieran que sólo se pueden historiar los imperios dominantes en cada época o, dentro de ellos, las instituciones más significativas.

El predomino de la historia de las ideas dio lugar, en España, a la llamada polémica de la ciencia española en donde intelectuales con pocos conocimientos de la historia científica de España empleaban argumentos seudohistóricos para defender, o bien el tremendo subdesarrollo de nuestra Ciencia o todo lo contrario, según sus posturas fueran “progresistas” o “conservadoras”.

En la actualidad se conoce bastante bien la Historia de la Ciencia en nuestro país. Se sabe de su continuidad a través del tiempo, desde el siglo VIII a la actualidad, con momentos brillantes y otros opacos, relacionados, en general, con las vicisitudes sociales, económicas y políticas del país. Se acepta que no ha sido el centro de la actividad científica en ningún periodo, ni siquiera cuando el Imperio estaba en todo su esplendor, pero que sí se han efectuado esfuerzos constantes por parte de la Corona y de los sucesivos gobiernos para mantener una actividad adecuada a un país periférico, no seguidas, en general, por lo que debería ser la sociedad civil. Es decir si el Estado ha cumplido moderadamente con sus obligaciones a través de los tiempos, en lo que al desarrollo de la Ciencia se refiere, no ha sucedido lo mismo en la transmisión de los conocimientos y en su transformación en tecnología, a diferencia de otros países, en los que sí se involucró fuertemente la sociedad civil para dar lugar a las revoluciones industriales, pero esa es otra cuestión.

El último gran diente de sierra en el desarrollo científico español se produjo a consecuencia de la Guerra Civil. Antes ya habíamos tenido exiliados científicos por razones políticas tras la Guerra de la Independencia o después del Trienio liberal y algunos, por razones religiosas, desde el Renacimiento, como la mayoría de las naciones europeas. Sin embargo el de la Guerra Civil fue, como se ha dicho, un horror, por su magnitud, y un inmenso error, por lo descabezadas que quedaron las instituciones universitarias y académicas en general.

Tras el esfuerzo ilustrado, la Junta de Ampliación de estudios liderada por nuestro Nobel Ramón y Cajal, logró situar nuestras instituciones científicas en una situación magnífica con respecto a Europa. Llevaron a buen puerto las ilusiones ilustradas y lograron crear centros de nuevo cuño, fortalecer las universidades, formar un entramado de relaciones internacionales como acaso jamás se había conseguido antes, aunque la semilla fuera anterior. La Guerra Civil dio al traste con todo. Muchos científicos hubieron de exiliarse pues, sin pertenecer a partido alguno, habían defendido la causa republicana. Otros por su militancia partidista y gran parte por no querer verse involucrados en un régimen dictatorial y militarista. Algunos volvieron, pero hubieron de mantenerse en un discreto segundo plano, en el denominado exilio interior; de los que se quedaron, sin ser partidarios de la dictadura, muchos fueron encarcelados, apartados de sus cargos o postergados en sus puestos y se produjo un gran derrumbe de la producción científica y de las instituciones dedicadas a la enseñanza y a la investigación, similar al del resto del país tras una larga, cara y cruenta contienda civil, complicado más aún por el periodo autárquico iniciado en España tras la victoria de los aliados en la Guerra Mundial.

Cuando volvió la Democracia, a partir de la promulgación de la Ley de la Ciencia por uno de los primeros gobiernos socialistas, la ciencia española volvió a florecer y a crecer de forma exponencial y pareciera que durante los años del franquismo no se hubiera hecho nada en ese ámbito del conocimiento.

No fue ni mucho menos así, pero no se ha realizado por ahora la Historia del proceso. En España tenemos un problema de identidad histórica, no sé si agravado o planteado en los siglos XIX y XX. Dentro de nosotros anidan poderosas fuerzas autodestructivas, evidentes en las contiendas civiles de esos siglos que, en el ámbito de la Historia, han fraguado en la asunción acrítica de nuestra leyenda negra. No sólo en su asimilación como si se tratase de la verdad histórica, sino en su cultivo y en el empleo de la misma como punto de partida de varios intentos interpretativos de nuestro pasado histórico.

El franquismo nació a partir de un golpe de Estado contra un régimen democrático y, por tanto, gozó y goza de inmensa mala prensa en su momento y en la actualidad, en el exterior y en el interior, entre quienes no se mostraban conformes con el mismo. Sin embargo la dictadura duró cuarenta años y no hubo quien diera al traste con ella, ni desde fuera, ni desde dentro, con lo cual, pese a las disidencias, se convirtió en el entorno político cotidiano de millones de españoles. Muchísimos fueron favorables al régimen, unos pocos contrarios y muchísimos más indiferentes al mismo, y realizaron sus actividades, entre ellas las científicas, en el suelo en donde el azar les hizo nacer. Sin embargo si la Historia contemporánea resulta complicada de escribir porque la visión del pasado se nubla con los fervores actuales, todavía imbuidos de la crisis terrible de una confrontación fratricida, la de la Ciencia ni siquiera se ha intentado o se ha esbozado muy someramente y con tremendos balbuceos. Por eso es tan interesante el libro de Ana María Pascual-Leone, subtitulado testimonios y reflexiones: lecturas para el futuro y dedicado a los investigadores científicos españoles, de cualquier temática, que trabajaron en la postguerra civil. Ella se ha ceñido a alguno de los más destacados entre los biomédicos, que tan buena floración tuvieron y tienen en la actualidad. Ha recogido veinte testimonios de investigadores, de todas las tendencias científicas y políticas, que nos narran las dificultades que tuvieron que pasar para formarse, en unos centros absolutamente faltos de recursos, en el extranjero cuando no eran bienvenidos los españoles y faltaba soporte económico, y en el interior con una vida de penurias salariales, problemas institucionales debidos a la falta de comprensión de las autoridades de sus actividades o, simplemente, a la absoluta falta de financiación, resueltos a base de trabajo, de ingenio, de más trabajo, de esfuerzo personal, de ilusión, de más trabajo, hasta dejar a la Ciencia española en el lugar adecuado para poder recibir el riego financiero que la llevó a un lugar destacado, o al menos honorable en el que ahora nos encontramos.

Al ser tantos y tan variados los autores, las aportaciones de unos y otros lo son también, aunque todas valiosas y reflejo de su actividad y personalidad.

Su libro no es de Historia, sino de recuerdos de un grupo de científicos, pero servirá muy bien a la Historia cuando se haga. Los protagonistas, se diga lo que se diga, nunca escriben la Historia, tanto si la han ganado, como si han sido sus víctimas. La Historia la escriben los historiadores que leen con mirada crítica los documentos de archivo y las fuentes secundarias para redactar sus trabajos. El libro dirigido por la Doctora Leone es una joya para los historiadores porque deja constancia del pensamiento de algunos destacados protagonistas, lo cual y más en el ámbito de la Historia de la Ciencia, es una maravilla que no siempre se encuentra, dada la alergia de la mayoría de los científicos a este tipo de confesiones o efusiones intelectuales.

Otra virtud que posee el libro es su capacidad para exponer las virtudes de la fuerza de la voluntad en un momento tan dramático de la Historia de España como fue la postguerra. Ahora que tan difícil se ponen las cosas para todos los españoles y, evidentemente, para los científicos, su lectura les explicará que cuando las condiciones no son idóneas, la imaginación, el esfuerzo, el trabajo denodado y la ilusión pueden servir, también en el ámbito de las ciencias, para superar las circunstancias más difíciles. Yno son sólo ellos quienes lo aseguran. Si alguien quiere buscar un ejemplo diferente en otra época histórica, que revise la vida de Santiago Ramón y Cajal o la de Rita Levi-Montalcini, que se inspira en la suya para continuar su trabajo precario durante la Segunda Guerra mundial.

El libro pues, es un gran acierto que ojalá tenga epígonos entre los investigadores que vivieron aquellos difíciles años.





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