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25 años de la Fundación de Ciencias de la Salud
Francisco Javier Puerto
Patrono de la Fundación de Ciencias de la Salud




El día 3 de octubre de 2016 celebramos el 25 aniversario de la Fundación de Ciencias de la Salud: de lo que fue, de lo que es y de lo que pudo haber sido y no fue.
 
Una conmemoración de este tipo requiere cierto tono de bolero que, según Rafael Giró, el ficticio musicólogo cubano, confidente de Mario Conde, no el real, sino el detective libresco creado por Leonardo Padura, no es una realidad, sino un deseo de realidad, al que se llega a través de una apariencia de realidad.
 
El tango, a diferencia del bolero, es un canto macho, bronco y exageradamente melancólico. Para Alfredo Le Pera y Carlos Gardel, veinte años no es nada.
 
¡Pero hombre! ¡Cómo no va a ser nada! Veinte años es la cuarta parte de la esperanza de vida de un ser humano en un país del primer mundo: ¡es una barbaridad de tiempo! Luego veinticinco años son una barbaridad más cinco años.
 
Llegados a este punto de la exposición, escuchamos la voz afiebrada de otro tanguista famoso: Albert Einstein nos recuerda la relatividad del tiempo. ¡Tiene razón! 25 años, para las instituciones a las que pertenecemos algunos de nosotros (la Universidad Complutense de Madrid, la Real Academia Española, la Real Academia de la Historia o ésta Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), no es un tiempo dilatado porque proceden, exactamente, para hablar con el rigor debido derivado del oficio de historiador, de los tiempos de Maricastaña. 25 años para una institución privada, dependiente por entero del mecenazgo de una empresa farmacéutica, no es una barbaridad de tiempo más cinco años, ni un periodo temporal con si con sa, sino directamente un milagro.
 
Hace ese tiempo milagroso, aproximadamente en el pleistoceno, cuando despertamos en un despacho para constituir la Fundación, a impulso de Glaxo, hoy Glaxo Smithkline Beecham, José Miguel Colldefors continuaba allí y, sin embargo, es un dinosaurio mucho más joven que el resto. Desde entonces han pasado por la empresa tres presidentes, la última de los cuales, Cristina Henríquez de Luna, acaba de saludarnos a todos y, al menos, una fusión con otra gran empresa, además del monstruo de fauces sanguinolentas de la crisis y aquí seguimos, en éste tiempo milagroso. No exactamente como al principio pero sí en lo fundamental: un trabajo impregnado del deseo de verlo todo Con otra mirada, con la mayor excelencia de la que somos capaces y con absoluta independencia de los patronos exteriores hacia los pertenecientes a la compañía y a la empresa en sí misma.
 
Empezamos con una amplia sección dedicada a la formación médica, otra a la investigación científica, y una tercera a la bioética. Las humanidades relacionadas con la sanidad –recordamos todos la autoridad de Les Luthiers cuando describen el gobierno de una dictadura, bananera o no: Ministro del Interior: Exmo. Sr. General Pérez; Ministro de Sanidad: Exmo. Sr. General López; Ministro de Obras Públicas: Exmo. Sr. General Fernández; Ministro de Cultura: Sargento Enésimo –me las encomendó a mí, luego de vencer amplias reticencias, no a mi persona, sino a las humanidades en sí mismas, el entonces director de la Fundación, Alfonso de Egaña, siempre con la complicidad y el apoyo del Dinosaurio Joven Colldefors.
 
Empezamos con una revista llamada EIDON, “ver” en griego, título sugerido por Diego Gracia, en donde intentábamos seguir el camino abierto por El Paseante, en los aspectos formales, y por Ramón Gaya en Madrid, cuadernos de la Casa de la Cultura, editada fugazmente en la Valencia en guerra de 1937, en donde se admitían trabajos de las llamadas dos culturas. Tratábamos de hacer lo propio, pero no desde la investigación, sino desde la alta divulgación y no salió mal, aunque la revista sufrió tres singladuras diferentes. En primer lugar, el cambio a un formato menos oneroso, luego, el paso a un formato digital y, por último, la transmutación radical a una revista dedicada a la bioética, como la Fundación en su totalidad.
 
Junto a Diego Gracia y Benito del Castillo, levantamos la Biblioteca de Clásicos de la Medicina y de la Farmacia española, una colección ejemplar en la que a facsímiles magníficos de libros clásicos, añadíamos ensayos de los mejores especialistas sobre cada autor o tema. La publicación de la Flora Peruviana et Chilensis, editada junto a Doce Calles, ganó el Premio Nacional de Edición del Ministerio de Cultura.
 
Junto a Colldefors, desarrollé el ciclo En tierra de nadie, en donde, sobre un mismo asunto, intervenía un científico y un humanista; al principio con la colaboración de la Residencia de Estudiantes y luego por diversos lugares de España.
 
También con la Residencia de Estudiantes y con un comité científico de lujo formado por Carmen Iglesias, Diego Gracia y José Manuel Sánchez Ron al que, en ocasiones, se sumaron el lamentablemente desaparecido Gonzalo Anes o María Tena, organicé el ciclo Desde la Memoria, centrado en diversos aspectos de la Historia y de la Historia de la Ciencia en España. Se publicaron siete tomos con los trabajos de los numerosos participantes en ellos.
 
Pero el ciclo que nos marcó a todos e impregnó el quehacer fundacional fue Con otra mirada. Lo iniciamos unos ilusionadísimos y algo preocupados Colldefors, Egaña y yo mismo. Tras el cese del Director de la Fundación, la nueva Directora, María Dolores Sánchez Puerta, nos aportó idéntico apoyo, en este y en los demás ciclos y algún que otro enfado, pues soportaba, y soporta mal, el gran número de plagios, en títulos, ideas y planteamientos a los que, en ocasiones, se nos sometió.
 
Con otra miradasupuso la entrada de la Literatura en la Fundación. Los autores españoles e hispanoamericanos que nos gustaban, en nuestra calidad de lectores voraces, los invitamos a que hablasen de la enfermedad, de la salud, de la ciencia, de los sentimientos y de la vida, con su propia voz, tan diferente, casi siempre, a la de los profesionales sanitarios o los investigadores científicos. Esa mirada, para mí, fue el mejor y mayor aporte de la gente corriente a la Fundación. La literatura, al fin y al cabo, es relato, pero también filosofía, arte, pintura, ensayo y el sentir vital y fluido de los contemporáneos sin voz, que encuentran en ella la suya. La literatura, sigo creyendo, es, o puede y debe convertirse, en el arte y la ciencia total. El mejor modo de educar y educarse. Además, cumple el viejo aforismo de hacerlo deleitando. No puedo, ni debo citar a todos los que intervinieron, pero sí decir que nos opusimos a que organizara el ciclo algún crítico de moda y lo hicimos casi artesanalmente, con gran esfuerzo personal. Por eso pusimos tanto cariño en su desarrollo, aunque, lamentablemente, sólo publicamos un libro con parte de las intervenciones y, junto a la Residencia de Estudiantes, algunas de las mismas en unas pequeñas y exquisitas piezas.
 
En definitiva, las humanidades en la Fundación no hubieran sido posibles sin la omnipresencia de José Miguel Colldefors, al principio con la ayuda de Alfonso de Egaña y, desde que él dejó la Fundación, con la de María Dolores Sánchez Puerta.
 
En nuestro caso no fue el comandante quien llegó y mandó parar la fiesta, sino el monstruo babeante y desgraciado de la crisis, de cuyas garras aún no nos hemos liberado.
 
La Fundación decidió dedicarse por entero a la bioética y sólo persistió un ciclo, modesto, dedicado a Los valores de la Historia, celebrado en colaboración con la Real Academia Nacional de Farmacia, además de las jornadas de investigación científica y de investigación sanitaria, impregnadas, también, de ese componente bioético.
 
Cuando me consultaron el cambio, como el personaje de Melville contesté: ¡preferiría no hacerlo!
 
Personalmente no soy un hincha de la ética como materia de estudio en general, ni de la bioética en particular.
 
Sin embargo acepté el cambio, en primer lugar, por las circunstancias económicas restrictivas en que se produjo, y por la actitud de GSK que, en lugar de desprenderse de la Fundación y dejar una labor de mecenazgo tan generosa, dilatada y sostenida en el tiempo y durante las diferentes direcciones de la compañía, aceptó optimizar recursos con las mismas condiciones de libertad e independencia en las que siempre nos desenvolvimos. En segundo lugar, por quien lo abanderaba, nuestro Director Diego Gracia que, en realidad, seguía con su actividad de siempre, ahora ampliada: los aceptadísimos cursos de bioética de diversa duración, la redacción de guías de bioética para distintas especialidades médicas, los ateneos de bioética, los informes, las publicaciones y la colaboración docente con diversas instituciones administrativas y de docencia y, como siempre, con la mayor excelencia y aceptación entre los profesionales de la salud. Por último, porque se consideró muy necesaria para la formación integral de nuestros médicos.
 
Por eso hablaba, al principio, de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que pudimos ser y no somos.
 
Una vez justificado ampliamente el acto, me queda solo presentar a los participantes en esta nueva entrega de Con otra mirada, desde mi particular punto de vista, pues todos ellos son ampliamente conocidos.
 
De José Miguel Colldefors he dado las claves suficientes para aquilatar su actividad con respecto a estos temas. Me falta por decir que, además de letraherido, lo que es bastante frecuente entre los abogados, es un importante ejecutivo, con amplias responsabilidades dentro de GSK, lo que ya no es tan usual. No se pregunten por qué es amante de las humanidades, ni cuándo saca tiempo para leer tanto. Son cuestiones –que a mí me hacen a menudo –y se responden por sí mismas: ¿Cuándo saca tiempo cada uno para respirar o para comer? Si esas preguntas no se efectuaran nunca, estaríamos en el buen camino de la educación y de la cultura en España y no necesitaríamos dosis reforzadas de bioética. Lo que admira no es la actitud de José Miguel, sino su excelencia cuando se involucra en un asunto.
 
Luis Mateo Díez es un gran amigo de la Fundación y de todos y cada uno de nosotros. Nos ha acompañado en Con otra mirada, En tierra de nadie; en Madrid y en donde le hemos pedido que acuda. Nos ha aconsejado y ayudado desinteresadamente siempre que nos ha sido necesario y, además, por encima de sus propias circunstancias, nos ha enseñado a encarar la vida con humildad, amabilidad, exigencia discreta, excelencia y esperanza. Raymond Chandler aconsejaba no conocer al autor de tus textos favoritos. Aunque el consejo, pese a la misantropía implícita, no es del todo desdeñable, en este caso sucede absolutamente al revés. El ser humano al menos iguala a su obra que es radical y absolutamente magistral. Luis Mateo ha creado un mundo y, como el de Descartes, se parece extraordinariamente al vivido por nosotros. Ni siquiera ahora, cuando los temas se vuelven más cercanamente tenebrosos, más oscuros como las pinturas de Goya, la negrura supera la belleza de la forma, la perfección en la descripción de los protagonistas y los escenarios, la profunda socarronería de algunos diálogos o la franca carcajada en otros. El que esté hoy aquí con nosotros, el que nos haya acompañado tantos años es un lujo que agradecemos fraternalmente.
 
Soledad Puértolas es una escritora que nos tiene encandilados desde siempre. Aumentó nuestra admiración hacia ella con su intervención en la Fundación. La literatura de Soledad, para mí, es de una delicadeza extrema. Evoca la belleza de un ser elegante, la profunda nostalgia de una vida inaprensible, superada con la fuerza del nadador de fondo; es una literatura de sensaciones, de sugerencias, de fragancias… sólida y evanescente a la vez.
 
Empezamos a conocerla con El bandido doblemente armado y salimos, algunos patronos, mientras estuvo abierto, cargados de libros y de resacas.
 
Luis Landero nos empezó a sorprender y admirar con sus juegos de la edad tardía –que luego resultó ser temprana –, nos demostró, durante su intervención en la Fundación, que es un animoso y profesional guitarrista, antes de que los lectores lo supieran por su propia pluma, además de novelista y profesor, y nos emocionó cuando un invierno salió a su balcón. También se ha tropezado con el inmenso amor con que el Estado trata a sus creadores, de ciencias o de humanidades, una vez jubilados, pero esa es otra historia y ahora no es el momento de los lamentos, ni de los enfados, sino del espíritu del bolero.
 
Por mí ya está bien, incluso sé que me he excedido; pese a lo cual, seguro que he olvidado agradecer a alguien la barbaridad de años más cinco que he disfrutado en la Fundación. Me disculpo por adelantado.
 
Ahora les toca a ustedes desvelar las neblinas del ayer y hacer que lo que tanto amamos reviva, aunque sea durante un breve tiempo.







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