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Entrevista a William J. Winslade
Joseph J. Fins
Profesor de Ética Médica, Weill Cornell Medical College




William J. Winslade, nacido en Denver, Colorado, en 1941, es profesor de Filosofía de la Medicina en el Instituto de Humanidades Médicas de la Universidad de Texas en Galveston, y Profesor visitante del programa Salud y Derecho en la Universidad de Houston. Añade a su condición de filósofo y graduado en Derecho la de especialista en Psicoanálisis. Ha participado activamente en el desarrollo de la bioética desde sus mismos orígenes, y su nombre está asociado desde el año 1982 a los de Albert J. Jonsen y Mark Siegler, como autores del conocido libro Clinical Ethics, un texto clásico que va por su novena edición. En 1986 dio a luz otro libro de referencia, Choosing Life or Death: A Guide for Patients, Families, and Professionals. De entonces acá ha dedicado especial atención al tema del daño cerebral masivo. Su libro Confronting Traumatic Brain Injury: Devastation, Hope and Healing, aparecido en 1998, fue premonitorio del interés que este problema iba a suscitar en la década ulterior. Su nombre cobró resonancia mediática tras haber propuesto la prohibición del boxeo profesional.

 



Joseph Fins: Hola, Bill. ¿Cómo estás?
 
William Winslade: Bien.
 
JF: Hemos estado entrevistando a algunos de los fundadores de la bioética y tu nombre se encuentra... ha llegado el momento de que nos cuentes tu historia. Creo que una de las cosas que siempre me han intrigado de ti es que eres psicoanalista, filósofo, abogado y además eres un pragmático... todas ellas cosas que aprecio mucho. Y me preguntaba cómo conseguiste encajar todo eso y cómo te ha marcado a ti y tu trabajo como bioético.
 
WW: Yo empecé como filósofo con un doctorado, enseñando historia de la filosofía, enseñé incluso filosofía de la aritmética y metafísica. Pero cuando dejé mi primer puesto docente en la Universidad de Maryland después de tres años, en 1969, ingresé en la facultad de derecho de la UCLA, la Universidad de California en Los Ángeles. Dos de los profesores de derecho que me motivaron a ir allí eran filósofos y abogados: Herber Morris y Richard Wasserstrom. Y mi ámbito de interés principal empezó a cambiar, sobre todo debido al interés de Morris por la psicología moral. Él ha trabajado en los temas de la vergüenza y la culpa. Cuando estaba en la facultad de derecho, empecé a interesarme por el psicoanálisis. Había estado asistiendo a un seminario sobre las emociones en el departamento de filosofía mientras estaba en la facultad de derecho. Empecé a sentir curiosidad por el estudio de las emociones. Escribí un artículo acerca de la ambivalencia que fue muy estimulante y despertó mi interés por Freud, en especial por su caso del Hombre de las Ratas. Un compañero me sugirió que fuese a hablar con un miembro del departamento de psiquiatría que era también psicoanalista. Recuerdo que le pregunté por el objetivo del psicoanálisis. Él me dijo: “En el psicoanálisis uno recuerda para poder olvidar”. En aquel momento me confundió ese comentario tan críptico, pero más tarde me di cuenta de que tenía razón.

JF ¿Cómo se llamaba él?
 
WW: El psiquiatra se llamaba Eugene Pumpian-Mindlin. Era un hombre muy inteligente y con grandes conocimientos.
 

JF: ¿Podemos comentar eso un poco más?
 
WW: Aunque Pumpian-Mindlin lamentablemente falleció poco después de conocerlo yo, tuve la oportunidad de hablar con él en varias ocasiones acerca del psicoanálisis y me animó a plantearme la idea de seguir una formación psicoanalítica.
 
Fins: Resulta irónico que casi hayamos olvidado su nombre, ¿verdad? ¡Es algo bastante freudiano!
 
WW: Después de mi primer curso en la facultad de derecho, pasé el verano enseñando filosofía en la UCLA y en la Universidad Estatal de California en Los Ángeles. Aunque seguía pensando en el psicoanálisis cuando me gradué por la facultad de derecho de la UCLA, empecé a trabajar en el departamento de filosofía de la Universidad de California en Riverside. Enseñaba filosofía de la mente y, en el verano de 1973, recibí una beca del Instituto de Valores Humanos y Medicina. Pasé una gran parte de ese verano leyendo sobre el psicoanálisis y decidí combinar mi interés por la filosofía de la mente con una formación psicoanalítica. Sin embargo, el director del departamento de filosofía de la Universidad de California en Riverside no comulgaba con mi deseo de estudiar psicoanálisis. De hecho, intentó cambiar mi horario para que me resultara imposible asistir a los seminarios del Instituto Psicoanalítico.
 
Dejé mi puesto docente y entré a trabajar en un despacho de abogados de Los Ángeles que sí veía con buenos ojos mis planes de estudiar para convertirme en psicoanalista. Así que estuve trabajando unos años en ese despacho de abogados y un día, de repente, un médico de la UCLA que estaba interesado en la ética médica se puso en contacto conmigo y me animó a ir a la UCLA. Trabajé con él en la elaboración de un programa de Ética Médica. Después de enseñar filosofía en la Universidad de California en Riverside del 73 al 74 y de ejercer como abogado en el 74-76, entré en la facultad de medicina de la UCLA, pero me invitaron también a dar clases en la facultad de derecho de la UCLA.


JF: ¿Eso fue con Bernard Towers?
 
WW: Sí.Cuando entré en la facultad de medicina, había un interés cada vez mayor por la ética médica y el derecho médico. Pasé la mayor parte de mi primer año allí aprendiendo para conocer los problemas legales y éticos a los que se enfrentan los médicos. Me interesaban especialmente los temas de salud mental y me invitaron a formar parte del departamento de psiquiatría. Mientras tanto, estaba estudiando también para convertirme en psicoanalista. Así que colaboré con el programa de interconsulta psiquiátrica y aprendí mucho sobre los problemas legales, éticos y psicológicos que surgían en el hospital y en el departamento de psiquiatría. El departamento de psiquiatría de la UCLA tenía 75 camas y había también unas 400 camas en el hospital psiquiátrico de veteranos de guerra a unos tres kilómetros. Al empezar a participar de forma más activa en el programa de psiquiatría, dos psiquiatras titulares, Milton Greenblatt y Fritz Redlich, se hicieron amigos y consejeros míos. El Dr. Greenblatt me sugirió establecer un servicio de consulta ético-legal en el departamento de psiquiatría de la UCLA. El Dr. Redlich estaba muy interesado en la ética psiquiátrica y me animó a pedir una beca del fondo de fundaciones para la investigación en psiquiatría, con el fin de estudiar el proceso de consentimiento informado. Con ayuda de esa beca, colaboré con psiquiatras de la Universidad de Pittsburgh para entender mejor la función del consentimiento informado en el tratamiento psiquiátrico.
 
JF: ¿Participaste en el debate de esa época sobre la psicocirugía? Porque fue en torno a esa época.
 
WW: Sí, el director del departamento de psiquiatría, Louis Jolyon West, era muy partidario de utilizar la psicocirugía para intentar evitar que las personas actuasen de forma violenta.
 
JF: ¿Ese era [Vernon Mark]?
 
WW: No, West estaba colaborando con Vernon Mark y con Frank Ervin.
 
JF: Vale.
 
WW: El entusiasmo por la psicocirugía decayó mucho tras el caso Kaymowitz en Michigan. En ese caso se estudiaba la posibilidad de la psicocirugía para un delincuente sexual que llevaba muchos años en la cárcel. A raíz de una recusación judicial del proyecto, la propuesta de psicocirugía fue rechazada, alegándose que el recluso no podía dar un consentimiento informado porque la cárcel creaba un entorno inherentemente coercitivo. Además, la propuesta de psicocirugía para evitar la violencia era tan provocativa y polémica que nunca llegó a materializarse.
 
JF: Es cierto, en Michigan.
 
WW: Y eso redujo un poco el interés por la psicocirugía, al ser tan provocativa y polémica, y además en esa época la National Commission eligió la psicocirugía como uno de los temas que estaba estudiando.
 
JF: Exacto, y escribieron el Informe, ¿verdad? El Informe de la Comisión Nacional sobre Psicocirugía, justo después o antes de eso.
 
WW: Sí, la Comisión Nacional consideró que algunas formas de psicocirugía eran eficaces y apropiadas.
 
JF: Sí.
 
WW: Pero la idea de la psicocirugía para evitar la violencia era demasiado especulativa.
 
JF: Exacto. Esa fue la idea de Rodríguez Delgado, ¿te acuerdas? El interés por la psicocirugía... civilizar a la sociedad, civilizar al mundo a través de la psicocirugía...
 
WW: Sí, sí, a mí me interesaba mucho todo eso, pero estaba más dedicado a la enseñanza de los residentes y los alumnos de medicina. En ese momento el decano de estudios de grado de la UCLA quería que yo diese clases a los alumnos de grado. En aquella época resultaba fácil obtener becas del Fondo Nacional para las Humanidades y otras fuentes. Yo contaba con un pequeño equipo de investigadores que trabajaban en diversos tipos de enseñanza de la ética médica. Entonces, Norman Cousins entró en la UCLA, tras retirarse como director de la Saturday Review of Literature. Lo conocí muy bien. Era extraordinario, un tipo muy interesante. Yo diría que fue una época estupenda, pero mi plaza era como creada a propósito. No era realmente una plaza oficial de profesor. Bernard Towers, Norman Cousins y yo trabajamos juntos para ampliar el conocimiento de la ética médica en la facultad de medicina, así como en la educación universitaria. Nuestro programa era popular, pero no encajaba en la estructura departamental tan estricta que tenía la UCLA en esa época y mi plaza no pertenecía a ningún departamento académico en particular, sino que estaba destinada a promover y facilitar el pensamiento acerca de temas bioéticos. 
 
JF: Exacto.
 
WW: Yo estaba dando clases en la facultad de medicina, en la facultad de derecho y en el programa de estudios de grado. Entonces el decano de estudios de grado ofreció pagarme el salario completo para que pudiera seguir dando clases a los alumnos de grado, además de a los alumnos de derecho y medicina. Así todo el mundo quedaba contento con el arreglo, pero yo en realidad no me llevaba bien con el director de psiquiatría y estaba claro que él no iba a seguir apoyando mi programa interdisciplinario. Entonces, en 1984, Ron Carson me envió una carta pidiéndome que acudiese a Galveston a dar una charla y que me plantease la idea de entrar en el Instituto de Humanidades Médicas.
 
JF: Antes de pasar a Galveston, me gustaría completar unos detalles adicionales de la primera parte. Quiero regresar a cuando te pasaste al derecho, porque eso fue algo muy atrevido por tu parte y... ¿sabes? Era muy poco convencional abandonar la filosofía y ser una persona realmente interdisciplinaria antes incluso de que existiese ese término, y a eso tú le añadiste además tu trabajo psicoanalítico. Para empezar, ¿qué te hizo entrar en el mundo del derecho?
 
WW: Siempre había tenido intención de estudiar derecho, incluso siendo ya alumno universitario. Mi profesor de filosofía estaba interesado en el derecho. Yo me especialicé en filosofía y economía, y uno de mis profesores de economía era abogado. Cuando estaba en el último curso de la universidad, me entrevistó el decano de la facultad de derecho de la Universidad de Duke. En ese momento pensé en entrar en la facultad de derecho, pero el estudio de la filosofía resultaba demasiado tentador para mí. Recibí una beca para estudiar filosofía en la Universidad del Noroeste. Mientras estaba en el Noroeste en 1965, trabajé con un grupo interdisciplinario que estaba estudiando derecho y sociedad. Me ofrecieron también una beca, por lo que pude terminar mis estudios de licenciatura en filosofía conservando mi interés por el derecho.
 
JF: Entiendo.

WW:
El verano antes de marcharme a la Universidad de Maryland lo pasé en el Consejo Nacional de Jueces, en Chicago. En esa época el Tribunal Supremo de los EE. UU. estaba estudiando el caso Gault. A mí me fascinaba la idea de que los menores tuvieran unos derechos similares a los adultos en los procesos penales. Después de que yo empezase a dar clases en la Universidad de Maryland se publicó la sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso Gault. El juez Abe Fortas redactó un dictamen muy exhaustivo acerca de los derechos legales de los menores. Sin pensármelo dos veces, llamé al juez Fortas al Tribunal Supremo para preguntarle acerca de su dictamen. En lugar de hablar por teléfono, él me invitó a acudir al tribunal y pasar la tarde con él comentando la historia del caso y los motivos por los que redactó el dictamen tal como lo hizo.
 

JF: ¿Él estaba en el Tribunal Supremo en ese momento?
 
WW: Sí. Yo estaba metiéndome así en temas de filosofía del derecho.
 
JF: ¿Así que nunca te apartaste del todo de tu interés por el derecho?
 
WW: Mantuve mi interés por el derecho y la filosofía a raíz de mi contacto con Richard Wassertrom y Herbert Morris en la UCLA. Debido a su relación tanto con el derecho como con la filosofía, decidí solicitar el ingreso en la facultad de derecho de la UCLA.
 
JF: Estupendo. Cuando estabas en la UCLA, fuiste increíblemente prolífico en toda una serie de temas, publicando en... no sé si me equivoco... ¿la revista Mobius? ¿Puedes contarme un poco más sobre esa revista y sobre una serie de artículos que escribiste sobre el principio de la vida, el coste de la atención sanitaria, costes como los de la fertilización in vitro, salud y valores humanos, cuidados al final de la vida, las primeras directrices previas…
 
WW: Mis contribuciones a Mobius fueron fruto de las numerosas reuniones del Foro de la Sociedad de Medicina. Cada mes organizábamos un debate de expertos, al mediodía, generalmente con tres personas. Yo solía participar o moderar las reuniones. Los temas eran muy interesantes, así que adquirí el hábito de escribir artículos breves acerca de los temas emergentes de la bioética.
 
JF: ¿Así que esa era más o menos la esencia de esos seminarios?
 
WW: Sí.Muchos de los temas eran nuevos y a menudo polémicos: por ejemplo, la maternidad subrogada, la fecundación in vitro, los problemas del final de la vida, etc. Esos temas estaban en las noticias y en la mente de los alumnos, de los profesores de la facultad de medicina y de la universidad. 
 
JF: ¿Crees que el panorama es mejor o peor para ese tipo de especialización que ha ido extendiéndose, hasta el punto de hacer imposible ese tipo de cosas hoy en día?
 
WW: Creo que está bien que haya más gente interesada en una amplia variedad de temas, pero siguen siendo difíciles de encajar en la educación universitaria ordinaria, debido a que los estudios interdisciplinares no pertenecen a un único departamento. Algunas universidades como Yale cuentan con una tradición de programas interdisciplinarios, pero muchas otras siguen basadas en asignaturas monodepartamentales. En los últimos años he tenido oportunidad de enseñar no solo en la facultad de medicina en Galveston, sino también en la Universidad de Texas en Austin. A diferencia de muchas grandes universidades, la Universidad de Texas ha creado una asignatura interdisciplinaria de grado que debe cursar cada alumno en su primer año en la facultad. Yo he tenido la suerte de poder impartir una asignatura de primer curso sobre ética médica que abarca una gran variedad de temas bioéticos.
 
JF: Mis estudios universitarios fueron en un programa interdisciplinario en Wesley, de historia, literatura y filosofía, y mi primera época en el Hastings Center a principios de los 90 fue parecida a tu primera época en la UCLA, donde teníamos una reunión sobre el proyecto genoma y después otra sobre los cuidados al final de la vida, luego otra sobre pruebas prenatales, y era como que tenías que entrar y aprender acerca de todos esos temas y, ¿sabes?, solo te ibas a especializar en algunos de ellos, pero era una especie de base amplia para el razonamiento analógico y para establecer conexiones entre cosas aparentemente tan diferentes, pero que tenían unos principios comunes o unas estructuras similares que podían no resultar evidentes si no habías tenido contacto con todos esos temas.
 
WW: Por mi experiencia en la UCLA, la gente en la facultad de medicina era muy receptiva a la hora de hablar conmigo sobre su trabajo y los problemas éticos a los que se enfrentaban. Del mismo modo, los profesores y alumnos de la facultad de derecho y de los estudios de grado estaban igualmente interesados en los temas de bioética y sus implicaciones legales. Pero la enseñanza interdisciplinaria sigue siendo complicada debido a la complejidad de los problemas y a los múltiples puntos de vista intelectuales necesarios para entender los matices de esos temas tan complejos.
 
JF: Es verdad. Y ahora todas las promociones y decisiones sobre las plazas se basan en especialidades muy compartimentadas, generalmente de los departamentos, con la pérdida de capacidad para adoptar un enfoque amplio en lugar de profundo.
 
WW: Esto te va a encantar: yo invité a un psiquiatra que estaba en Harvard, en la facultad de derecho, Alan Stone, a venir a la UCLA. Lo llevé a comer y estábamos hablando, y me preguntó: ¿en qué departamento estás? Yo le dije: estoy en la facultad de derecho, en la facultad de medicina... Y él me dijo: eso no es posible. O estás en una o en la otra. Y yo le dije: no, Alan. Estoy haciendo lo que quiero hacer y nadie ha dicho que no sea posible. Pero a él le pareció una locura.
 
JF: Una locura brillante.
 
WW: A diferencia de Alan Stone de Harvard, Jay Katz, un psiquiatra de la facultad de derecho de Yale, fue muy comprensivo.
 
JF: Sí, seguro que sí. ¿Y sabes? Ahora estoy dando clases en la facultad de derecho de Yale y voy allí un par de veces al mes... y creo que ese enriquecimiento mutuo, esos intercambios... son muy importantes. Sí, porque no se aprecia cómo las distintas profesiones piensan de manera diferente; ven el mismo problema de distinta manera, ¿sabes? Y creo que es algo instructivo, porque a veces hablamos todos una lengua común y se pierde todo en la traducción, tenemos que apreciar que los temas se enfocan desde ángulos diferentes. Naturalmente, somos multilingües porque estamos en tantas profesiones diferentes.
 
Quiero concluir un poco el periodo de la UCLA y preguntarte por el libro que escribiste con Judy Ross sobre Elegir entre la vida y la muerte, una guía para pacientes, familiares y profesionales, y preguntarte por tu motivación para escribirlo. Eso fue dos años antes de las directrices del Hastings Center y fue algo realmente adelantado a su tiempo. Cuéntame un poco cómo surgió esa colaboración con Judy y por qué escribisteis concretamente para los pacientes y familiares, y también para los profesionales. ¿Qué es lo que os llevó a ello?
 
WW: Déjame retroceder un poco, porque antes de eso yo escribí un libro sobre la alegación de demencia junto con Judy Ross (Insanity Plea, 1983), y eso era algo que me interesaba mucho debido a los temas psiquiátricos. Pero Choosing Life or Death nació, por una parte, de la legislación, y, por otra, del servicio de consultoría ética. Algunos casos fueron fruto de experiencias personales mías o que otros me contaron. Trabajar en el libro con Judy Ross resultó muy entretenido y estimulante porque ella era una persona muy cuidadosa, buena escritora y buena correctora. Yo redactaba un primer borrador de los casos y Judy añadía los detalles literarios. Tuvimos la suerte de contar con el personal adecuado, una financiación adecuada durante nuestras becas y el apoyo de la facultad de medicina y la facultad de derecho. Era una forma de poder continuar con nuestra labor interdisciplinaria a través de nuestras obras.
 
JF: ¿Y qué hay del contenido del libro? ¿Qué había en él de nuevo?
 
WW: En Choosing Life or Death nos aproximábamos a la idea de los derechos de los pacientes. Yo había conocido a Dax Cowart en 1983 y el contacto con él me hizo aún más consciente de los derechos de los pacientes. Consideramos que el interés emergente por las voluntades anticipadas, formuladas por primera vez en la Ley de Muerte Natural de California, planteaba cuestiones importantes para aquellos pacientes que querían controlar al máximo la toma de decisiones sobre el final de su vida. Pero nos preocupaba que esa ley fuese cuestionada, tanto por la comunidad médica como por la población de pacientes. De hecho, incluso en la actualidad, las voluntades anticipadas no se utilizan con tanta eficacia como podrían. Las leyes han cambiado en el conjunto de los Estados Unidos, pero las prácticas han ido mucho más despacio a la hora de cambiar. Nuestras ideas en Choosing Life or Death estaban influidas por el trabajo que hicimos Al Jonsen, Mark Siegler y yo cuando escribimos la primera edición de Clinical ethics.
 
JF: ¿Y cuándo fue eso? Quiero dejar clara la cronología para los lectores.
 
WW: Al, Mark y yo empezamos a hablar en 1980, pero no publicamos la primera edición de Clinical ethics hasta 1982. Justo el año pasado se publicó la novena edición, en 2016, 34 años después de la primera.
 
JF: Lo sé. Iremos a eso en un momento. Pero ¿cuándo conociste a Dax Cowart? Yo conozco la historia de Dax Cowart, llevo 20 años enseñándola, pero es posible que los lectores españoles no la conozcan. ¿Podrías resumir su historia?
 
WW: Yo conocí a Dax Cowart en 1983, justo antes de que se acabase el documental Dax’s Case. Cuando Dax llegó a la UCLA en 1983, yo reuní a un grupo de personas para ver una primera versión del documental. Se presentaron unas 50 personas un sábado por la mañana para ver la película y mantener una charla con Dax. Fue una charla muy animada, con preguntas difíciles del público y respuestas meditadas y apasionadas de Dax. Después de la película, Dax y yo hablamos sobre su primer intento de ingresar en la facultad de derecho, que él no terminó. Luego me preguntó si debería regresar a la facultad de derecho. Yo le dije: por supuesto, si es lo que quieres hacer. Él ingresó en la facultad de derecho de la Universidad Tecnológica de Texas y yo tuve el placer de ser invitado y asistir a su graduación.
 
JF: ¿Te habló alguna vez sobre la hostilidad de los cirujanos de quemados, que le dijeron... bueno, por parafrasear: te voy a arreglar las manos, así que si quieres coger una pistola, puedes hacerlo. Eso, la evolución de la idea de matar frente a dejar morir.
 
WW: Yo invité a Dax a venir a Galveston en 1984 y hubo una protesta de algunos cirujanos que decían que no deberíamos dejarle entrar en el campus, que era un alborotador. Mi respuesta a ese intento de impedir a Dax entrar en la facultad de medicina fue esforzarme aún más por organizar la conferencia. En reconocimiento suyo y de sus críticos, acudieron más de 200 personas y algunos de los médicos que lo habían tratado cuando estaba allí, y Dax mantuvo una fructífera charla con el público.
 
JF: ¿La gente fue cambiando de opinión sobre este asunto?

WW: Los cirujanos no solo cambiaron, sino que fueron muy respetuosos y se mostraron interesados en escuchar lo que Dax tenía que decir. En los últimos años Dax ha hecho una visita anual a Galvestone para hablarles a los alumnos de medicina sobre su punto de vista como paciente. Está claro que los alumnos quedan muy impresionados por la historia de Dax y por sus ideas apasionadas y razonadas sobre los derechos de los pacientes.
 
JF: Bueno, una cosa que puedes comentarle es que yo he estado utilizando la película que se hizo y enseñándola. La dividí en fragmentos y cuento la historia a toda la clase de primer curso en la facultad de medicina, ¿sabes? Termino cuando él sale rodando después de que el coche explota y le dice a un granjero que se acerca que le traiga un arma para poder... para acabar con su vida... que su vida termine ahí. Yo les digo: ¿vosotros qué haríais? Y repasamos la historia completa y, según lo que vayan diciendo los alumnos, tomo distintos fragmentos: de su madre, de los cirujanos, del psiquiatra, del fisioterapeuta, de la enfermera... de todas las personas implicadas. Lo hacemos como una especie de conversación de una hora y media, y yo les pido que decidan lo que ellos habrían y si están de acuerdo con Dax.
 
Y luego les muestro esa especie de epílogo, cómo él vivió feliz al parecer después, y luego le cedo a Dax la última palabra. Lo interesante es que, a lo largo de los 20 años que llevo haciendo eso —creo que empecé en 1994—, al principio había una reticencia a dejar morir a Dax y, a lo largo de los 20 años siguientes, se ha hecho casi demasiado fácil dejarle morir. El entorno cultural ha evolucionado de una forma permisiva y resulta curioso cómo ha cambiado tanto.
 
WW: Sí, has adoptado un enfoque muy creativo. Nosotros hemos hecho una recopilación de 28 minutos de los distintos documentales que se han rodado y se la enseñamos a los alumnos en grupo, y luego Dax y yo entablamos un diálogo con ellos. Lo que tú estás haciendo es un enfoque excelente para ayudar a los alumnos a pensar en los distintos aspectos.
 
JF: Sí, porque los sitúa en el... ya sabes, en el dilema moral, y les permite escuchar también cómo se sintieron los participantes al respecto. Siempre me ha impresionado la compasión de la enfermera, la enfermera Kerr, creo que se llamaba, y el fisioterapeuta, que era el chico joven. Era el único al que todavía no se le había inculcado el paternalismo, y él decía: yo... ¿sabes? Dax me enseñó a escuchar. Creo que decía eso. Esa película es casi como la buena literatura. Creo que Lionel Trilling dijo que un buen libro te lee a ti, y en esa película, como es tan buena y la historia es tan rica, puedes leerla en diferentes periodos de tiempo, y pone sobre la mesa las distintas cuestiones, ¿sabes? Incluso a medida que evolucionamos, sigue resultando evocadora y capaz de hacernos pensar de forma normativa.
 
WW: Totalmente de acuerdo.
 
JF: Hemos hablado ya un poco sobre Texas, Dax y Galveston. ¿Ahora por qué no me cuentas cómo te seleccionó Ron Carson?
 
WW: Es una historia graciosa, porque en 1973, Carson, yo y Larry Churchill, teníamos todos una beca del Instituto de Valores Humanos y Medicina. Cuando nos reunimos por primera vez en 1973, yo todavía estaba dando clases de filosofía en la Universidad de California en Riverside. Estaba empezando a pensar en la ética médica. De hecho, había organizado un seminario de fin de semana sobre psiquiatría. Invité a David Rosenhan, un psicólogo que era profesor en la facultad de derecho de Stanford, para que viniese a participar en el seminario. Carson, Churchill y yo nos reunimos unos días y luego invité a Ron a venir en 1976 a la UCLA, o puede que fuera en el 78. Organicé un simposio sobre enseñanza interdisciplinaria a cargo de profesionales, con ayuda de una pequeña beca. En aquella época yo podía pagar a la gente 1.000 dólares por impartir un seminario a los alumnos universitarios. Ron y yo mantuvimos un contacto intermitente durante los años siguientes y, cuando se puso en contacto conmigo en 1983, yo no tenía pensado marcharme de Los Ángeles, pero cuando volvió a contactar conmigo en 1984, decidí que quizás mereciera la pena visitar Galveston. Había decidido que mis dos hijas estaban casi listas para empezar el colegio, y el panorama de la educación pública en Los Ángeles era pésimo y la escuela privada era carísima. Por eso pensé que quizá mereciera la pena plantearme la idea de irme de Los Ángeles. Al principio no me entusiasmaba la idea de irme a Houston, pero pensé que podría ser interesante conocer Galveston.
 
Yo solo había estado en Galveston una vez antes, unos diez años atrás. Pero cuando volví esta vez tuve oportunidad de dar una charla sobre el aborto, y esa charla con los profesores y alumnos del Instituto fue muy estimulante. Cuando Ron Carson me invitó a incorporarme al profesorado de Galveston, me atrajo la idea de un programa interdisciplinario de humanidades médicas.
 
JF: ¿Te resultó atractivo ese carácter tan amplio, el hecho de que fuese un instituto de humanidades médicas?
 
WW: La idea de tener un grupo de compañeros con quienes poder debatir realmente temas interdisciplinarios me resultaba muy atractiva. En principio no estaba seguro de quedarme en Galveston, porque era solo un campus médico, pero una vez que empecé el programa de doctorado, la interacción con los alumnos y profesores me pareció muy estimulante.
 
JF: Es verdad. Has formado a gente espectacular.
 
WW: Sí. Es que para mí fue una época maravillosa durante los primeros años del programa de doctorado, ¿sabes? Trabajar con la gente, la enseñanza en equipo...
 
JF: Y Tom Murray fue también compañero tuyo entonces, ¿no?
 
WW: Yo llegué a Galveston justo el mismo día de 1984. Él se quedó tres años y después se marchó a Case Western.
 
JF: Es verdad.
 
WW: Tuve el placer de estar con Tom, Chester Burns, Harold Vanderpool, Tom Cole, Ron y Anne Jones. Las charlas interdisciplinarias eran muy productivas y estimulantes.
 
JF: Y por volver un momento a Jay Katz. ¿Sabes que en muchos sentidos compartís un montón de cosas en lo interdisciplinario? Él era psicoanalista, médico y daba clases en la facultad de derecho. Tenéis una especie de ADN común.
 
WW: El caso es que... yo no lo sabía en aquella época, pero cuando presenté mi solicitud para convertirme en psicoanalista, tuve que escribir un compromiso personal y un compromiso profesional, y eso tenía que pasar por la Asociación Psicoanalítica Americana para que me admitiesen. Pues resulta que Jay Katz fue la persona que leyó mi solicitud.
 
JF: ¡Qué irónico! ¿Y qué puedes comentarnos sobre tu relación con él?
 
WW: Era un pensador verdaderamente maravilloso y estimulante. Recuerdo dar clase en 1976 usando su Experimentation with Human Beings (1972). Y a raíz de eso, entré en contacto con él varias veces con relación a casos en los que yo estaba trabajando, y fue muy servicial y generoso con su tiempo y con sus ideas. Me invitó a ir a Yale a impartir una sesión en uno de sus seminarios. Era un provocador, pero también te obligaba a pensar superando los límites habituales.
 
JF: Es verdad. Creo que es uno de los fundadores de la bioética que no ha obtenido el reconocimiento que se merece.
 
WW: Yo escribí un artículo en el Journal of Clinical Ethics en el que reconocía su ayuda personal.
 
JF: Es verdad. Y si pensamos en personas como Alex Capron y Susan Wolf, Larry Palmer, vemos que hay mucha gente de gran prestigio que podemos decir que recibió su docencia. Cathy Knowlen y tantos otros que han estado en Yale. Todo el mundo habla de él con gran admiración y creo que The Silent World es un libro brillante, pero la mayoría de las personas no han oído hablar de él en la actualidad.
 
WW: Creo que es un libro excelente. Y me gustó mucho cómo Al Jonsen y Bill May escribieron un nuevo prefacio para la segunda edición... Se lo recomiendo siempre a mis alumnos.
 
JF: Sí, realmente creo que es importante. Pero acabas de mencionar a Al Jonsen, lo cual enlaza perfectamente con este siguiente capítulo de tu vida. Y he usado de forma deliberada el término “capítulo”, porque en realidad es un volumen totalmente nuevo, un libro sobre ética clínica y razonamiento práctico, Clinical ethics.
 
WW: Al estaba en la Universidad de California en San Francisco y yo estaba en la Universidad de California en Los Ángeles, y coincidimos en una cena en el condado de Marin, y recuerdo que conocí a Erik Erikson en esa cena. No conocí a Al tan bien realmente, pero después de la cena, nos comunicamos y hablamos sobre la idea de hacer un libro juntos. Luego nos pusimos de acuerdo en que necesitábamos tener al menos a un médico clínico trabajando con nosotros. Él conocía a Siegler, pero yo no, y así fue como nos reunimos los tres en San Francisco para planificar el libro. Él tenía un pequeño estudio en la azotea.
 
JF: Sí, nos habló sobre ese estudio cuando le entrevistamos para EIDON. Cuéntame más sobre él. Entonces corroboras su entrevista, que subíais a esa habitación en la azotea.
 
WW: Eso es. Al, Mark y yo nos sentábamos en el estudio de la azotea para debatir detalladamente cada uno de los temas. Al y yo estábamos más familiarizados con los temas de ética y Mark era el experto clínico. Al escribió la introducción, Siegler escribió el primer capítulo, las indicaciones médicas y yo escribí el segundo sobre preferencias de los pacientes. Al escribió el tercero sobre la calidad de vida, y luego lo discutimos. Escribíamos cada uno nuestra parte, luego compartíamos lo que habíamos escrito con los demás, lo discutíamos, nos reuníamos varias veces. Hasta la última edición, nos reuníamos antes de publicar la siguiente edición. En la novena edición lo hicimos todo por vía electrónica, no nos reunimos realmente. Yo me reuní con Al, pero no nos reunimos los tres. En todas las otras ediciones sí que lo hicimos.
 
JF: ¿Y cuál fue la influencia del pragmatismo en ese libro? Porque Al, ya sabes, como casuista es un pragmático, tú eres un pragmático y creo que los médicos son pragmáticos por naturaleza.
 
WW: Sí. Todos estábamos de acuerdo en que, trabajando con médicos, teníamos que conseguir que pensaran en cómo elaborar sus decisiones y justificarlas, y no simplemente hacer aquello que han decidido que es mejor. Y para conseguir que pensaran en la ética, se nos ocurrió lo de las cuatro cajas, con el fin de encontrar un marco neutro para tomar decisiones mejores sobre los problemas éticos.
 
JF: Cuando estabais haciendo eso, ¿pensabais que era una alternativa al principialismo?
 
WW: A todos nos irritaba que Beauchamp y Childress escribiesen con un nivel de abstracción filosófica tan alto. A los médicos su libro les parecía frustrante y excesivo. Su libro trata mucho más sobre la filosofía de los principios morales que sobre bioética. En las distintas ediciones de Principles of biomedical ethics hay muy poco análisis detallado de situaciones clínicas y muy poca orientación sobre cómo resolver en la práctica clínica dilemas que tengan dimensiones éticas. Nosotros queríamos ayudar a los profesionales de la salud a organizar sus ideas sobre los problemas éticos y utilizar las cuatro cajas para ofrecer un marco conceptual con el fin de llegar a conclusiones prácticas.
 
JF: Exacto.
 
WW: Pero Beauchamp y Childress tenían razón con los principios de la autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia. Son claramente conceptos importantes aplicables a las decisiones éticas en la práctica clínica.
 
JF: Desde luego. Y eso nace de la National Commission, ¿sabes?
 
WW: Sí. Todos estábamos influidos por la Comisión Nacional para la Protección de los Sujetos Humanos de Investigación Biomédica y Comportamental. Y estábamos influidos por los Principles of biomedical ethics, pero en nuestro libro no se analizan conceptos, sino que en lugar de eso se ofrece una forma práctica de pensar acerca de las decisiones éticas. En cierta medida, las indicaciones médicas guardan relación con el principio de la beneficencia. Las preferencias de los pacientes presuponen el concepto de autonomía, pero la calidad de vida no corresponde exactamente a la no maleficencia.
 
JF: No maleficencia.
 
WW: Las características contextuales se refieren a algunos aspectos de los conceptos de justicia, pero incluyen también temas relacionados con la salud pública, asuntos familiares, factores religiosos, investigación médica, etc. Nosotros estábamos intentando ofrecer a los médicos y a otras personas interesadas en bioética algo coherente con los principios de la ética biomédica, pero no un análisis filosófico de esos conceptos.

JF: Exacto. Yo desarrollé también este tema en el pragmatismo clínico en mi propio trabajo, ¿sabes? Cuando te implicas en un proceso inductivo sin prejuicios, pueden ir apareciendo muchos tipos de principios diferentes. No necesariamente se encuentra uno con los cuatro de que parten ellos. ¿Pero cómo fue colaborar en crear algo que ha tenido tantas ediciones y ha sido tan duradero?
 
WW: Discutíamos entre nosotros cada vez que publicábamos una nueva edición de Ética clínica. Al a menudo intentaba introducir la terminología casuística, pero yo me oponía a usar ese lenguaje. Siegler aportaba siempre los detalles médicos y la información objetiva, y negociábamos cuál era el nivel de detalle clínico necesario para ilustrar y entender los problemas éticos. Mi interés principal era siempre intentar mostrar los aspectos prácticos del proceso de toma de decisiones.
 
JF: ¿Y cómo ha cambiado el libro a lo largo de las nueve ediciones? ¿Cuál dirías que ha sido la principal diferencia con la primera?
 
WW: Hace poco publicamos la 9ª edición de Ética clínica y al compararla con las primeras ediciones se ve que no desarrollábamos lo suficiente algunos de los temas. Creo que, con el paso de los años, desde que se editó por primera vez el libro en 1982, hemos ido aclarando y mejorando el texto para ofrecer una mejor orientación a los médicos que se enfrentan a problemas éticos. Aunque el libro contiene numerosos ejemplos clínicos, el marco de las cuatro cajas es probablemente lo más útil para los médicos a la hora de organizar y clasificar los problemas éticos. Puedes conseguir que los médicos se pongan a pensar en el caso por medio de las cuatro cajas. Todo depende de los matices del caso y de cómo se manifiesten los problemas éticos en la práctica clínica.
 
JF: Bueno, es un enfoque elegante y útil. Y no necesitas contar con mucha preparación para abordar el caso.
 
WW: Es un libro pragmático, porque no estamos intentando convencer a nadie de ninguna teoría. Intentamos que la gente averigüe lo que funciona, lo que no funciona, y por qué funciona o no funciona.
 
JF: Y tiene también una contingencia implícita, como la propia medicina.
 
WW: Nuestro libro es similar a tus ideas sobre el pragmatismo clínico. Al, Mark y yo en realidad estamos orientados a los resultados. Pero cada uno de nosotros tenía un estilo ligeramente distinto a la hora de abordar los problemas éticos, por lo que teníamos que negociar entre nosotros cómo expresarnos de la mejor manera posible para deliberar sobre ética en la práctica clínica. Al y yo tendíamos a ser más breves en nuestros análisis que Mark. Mark quería desarrollar los detalles clínicos más de lo que nosotros considerábamos necesario.
 
JF: Es que él es un buen internista, así que creo que es deformación profesional, pero en el buen sentido en el caso de vuestro médico.
 
WW: Es cierto.
 
JF: Fue una bonita sinergia la que vosotros conseguisteis, que además ha resultado duradera. En muchos sentidos es el complemento de Beauchamp y Childerss, ¿sabes? Son más o menos de la misma época.
 
WW: Yo impartí un seminario el pasado otoño para alumnos de posgrado y empezamos leyendo a Beauchamp y Childress. Y para ellos fue un alivio pasar a Ética clínica. Cuando leyeron Ética clínica se dieron cuenta de cómo nos inspiraron Beauchamp y Childress para escribir algo diferente y más conciso.
 
JF: Exactamente. Es casi una dialéctica, ¿no? Vosotros respondisteis a eso. Mucha gente se sitúa a medio camino entre su teoría pionera y vuestro enfoque orientado a la práctica.

Nos quedan aún unos minutos y quería preguntarte por mi libro favorito de los que has escrito. Se trata de un libro escrito en solitario que realmente me mostró el rumbo, ¿sabes? Yo no lo sabía en el momento en que tú publicaste, en 1988, tu Confronting Traumatic Brain Injury. Tuve la gran suerte, la buena suerte de escribir una reseña de ese libro tan maravilloso para el Hastings Center Report.
 
WW: Me gustó tu reseña.
 
JF:   Gracias. Me alegro de que te gustara. ¿Y sabes? Fue un libro realmente increíble, tan adelantado a su tiempo... Yo he escrito un libro más recientemente sobre los trastornos de la conciencia y, de hecho, cito uno de tus casos, el paciente que perdió el sentido del tiempo, que fue realmente muy motivador para gran parte de lo que escribí. En mi libro hay un capítulo completo sobre el tiempo. Pero me preguntaba si podrías compartir con los lectores cómo surgió tu interés por la lesión cerebral. En cierto sentido, nuestros libros son complementarios también...
 
WW: Es una historia muy extraña, porque cuando me trasladé a Galveston, compré una casa y el garaje lo habían transformado en un apartamento. Yo le pregunté al hombre al que se lo compré, que resultó ser Robert Moody, de la Fundación Moody, la razón de ello, y me dijo que su hijo había sufrido una lesión cerebral. Había tenido un accidente con su todoterreno; salió disparado del coche y se golpeó con la cabeza contra un bordillo. Él presionó realmente a los médicos de Galveston para que hicieran todo los posible por salvarlo, y de hecho lo salvaron. Tiene los músculos aún afectados físicamente, pero tiene una vida y una familia, además de la suerte de encontrarse bien situado económicamente. Entonces Bobby Moody me dio una cinta de vídeo que había rodado sobre la lesión cerebral, narrada por Richard Burton.


JF: ¡Oh!
 
WW: Era interesante, aunque no me influyó tanto. Pero luego empecé a hablar con las personas que estaban trabajando en lesiones cerebrales en Galveston. Nunca me había parado a pensar demasiado en que yo mismo me había caído de un edificio cuando tenía 22 meses y sufrí una lesión cerebral.
 
JF: Es verdad. Hay una imagen de eso en el libro, ¿no?
 
WW: Cuando empecé a escribir sobre mi propia lesión cerebral, me di cuenta de la suerte que tuve en comparación con el 99% de las personas que sufren lesiones cerebrales graves. Luego empecé a estudiar toda esa serie de temas. En la época en la que escribí mi libro existía mucha rehabilitación falsa de las lesiones cerebrales.
 
JF: Sí, los programas de estimulación de personas en coma y las comparecencias ante el Congreso.
 
WW: Sí, pude hacer el libro y tuve mucha suerte de contar con dos personas locales que me sirvieron de correctores: una que me ayudó con los aspectos conceptuales más amplios, y también otro tipo, en realidad el marido de esa mujer, que era realmente muy puntilloso, y así, entre lo que escribí y su ayuda, al final salió un libro bastante bueno. Pero luego tuve una experiencia aún mejor en la editorial de Yale, el revisor fue realmente fantástico. Así que, cuando estuvo terminado, quedó un libro bastante redondo.
 
JF: Sí, era un gran libro. Es un gran libro.
 
WW: He conservado mi interés por la lesión cerebral, pero lo he ampliado para pensar acerca del nacimiento, la vida y la muerte del cerebro. Estoy absolutamente fascinado y asombrado por la NFL (Liga Nacional de Fútbol Americano) y la NCAA (Asociación Nacional Atlética Universitaria), y las lesiones cerebrales de los jugadores de fútbol americano. Me entristece también la enfermedad de Alzheimer y la cantidad de personas que padecen lesiones cerebrales. Es evidente que se trata de un grave problema de salud pública.
 
JF: Es cierto. Y creo que tú hablaste de una epidemia silenciosa mucho antes de que eso entrara en el discurso popular.
 
WW: Pasé mucho tiempo con la Asociación de Lesión Cerebral, que fue la que introdujo la idea de la epidemia silenciosa. El interés creciente por los estudios cerebrales entre los neurocientíficos y los neurólogos y bioéticos ha generado una atención muy necesaria hacia las consecuencias de la lesión cerebral. Yo imparto un seminario en la Universidad de Texas para alumnos de grado que quedan fascinados e inquietados por las múltiples dimensiones de la lesión cerebral, su tratamiento, políticas y resultados.
 
JF: Es verdad. Creo que la neuroimagen ha cambiado el panorama para siempre, ¿sabes? Tom Insel ayudó a entender el cerebro, cuando estaba ya a punto de abandonar la dirección del Instituto Nacional de Salud Mental, como circuitos conectados, el conectoma, y no como frenología, de forma mecanicista.
 
WW: Tengo previsto reunirme con investigadores de la Universidad de Washington que han llevado a cabo una investigación cerebral innovadora. Me resulta asombroso que hayan encontrado 200 puntos en el cerebro asociados a distintas funciones que nunca antes se habían identificado.
 
JF: Es verdad. Sí, abarca el espectro completo: desde la neurociencia computacional hasta su intersección con la legislación sobre la discapacidad, el razonamiento y la identidad personal. Y básicamente creo que podemos hablar de la naturaleza humana cuando hablamos del cerebro, lo cual me parece lógico porque somos nuestro cerebro. Así es que es realmente un portal para una gran cantidad de trabajo interdisciplinario, lo cual concuerda con la naturaleza interdisciplinaria de lo que tú has hecho. Es realmente la confluencia de la psicología, la filosofía, las teorías de la mente y la ética clínica, en resumen. Quiero hacerte una última pregunta y luego ya acabar, si es que he pasado por alto algo de lo que quieras hablar, pero Diego Gracia te envía su agradecimiento y me recuerda que la ciudad de Galveston debe su nombre a Bernardo de Gálvez y Madrid, que fue gobernador de Luisiana durante el dominio español, a la que entonces pertenecía Texas.
 
Y me recuerda también, naturalmente, que te encuentras muy cerca de la frontera con México y que existe una importante presencia hispana en Galveston. Él quería que te preguntara si existe algún punto de intersección cultural que hayas observado a la hora de pensar sobre la bioética, o sobre la medicina, el derecho o el psicoanálisis por el hecho de estar tan cerca de México y tener una confluencia tan grande de las culturas anglosajona y latina.
 
WW: He estado varias veces en Ciudad de México a lo largo de los años y, en mi viaje más reciente, me invitó a pasar unos días uno de los jueces del Tribunal Supremo de México. Ha existido una gran relación entre los expertos de México y los profesores de la facultad de derecho de la Universidad de Houston. He tenido también diversos abogados de Puerto Rico estudiando un máster en derecho sanitario que dirigí durante 24 años. Hemos tenido la suerte de contar con diversos abogados realizando un doctorado en Humanidades Médicas en Galveston.
 
Mi afiliación a la facultad de derecho de la Universidad de Houston fue especialmente valiosa, porque alumnos como Daniel Goldberg, Kayhan Parsi, Stacy Tevino y otros vinieron al Instituto de Humanidades Médicas para su doctorado en esta disciplina. -
                                                                                         
JF: Es verdad. Precisamente vi a Daniel la semana pasada.
 
WW: Sí. Daniel Goldberg, Kayhan Parsi, Stacey Trevino y toda esa gente eran alumnos míos y ahora están teniendo una excelente trayectoria profesional. Esa era realmente una parte muy estimulante de nuestro programa de doctorado. Y tenemos a un abogado... un abogado africano en el programa ahora mismo, y también otra de las alumnas de posgrado de Galveston se graduó en derecho en Houston antes de entrar en el programa de posgrado. Así que esa clase de enriquecimiento mutuo ha continuado, afortunadamente para mí. Yo tuve que hacerlo con tres instituciones diferentes: la Universidad de Texas en Austin, la Universidad de Houston y Galveston. Pero realmente existen más cosas en las que estoy interesado de las que puedo abarcar.
 
JF: Sí, eso es un problema, ¿verdad?
 
WW: Justo antes de que llamases, he estado haciendo un artículo sobre sufrimiento moral que se publicará en el Journal of Clinical Ethics. Y me han pedido explícitamente que no hable de filosofía, de derecho, ni siquiera de bioética, sino que analice el artículo y haga el comentario del problema del sufrimiento moral desde el punto de vista psicoanalítico. Ha sido entretenido.
 
JF: Sí, yo creo que el psicoanálisis sigue siendo una herramienta increíblemente potente, tanto desde el punto de vista clínico como metafórico, y es una pena que se le haya marginado porque es difícil de protocolizar.
 
WW: He estado trabajando con un alumno que está terminando su doctorado. Ha escrito una tesis fenomenal sobre la historia de la melancolía, que me ha parecido verdaderamente interesante, incluida la filosofía griega antigua que no conocía. Pero una vez que he leído su tesis, me ha ayudado a entender a tres de los pacientes con los que trabajé cuando ejercía como psicoanalista en Los Ángeles. Esas interconexiones y esas ideas que son fruto de ser un especialista y profesor interdisciplinario han hecho mi carrera profesional más estimulante y fascinante.
 
JF: Y tan gratificante para todos nosotros... Has realizado una contribución increíble tirando de tantos hilos. Soy consciente del tiempo y quería hacerte una última pregunta: preguntarte si hay algo de lo que no hayamos hablado y deberíamos hablar.
 
WW: Yo hago cosas parecidas: quiero decir que tú enseñas en la facultad de derecho y yo enseño a alumnos de grado. He tenido la gran suerte de estar afiliado durante los últimos 20 años a la Universidad de Texas en Austin. Cuento con excelentes profesores asistentes para nuestra clase de primer curso, tengo excelentes alumnos en mis seminarios y eso ha sido realmente estimulante. Galveston ha sufrido algunos problemas a causa del huracán y... después de jubilarse Ron, ha sido un camino con algunos baches, aunque por fin estamos dejando atrás esa mala racha. Estoy muy ilusionado con mis proyectos actuales sobre el nacimiento, la vida y la muerte del cerebro, de los que te haré partícipe dentro de un año más o menos.
 
JF: Estoy deseándolo. Winslade, solo quiero darte las gracias a título personal y, por supuesto, en nombre de Diego, por compartir tu tiempo y tu increíble historia con nosotros.
 
WW: Gracias por la charla.
 
JF:  Ha sido un placer. Adiós.
 
WW: Muy bien. Adiós.





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