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Gracia, Diego (2013). Valor y precio. Madrid: Triacastela
Carlos Pose
Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia de Salamanca y Máster en Bioética por la Universidad Complutense de Madrid. Es profesor de filosofía en el Instituto Teológico Compostelano (Universidad Pontificia de Salamanca).


En un tema tan controvertido como el de los valores, como decía Zubiri, “la tortura de la filosofía desde hace setenta años”, quizá convendría comenzar por el final, que coincide con el objetivo último de la presente obra. Como toda teoría ha de poder verificarse en la práctica, cabe preguntarse, ante lo que hoy suele denominarse “educación en valores”, qué educación se está hablando, es decir, según qué interpretación de los valores. (Vaya por delante que ningún manual de educación en valores al uso resuelve esta cuestión. Pero hemos de admitir que todos han de presuponer alguna interpretación). Las interpretaciones que ofrece la literatura filosófica son básicamente dos, la objetivista y la subjetivista, que han dado lugar a dos prácticas educativas, la doctrinaria o impositiva, y la descriptiva o liberal. Pues bien, en esta obra se desemboca en una tercera práctica educativa, la educación deliberativa, que viene precedida de una nueva interpretación del valor. Se trata de una interpretación constructivista del valor que va más allá de esas dos posturas anteriores, la objetivista, para la que los valores son entidades dotadas de realidad propia, y la subjetivista, para la que se trata de estimaciones personales de los seres humanos debidas a factores que distan mucho de la racionalidad propia de los hechos, y que por ello mismo son impermeables a las leyes de la lógica. Esta nueva interpretación se funda en la teoría del conocimiento de Zubiri.
 



Según Zubiri, todo contenido es “creación libre” de la intelección. Todo contenido que el ser humano intelige es fruto de un proceso de elaboración, lo cual ocurre ya a nivel de la percepción, y también a nivel de la razón. Faltaba añadir (porque este es un punto que Zubiri no había desarrollado) que lo mismo sucede a nivel del sentimiento, en eso que se suele llamar estimación y valoración. Evidentemente, creación libre no significa creación desde la nada. Porque la percepción percibe desde los receptores sensoriales, y la razón desde la intelección sentiente; y lo mismo cabe decir de la estimación y valoración. Se estima y valora desde el sentimiento afectante. En todo acto de intelección y sentimiento hay pues un momento de construcción. Construimos la realidad. Bien entendido: construimos lo que “es” la realidad, lo que “vale” la realidad, no la realidad en cuanto tal. Para no confundir ambos momentos, Zubiri propone llamar al primer momento “contenido de realidad”, y al segundo “formalidad de realidad”. Ambos momentos siempre nos son dados en todo acto de intelección o sentimiento; tanto la realidad en cuanto tal, la formalidad, como su contenido, nos son dados unitariamente en un acto de aprehensión. Esto significa que sólo dentro del acto de aprehensión es posible distinguir, por análisis, dos momentos, el de aprehensión primordial de la formalidad de realidad, y el de contenido, que en tanto que tal contenido no está meramente dado en la aprehensión primordial sino que es creación libre desde lo que Zubiri llama logos y razón. Ejemplificando: una vez aprehendido un cuadro, podemos distinguir la presentación formal de su contenido, esto es, su momento de “realidad” cuadro o cuadro bello (formalidad), de su realidad “cuadro” o cuadro “bello” (contenido). Pues bien, lo que sea esa realidad aprehendida es algo construido. No lo es si tomamos el cuadro en cuanto mera realidad, es decir, en su formalidad, pero sí en cuanto fijamos la atención en el contenido de esa realidad actualizada formalmente. Todo contenido está construido, pero no así la formalidad de realidad, lo cual previene de concebir el constructivismo de los valores como una nueva forma de subjetivismo. No es verdad que los valores sean completa­mente objetivos, como los hechos, pero tampoco lo es el considerarlos por completo subjetivos, es decir, erráticos y carentes de toda racionalidad, como hoy resulta usual. 
 
La descripción del acto de aprehensión o presentación intelectiva y sentimental de la realidad y consecuentemente el fundamento del constructivismo axiológico es pues el tema central de esta obra. Sus análisis no son disquisiciones superfluas, sino que estamos ante la teoría del valor más original que se ha presentado en nuestra lengua desde que tanto Ortega y Gasset como García Morente introdujeran la ética de los valores en España. La ética de los valores nace con Max Scheler, que publicó en el año 1913 en el Anuario editado por Husserl la primera parte de su conocida Ética (así fue traducida al español en 1948), y tres años más tarde la segunda parte. Esta ética del valor hizo fortuna en la filosofía continental en los años 20 y 30. En Alemania, por ejemplo, influyó en Nicolai Hartmann, que publicó en 1926 su Ética, y en España se hizo eco de la teoría del valor Ortega y Gasset con la publicación, en 1923, de “Introducción a una estimativa. ¿Qué son los valores?”. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial la ética de los valores comenzó a declinar, casi hasta nuestros días. De hecho, alguien pudo escribir no hace mucho que “durante los últimos decenios se le ha venido prestando poca atención en los ambientes académicos; si ello habla en contra de la teoría o más bien en contra de esos ambientes, es cuestión que preferimos dejar abierta”. La presente obra creo que ayuda a resolver parcialmente la cuestión de si debemos volver a considerar los valores como tema central de la ética. Baste decir que para el autor la valoración es una característica esencial del ser humano, tan primaria como la intelección. Por ello, ya no se puede seguir esquivando la cuestión del valor, por más que para unos resulte un tema agotado y obsoleto, y que para otros las teorías clásicas siguan completamente vigentes. 
 
Quisiera destacar ahora algunos rasgos sobresalientes de la teoría constructivista del valor descrita en la presente obra, rasgos que, todo lo matizados que se quiera, marcan una suficiente distancia tanto de la teoría clásica u objetivista del valor, como de la teoría más moderna o subjetivista.
 
a) El soporte fáctico de los valores. Los valores no están en el aire sino en las cosas. Todo valor necesita tener un soporte fáctico. De acuerdo con su soporte, podemos hablar de distintos valores. Así, por ejemplo, un lienzo es, en tanto que hecho, un material de cierto tamaño que pintado de una determinada manera soporta un valor estético. El valor estético del cuadro no se identifica con el hecho o la cosa, ni con el valor del hecho o de la cosa (que en este caso sería el valor del lienzo). Como el lienzo es el soporte del valor, si hacemos desaparecer el soporte material, desaparece también no sólo su valor económico sino lo que es peor, su valor estético. Por eso, como el valor es dependiente del soporte (por más que no se identifique con él), se establece entre ambos aspectos una relación lógica. Quiere decirse que, según sea la realidad del soporte, así será fundamento adecuado de unos valores u otros. Todo lo que tiene materia es soporte adecuado de los valores instrumentales o por referencia, o valores de utilidad. Todo lo material es útil o inútil y soporte adecuado de valores económicos. Es el ámbito de los llamados valores materiales o de cosa. Hay otros valores, en cambio, que no los soporta toda realidad material sino sólo aquella dotada de vida, por tanto, los seres vivos. Estos son los llamados no valores materiales o de cosa, sino valores vitales o de ser vivo. Finalmente, hay otros valores para los que sólo es soporte adecuado el ser humano. Son los llamados valores espirituales o de persona, o valores personales.
 
b) La realización (o implantación) imperfecta de los valores. Los valores son cualidades muy peculiares, que se encuentran realizadas en medida mayor o menor en las cosas. Éstas son más o menos bellas, más o menos útiles, etc. No se encuentran nunca completamente realizados en ellas, y esa es la razón de que nunca confundamos la belleza de un cuadro con la belleza en sí, o la justicia de un acto con la justicia en sí, etc. Las cosas de este mundo realizan los valores en medida mayor o menor, pero ninguna lo hace de forma perfecta. De ahí la necesidad de seguir realizándolos en el futuro de modo creativo y abierto. En eso consiste la ética, en la realización de valores, precisamente porque aún no están realizados suficientemente, ni lo llegarán a estar nunca. Esta es otra característica de la lógica axiológica: los valores están realizados, pero no completamente, y de ahí la obligación del ser humano de ir añadiendo nuevos valores a las cosas.
 
c) La doble valencia de las cosas o hechos. Toda cosa o valor puede ser tomado de modo intrínseco o de modo instrumental. Esta es una distinción fundamental, ahora como rasgo de la lógica axiológica.  Por valor intrínseco se entiende aquella realidad o aquella cualidad que tiene valor por sí misma, de modo que si desapareciera, pensaríamos haber perdido algo importante, es decir, algo valioso. Así definida, se diferencia de la noción de valor instrumental o valor por referencia, en que éste no vale por sí mismo sino por otra cosa o cualidad distinta, que es la que le otorga valor. Esta distinción se ha expresado en el binomio “valor” y “precio”. Los valores instrumentales, los que tienen precio, poseen unas características distintas de los valores intrínsecos, aquellos que poseen valor sin más. Los valores instrumentales se miden en unidades monetarias (tienen precio) y pueden intercambiarse por otros (no son unidades singulares, sino comunes, cada una puede ser sustituida por otra). Ej. unfármaco. A los valores intrínsecos les sucede lo contrario: son individuales (ejemplo de las obras de arte y de las personas) y no pueden comprarse ni venderse, no son objeto de comercio (dignidad y no precio). Ej. las personas.
 
d) La impureza de los valores. No hay valores intrínsecos ni instrumentales puros; todo puede estar cargado de valores intrínsecos y valores instrumentales a la vez. Nada es puro valor intrínseco ni puro valor instrumental. Un ejemplo claro es la salud. La salud es un valor intrínseco, pero al servicio de otro valor, la vida. Y la vida es un valor intrínseco, al servicio de otro valor, el espiritual, etc. Las cosas, pues, pueden ser preferentemente soportes de valores intrínsecos o de valores instrumentales, pero nunca lo son de un único tipo o de modo puro. De hecho, los valores intrínsecos y los valores instrumentales siempre están en las cosas de modo simultáneo, si bien en proporciones variables. Hay realidades que soportan sobre todo valores intrínsecos, como las personas, y otras que soportan sobre todo valores instrumentales, como es el caso de las cosas. Pero a su vez hay que decir que sin ninguna duda las personas también soportan valores instrumentales, aunque la propia definición de una realidad como personal se hace en base a sus valores intrínsecos. Con las realidades que soportan preferentemente valores instrumentales sucede exactamente lo contrario: se definen por su valor instrumental, por más que posean también valores intrínsecos, como la belleza, etc. Una aspirina, por ejemplo, tiene sobre todo un valor de utilidad, que es el de su capacidad para aliviar el dolor. Pero posee también un valor intrínseco, que se expresa cuando nos referimos a su figura, sabor, color, etc.
 
e) La irreductibilidad e interdependencia de los valores intrínsecos e instrumentales. Los valores intrínsecos dependen de los instrumentales, y éstos de aquéllos (aunque en sentidos distintos), y a su vez, son irreductibles, es decir, poseen lógicas distintas. La distinción entre valores intrínsecos y valores instrumentales ha dado lugar a dos lógicas distintas, que tomadas aisladamente, producen dos grandes perversiones. Una consiste en tomar los valores intrínsecos como exclusivamente instrumentales. Es lo que ocurre cuando los valores intrínsecos son tratados o medidos en términos estrictamente económicos (un valor instrumental). Es algo muy habitual en nuestros días. Se considera que todo tiene precio y que su valor se limita al precio que se esté dispuesto a pagar por ello. De este modo, se reduce todo valor a valor instrumental, medido en términos económicos (y más concretamente, en términos de eficiencia). Pero hay otra perversión no menos destacada. Consiste en reducir el mundo entero de los valores a los valores intrínsecos, negando importancia a los instrumentales. Aquí, por tanto, se produce una reducción de los valores instrumentales a los intrínsecos. Sólo estos últimos tendrían importancia, es decir, poseerían valor. Al hacer esto, se ignora el papel que los propios valores instrumentales juegan en la promoción de los intrínsecos. Por más que los valores instrumentales sean inferiores a los intrínsecos, aparecen como valor en el soporte material de los propios valores intrínsecos. De ahí su importancia, y de ahí también que no puedan reducirse unos a otros, ni los instrumentales a los intrínsecos, ni viceversa. Lo correcto es articularlos, reconociendo la superioridad final de los valores intrínsecos, pero a la vez el carácter fundante o de soporte que tienen los instrumentales. Estos son tan importantes como los otros, pero deben estar al servicio de aquéllos. Cuando esto no es así, asistimos a las dos grandes perversiones, que se ejemplifican en dos opciones preferenciales. La primera opción suele denominarse instrumental o estratégica, en tanto que la segunda forma parte de la opción idealista, cuando no fundamentalista. Lo que en esta obra se propone es una tercera opción, la opción deliberativa.
 
Un punto que puede resultar sorprendente es la utilización del término intrínseco en el contexto de una teoría constructivista del valor. El término “intrínseco” tiene una larga historia y sin duda puede resultar sospechoso. Su sentido clásico parece hoy insostenible, y por eso muchos autores han rechazado de plano hablar de “valores intrínsecos”. Así, todo el movimiento pragmatista norteamericano, a la cabeza de todos Dewey, un autor que sin embargo, frente a los positivistas, ha recuperado la idea de “valoración” como fenómeno consustancial al ser humano (aunque no quiere hablar de “valores”, en su forma sustantiva, precisamente para que no se piense en propiedades “intrínsecas” a las cosas, objetivas como los colores o las formas). En sentido clásico se llama “intrínseco” a lo que pertenece esencialmente a una cosa. Referido a los valores, valor intrínseco significa valor esencial. De ahí que algunos fenomenólogos hayan identificado valores intrínsecos como valores absolutos. Por oposición estarían los valores extrínsecos. Estos son siempre relativos, consecutivos o instrumentales, porque valen siempre en relación o en función de otra cosa. ¿En función de qué? En función de lo que vale absolutamente, intrínsecamente. Lo mismo sucede si aplicamos el término intrínseco a los actos, como ha sido tradicional. Actos intrínsecamente malos son actos malos en sí mismos, por su propia naturaleza. Tal cosa se ha dicho, por ejemplo, del adulterio, que es siempre malo, absolutamente malo.
 
El problema es si hay valores intrínsecos o absolutos, actos intrínseca o absolutamente malos, etc. Y si no los hay, puede resultar confuso seguir utilizando el término “intrínseco” en el seno de una teoría constructivista del valor. El autor de esta obra lo hace, pero modificando el significado de intrínseco. Valor intrínseco no es ahora valor trasmundano e inmutable, accesible únicamente de modo intuitivo. No es que los valores intrínsecos formen una especie de constelación (como se ha llegado a afirmar) a la que el ser humano queda sometido en su conducta, sino que, al revés, es el ser humano el que construye los valores e intenta realizarlos. Pero no hay un sistema concreto de valores absolutos. Por eso, es en esa construcción (estimación, valoración, etc.) donde aparecen unos valores que se pueden seguir llamando intrínsecos (porque valen por sí mismos), frente a otros valores que en la medida en que valen por otra cosa (por otros valores), quedan relegados a un segundo orden, el de los valores instrumentales o por referencia. De este modo, emparentado con este problema aparece otro, el de si desde una teoría constructivista del valor cabe seguir distinguiendo entre valor intrínseco y valor instrumental, algo que hoy pocos parecen aceptar, quizá porque consideran que los verdaderos valores son, bien los intrínsecos, bien los instrumentales. El autor de esta obra sostiene que es necesario seguir manteniendo ambos tipos de valores, y de ahí el título tan expresivo, Valor y precio. Bastaría con recurrir ahora a la etimología de aestimatio (Lewis-Short) para advertir que el primer sentido es, ciertamente, el económico o monetario (el instrumental), pero que ya en la época clásica recibió el sentido de valor intrínseco.
 
Volvamos ahora al principio. “Educación en valores”, se dice. ¿Pero qué educación, es decir, desde qué interpretación de los valores: la objetivista, la subjetivista o la constructivista?La verdad es que, al menos en el campo de la bioética en la que se espera que tenga una buena proyección la presente obra, en estos últimos años ha comenzado una recuperación paulatina de la noción de valor, sobre todo en la bioética norteamericana. Pero ha sido una recuperación también muy curiosa. La ética del valor había influido ya en sus primeros años de furor en diversos campos, especialmente en estética, derecho y pedagogía. Este último campo, como se sabe, ha sido muy desarrollado por varios filósofos pragmatistas norteamericanos, entre ellos, J. Dewey. Dewey maneja la noción de valor y de valoración, pero en contraposición a los análisis de Moore, que afirma la existencia de valores intrínsecos. Esto llevó a una gran polémica, a un debate entre positivistas y emotivistas sobre la dicotomía entre hechos y valores, sobre si los valores son o no subjetivos, etc. Al final la tesis que acabó imponiéndose en pedagogía, por influencia del método científico como clave para la educación y por la hegemonía positivista del mundo académico norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial, es que los valores son subjetivos y por tanto respecto de ellos había que mantenerse “neutral”. Esta neutralidad ha sido muy combatida últimamente por Amy Gutmann y otros, y ello ha influido en un nuevo planteamiento en torno a la educación en valores, que es, insistimos, el objetivo último de la presente obra, es decir, el establecimiento de “un programa para el siglo XXI”. Si los valores han de construirse, más que adoctrinar de modo beligerante o clarificar preservando la neutralidad de las cuestiones de valor, lo que hemos de hacer es involucrar a las personas en un procedimiento que desde Aristóteles viene llamándose deliberativo. Si los valores han de construirse, esto no puede ser tarea de unas cuantas personas, para que luego, otras, mal que bien, se encarguen de imponérselos o clarificárselos a los demás. Es necesario modificar los hábitos educativos, enseñando desde abajo hacia arriba a construir los valores tanto intelectual como emocionalmente. Ello exige una labor de todos; todos tenemos la obligación de participar en los procesos de construcción de valores, sea porque nos sentimos directamente afectados, sea porque somos directa o indirectamente responsables. Ahora bien, cuando se trata de una participación así, en la que todos somos protagonistas o seres autónomos, ya no sirven los procedimientos dogmáticos (fruto de una interpretación objetivista de los valores) ni el mero consenso (consecuencia de entender que los valores son meramente subjetivos, simples intereses en juego). Es preciso educarse en otros métodos que permitan argumentar y razonar entre todos. Eso es la deliberación. Por tanto, los valores se construyen, pero no arbitraria o irracionalmente, sino argumentativa o deliberativamente.
 
En definitiva, estamos ante una teoría que de algún modo culmina lo que el autor viene buscando denodadamente desde Fundamentos de Bioética hasta Como Arqueros al Blanco, por señalar dos de sus obras ya clásicas: un fundamento sólido que permita educar y formar en bioética, o en ética sin más. Esto no significa que la tarea quede acabada. Antes bien, ahora falta por llevar a la práctica los hallazgos más importantes de una teoría constructivista del valor. Campos como el de la economía, la religión, la salud y tantos otros encontrarán desde este nuevo marco conceptual una nueva iluminación. Y entonces sí que se podrá decir, como gusta al autor, que nada hay más práctico que una buena teoría.





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