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Los mitos de la historia de España
Ricardo García Cárcel
Catedrático de Historia Moderna. Universidad Autónoma de Barcelona

La historia de España o, para ser más precisos, el discurso nacional de la historia de España está poblada de mitos, entendidos éstos como distorsiones interesadas de la realidad histórica al servicio de determinados prejuicios ideológicos. Los mitos proceden de falsificaciones de fuentes, de la mixtificación historia-literatura o simple y llanamente de la manipulación de conceptos a los que se les atribuye significados diferentes a su primigenio sentido. Ya Caro Baroja denunció en 1992 las abundantes falsificaciones textuales de la historia de España, desde las que llevó a cabo Annio de Viterbo a fines del siglo XV hasta los falsos cronicones del siglo XVII o los plomos de Sacromonte. Es bien patente que la historia altomedieval española está fundamentada en fuentes de credibilidad peor que dudosa, tanto fuentes cristianas como musulmanas. Se sabe que el obispo Pelayo de Oviedo fue, en el siglo XII, un falsificador notable. Y hoy más que nunca (sobre todo después del libro de García San Juan) la épica nacional de Guadalete y Covadonga con toda su carga de referentes fundacionales está puesta en suspenso, reabriendo el viejo debate que planteó Ignacio Olagüe. Yéndonos más lejos en el tiempo, la arqueología plantea también no pocos agujeros negros. ¿Qué decir del debate que suscita la Dama de Elche, descubierta en 1897 y devuelta, por cierto, por Petain a Franco en 1941?

La mixtificación historia-literatura-arte ha hecho estragos. La frontera entre la realidad y la literatura del Cid nunca quedó clara porque tampoco Menéndez Pidal supo marcar distancias entre su condición de filólogo y la de historiador y mucho menos la de asesor de la película. El Cid. La pintura histórica del siglo XIX ha generado una iconografía histórica de la que no siempre es fácil desprenderse.

La manipulación de significados afecta a todo el vocabulario histórico, desde las palabras nación, patria o independencia, cuya semántica actual tiene que ver poco con la originaria de los textos de la época moderna que yo estudio.

¿Y qué decir de los personajes? Los arquetipos de héroe o traidor elevados a la categoría de referentes son mucho más ambivalentes de lo que los mitos nos ofrecen. Al respecto, conviene que tengamos en cuenta que los mitos no son inocentes. Detrás de cada uno de ellos, hay múltiples opciones ideológicas. Hay mitos conservadores, como el del Imperio, y mitos progresistas, como el de pueblo o el de revolución. Ciertamente, hay mitos utilizados en sentido contrario. La Inquisición, que ha sido siempre referente para los liberales de fanatismo e intolerancia, hoy se utiliza por historiadores conservadores como ejemplo de coartada para justificar las propias limitaciones. En definitiva, detrás de los mitos hay un proceso constructivo que significa lecturas distintas en función de cada generación o de los presupuestos ideológicos de los que se parte.

Hay mitos que se crean rápidamente, que son, en buena parte, construidos por los propios personajes. Tal es el caso de Palafox o Agustina de Aragón. Y otros, muy tardíos, generados artificialmente por un determinado movimiento cultural. Por ejemplo, Rafael de Casanova, sobre el que luego hablaremos. Los mitos nacen, se desarrollan, mueren y se reconstruyen en función de unos determinados intereses. Al nacionalismo catalán le fue muy útil en los años ochenta del siglo XX apelar a Narcís Feliu de la Penya, el hombre del neoforalismo colaboracionista, y ahora nadie se acuerda de él en beneficio de mitos con connotaciones rupturistas como el de Companys de 1934.
 
Tengo, por otra parte, la impresión que las generaciones tienden a elaborar sus propios relatos con sus héroes y contrahéroes. Los hijos de cada conflicto son propicios a la desmitificación en aras de un realismo prosaico y desactivado de imaginario épico o dramático; los nietos, en cambio, son dados a la evocación del conflicto con la polarización ideológica subsiguiente y su estela de ídolos y de demonios que el imaginario sublima.
 
También los países han mostrado su capacidad mitificadora. El testimonio del libro de Hobsbawn y Ranger sobre la invención de la tradición es muy visible en el mundo anglosajón. La invención de la tradición en España, sin embargo, se caracteriza por el peso de las identidades territoriales que, conjuntadas, constituyen el Estado-nación España.
 
Es evidente que, en ningún otro país como España, cada región o nacionalidad –por utilizar el término constitucional– ha elaborado su propia galería de mitos referenciales convenientemente forzados o distorsionados.
 
La Castilla que hizo España, según Unamuno, Ortega o Sánchez Albornoz, ha tenido su propia nómina de mitos, con incuestionable vocación de ejemplaridad. Ahí están los Fernán González, el Cid o Guzmán el Bueno, siempre con la misma contraposición que luego se heredaría a nivel español, entre el caudillo y el rey. Las parejas Alfonso VI-el Cid o Sancho IV y Guzmán el Bueno son ilustrativas. El deber moral por encima de la propia persona del rey. Rasgo típicamente castellano que se trasladará, como digo, al ámbito nacional en los siglos XVI y XVII y que en la Restauración se identificará como propiamente español.
 
Galicia generó una serie de mitos vinculados a su soledad periférica. Celtas (y no iberos) y suevos (y no visigodos) marcan unas señas de identidad propia, de territorio de emigrantes que vendrá a ser compensada por el mito de Santiago, mito que implicará la gran operación de conversión de Galicia en territorio de recepción de foráneos, que entre otras vertientes, supondrá un ejercicio de contrapeso para la melancólica soledad noroccidental gallega. Sobre el mito de Santiago y su elaboración han escrito páginas extraordinarias F. Márquez Villanueva y O. Rey Castelao que nos eximen de examinar el proceso de su articulación. Habrá que esperar a Murguía en 1865 para contemplar los primeros intentos de construcción de un nacionalismo gallego con su estela de mitos propios.
 
Los vascos elaboraron su discurso nacional sobre el principio de superioridad étnica y su indomabilidad. La conexión bíblica con el Antiguo Testamento (Tubal) y la consideración del euskera con una de las 72 lenguas de Babel asientan un punto de partida en el que la principal cualidad es una presunta excepcionalidad. Curiosamente, la supuesta imposibilidad de sufrir dominio de nadie, el fracaso de todos los intentos de invasión, han hecho que apenas haya épica militar en el imaginario nacionalista vasco, sólo reducida a la batalla de Arrigoriaga en el siglo IX y al héroe Jaun Zuria. El discurso nacionalista vasco será también tardío. En su primera versión romántico-cultural, habría que remontarse a la segunda mitad del siglo XIX con los Chaho, Navarro Villoslada o Trueba. En su versión político-étnica habrá que arrancar de Sabino Arana ya a fines del siglo XIX.
 
El nacionalismo catalán construyó su discurso nacional sobre el principio del pacto que arrancaría del presunto convenio feudal entre los condes catalanes y los reyes francos con Cataluña como Marca Hispánica, típica tierra de frontera, glacis de separación entre la Francia europea y el Al-Andalus hispánico. Pacto que desde el siglo X se rompería para proyectarse hacia la interrelación con la Castilla reconquistadora y con los demás territorios periféricos de la Corona de Aragón, especialmente desde el siglo XIII. La proyección comercial se vinculará a la vocación imperial catalana que se refleja en el almogavarismo medieval. El pactismo y su correlato constitucionalista sufrirá fricciones con la monarquía hispánica a lo largo de la época moderna, lo que generará el discurso victimista con nuevos mitos: el de 1640, con Pau Claris como símbolo, que llevará a Cataluña a la ruptura con la monarquía de Felipe IV y su unión con Francia; el de 1714, con la guerra de Sucesión como telón de fondo y Rafael de Casanova como héroe singular en el marco de un momento que representa la culminación del victimismo: el trágico sitio de Barcelona, la jornada final del 11 de septiembre de 1714 y la Nueva Planta con la pérdida de los fueros en 1716; y el de 1934, con la proclamación por Companys del Estat Català frente a la República española.
 
Frente a estos mitos combativos o de conflicto, hay otros mitos de colaboración o armonía que hoy quedan absolutamente silenciados: el que representa Feliu de la Penya en 1683 con su Fénix de Cataluña, el símbolo del entendimiento de la Corona con Cataluña, 1793 y la Guerra Gran, la incidencia de la Revolución Francesa en Cataluña, en la que ésta tuvo una excelente relación con la monarquía de Carlos IV y por último, 1808, la guerra de la Independencia, con infinidad de episodios de plena identificación de Cataluña con los móviles de la guerra y la culminación de la obra de Antoni de Capmany Centinela contra franceses. Toda esta memoria catalana ha sido sublimada desde la segunda mitad del siglo XIX por historiadores como Victor Balaguer y Antoni Bofarull. Curiosamente, los mitos de la Cataluña moderna han sido asumidos tanto por el carlismo como por el federalismo.
 
Andalucía, por su parte, también ha procurado, desde el discurso andalucista de Blas Infante, su propia mitología que se remonta a los tartesos y que se centra especialmente en la nostalgia del presunto mundo feliz musulmán roto por Fernando III en el siglo XIII y por los Reyes Católicos en 1492. El llanto de Boabdil se convierte en el llanto de una Andalucía dominada por los invasores del norte.
 
En cuanto a los mitos de alcance nacional, pueden dividirse en épicos, dramáticos y contrafactuales. Los mitos épicos alimentan el narcisismo, la construcción de la gloria propia a través de la evocación del Imperio, de la Reconquista y de la exaltación de la Hispanidad, entendida como una proyección colonial de España en América. En esta mitología épica, al lado de los héroes y las gestas de las conquistas españolas más allá de nuestras fronteras (los tercios de Flandes, las campañas del Gran Capitán en Italia, la expansión en América bien reflejada en las crónicas de Indias…), brillan con luz propia y de manera especial los hitos de la capacidad de resistencia visible en toda la larga Reconquista y en la abundancia de sitios sufridos con referencias tan conocidas como Numancia y Sagunto o Zaragoza y Gerona.
 
Los mitos dramáticos más difundidos han sido los de la decadencia, el fracaso, la anomalía hispánica, conceptos elaborados en el marco de lo que Núñez Florencio ha llamado el pesimismo español. El fantasma de la intolerancia ha marcado con una sombra amarga la visión de la historia de España. El pensamiento liberal ha sublimado la Inquisición como responsable de los problemas históricos del país (atraso cultural, foso histórico entre las dos Españas). El discurso teñido de victimismo se deja sentir, sobre todo, en el concepto de leyenda negra, la visión dramática de una España convertida en sujeto paciente de una presunta crítica descalificadora por parte de los demás países. La leyenda negra, concepto acuñado por Julián Juderías en 1917, refleja bien la propia debilidad del Estado, del nacionalismo español, lleno de complejos e inhibiciones. El desarrollo de la presunta leyenda negra no es sino el testimonio del fracaso de la leyenda rosa, de la propia campaña nacionalizadora española.
 
Por último, quiero referirme a los mitos contrafactuales o melancólicos que se centran en la evocación nostálgica de las Españas que no pudieron ser, que no han podido prosperar porque han sido perdedoras en los diversos conflictos históricos. Aquí se evidencian conceptos como la España de las tres culturas (cristianos, musulmanes y judíos), Villalar y los comuneros, el austracismo, los afrancesados, el federalismo, el republicanismo…
 
Al respecto convendría tener en cuenta las reflexiones de José Ferrater Mora: “En la vida no se trata de saber lo que se puede no hacer en vista de lo que efectivamente sucedió. En la vida, y en la historia, los hechos cuentan. La historia no es simplemente la realización de ciertas posibilidades, o el truncamiento de otras, sino que es la realidad misma, algo así como la pura actualidad que se va desarrollando –sin posibles que amortigüen el choque– de acto en acto. Por lo tanto, ningún gimoteo, por justificado que filosóficamente parezca, podrá cambiar el curso de lo que haya pasado. Creer lo contrario, o hacer como quien lo cree, puede engendrar un morbo enfadoso: el morbo del pasado. Para sanarlo, no hay nada mejor que reconocer esa verdad tan simple: ciertas cosas habrían podido pasar, pero no pasaron. Nada más”.
 
Ciertamente, el realismo se impone al final sobre los sueños alternativos. Al término de su vida –y de la novela de Cervantes– Don Quijote abandona sus sueños y maldice las novelas de caballerías que le han hecho soñar y creerse Don Quijote cuando sólo es Alonso Quijano, eso sí, “el bueno”, “a quien mis costumbres me dieron renombre de bueno”. Lo que parece contar, en definitiva, para Don Quijote es la autoestima. Si el Quijote es el largo viaje de un hidalgo en busca de su autoestima perdida, las muchas memorias construidas de la historia de España, con sus correspondientes relatos, parten de la misma búsqueda de identidad oscura o perdida, de la necesidad ansiosa de autoestima nacional. Y es que detrás del morbo del pasado, que decía Ferrater Mora, se esconde el viejo problema de la indefinición de la propia identidad nacional.
 
 
 
 





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