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Arrugas: esperando la muerte
Antonio Blanco Mercadé
Doctor en Medicina. Complejo Asistencial Universitario de León

TÍTULO “Arrugas”; DIRECTOR Ignacio Ferreras; GUIÓN Ángel de la Cruz, Paco Roca, Ignacio Ferreras y Rosanna Cecchini; AÑO 2011; PAÍS España; MÚSICA Nani García; FOTOGRAFÍA David Cubero; REPARTO (VOCES) Mabel Rivera, Ángel de la Cruz, Tacho González, Toni Marín, Álvaro Guevara, María Arochena; PRODUCTOR Manuel Cristóbal; GÉNERO animación, drama; DURACIÓN 89 minutos; PREMIOS (entre otros) Goya 2011 a la mejor película de animación y Goya 2011 al mejor guión adaptado. 

 

“Una vez fui a una residencia de ancianos. Estaban todos como drogados o dormidos, con una pequeña tele puesta. Le pregunté a una anciana que me miraba:
- ¿Qué tal, señora?
- Aquí, esperando la muerte…”

 (Anónimo)




“Arrugas” es un largometraje de animación para público adulto. El cine de animación es capaz de abordar con acierto asuntos tan importantes como la ancianidad o la muerte. Así lo han demostrado algunas obras españolas, como por ejemplo el intenso y estupendo corto titulado “la dama y la muerte” (Javier Recio, 2009). La película “Arrugas” narra el día a día de los ancianos ingresados en una residencia geriátrica y plantea diversas situaciones que invitan a reflexionar sobre las grandes cuestiones de la vida, la muerte y el amor. El protagonista es Emilio, viudo y jubilado ex director de una sucursal bancaria que presenta síntomas de demencia, lo que hace imposible que permanezca por más tiempo en el domicilio familiar de su hijo. Es ingresado en la residencia, lugar donde prometen cuidarlo “mejor que si estuviese en su casa”, porque los hijos están muy ocupados con su trabajo y no podrán ir a verlo muy a menudo. Emilio odia la vejez – que le convierte en “un trasto inútil para la sociedad” – y se va dando cuenta por momentos de la enfermedad que padece; su melancolía y su nostalgia se transmiten al espectador, si bien el drama está aligerado en muchos momentos, cuando se aborda en clave de comedia sin caer por ello en la sensiblería. El gran temor de los ancianos residentes consiste en acabar en la planta de arriba, lugar donde se encuentran los asistidos, aquellos que no pueden valerse por sí mismos porque han perdido la razón. En palabras de Emilio, “están todos allí abandonados, como si fuesen trastos rotos en un desván”.

En la residencia “no hay nada que hacer”. La película cuenta con realismo la rutina diaria, el aburrimiento y la inactividad; el tedioso día tras día, esa cadencia en la que el tiempo parece no transcurrir, cuando, paradójicamente, la vida se ha pasado como un soplo y lo que resta es tan poco y es tan triste… Los ancianos están allí, solos, inútiles, esperando la muerte.
 
De la viñeta al fotograma 
La película “Arrugas” es la adaptación cinematográfica del cómic del mismo título, guión y dibujo de Paco Roca y editado por Astiberri, que apareció por vez primera en Francia con el título “Rides” (editorial Delcourt, 2007). Esta novela gráfica de 104 páginas recibió – entre otros galardones – el premio nacional de cómic en 2008. Aunque en líneas generales se trata de una adaptación fiel, existen algunas diferencias que conviene señalar más adelante. Ambos modos de expresión artística  –  el cómic y el cine, en este caso de dibujo animado – resultan ser excelentes medios para enviar mensajes capaces de hacer reflexionar y de despertar sentimientos y emociones en el lector o en el espectador. Al igual que en el cartel de la película, también en la ilustración de la portada del cómic unas fotografías salen volando de la cabeza de Emilio, como recuerdos que se van perdiendo inexorablemente. Metáfora de la vida, un tren avanza mientras los paisajes se suceden a través de la ventanilla,  para no volver.

”La vejez es una broma pesada” – se dice – y en ella van haciendo su aparición la dependencia, el olvido y la soledad. Veamos a continuación cómo enseña la película esa realidad a través de unos personajes que son arquetipos de distintas actitudes ante la recta final de la vida.
 
La dependencia: una responsabilidad social
Aunque vejez y enfermedad no son palabras sinónimas, con mucha frecuencia son conceptos que viajan acompañados, porque la vulnerabilidad humana resulta más evidente en esa etapa de la vida. El envejecimiento es un proceso natural en el que ocurren, más o menos deprisa y en mayor o menor medida, una pérdida de las facultades vitales y un aumento de la dependencia de los demás para poder realizar las actividades cotidianas. Cuando se va perdiendo la capacidad para actuar, recordar o pensar con claridad, también se suele perder la estima personal. La autoestima disminuye proporcionalmente al aumento de la dependencia.

En la película, los residentes están bien atendidos y sus cuidadores son personas amables. Podría decirse que las necesidades materiales están cubiertas, pero, sin embargo, la alambrada que rodea el recinto y la presencia de una sólida puerta exterior, evocan la idea de reclusión y confinamiento en una cárcel donde los ancianos han sido conducidos – y algunas veces abandonados – por sus propias familias. “La familia nos usa… y después nos deja aquí, para olvidarse de nosotros”.

Tradicionalmente los ancianos permanecían hasta el final en el núcleo familiar y las mujeres asumían el rol de cuidadoras. Entonces, tener una edad elevada podía ser un signo de respeto o incluso de veneración y los ancianos tenían la función social de recordar y de transmitir saberes y experiencias a las siguientes generaciones. Como ejemplo reciente y paradigmático, Pedro Laín Entralgo dejó escrito en los últimos años de su vida un libro titulado “Hacia la recta final”, en el que recapitula y resume su larga producción intelectual. En esas páginas volcó la necesidad que sentía de recordar y de transmitir su experiencia vital.  Pese a todo, históricamente, los ancianos se respetaban solo en la medida en que eran capaces de cumplir su papel, de tal manera que los viejos seniles resultaron siempre ser una carga y por lo común eran excluidos del grupo o se autoexcluían ellos mismos.

El estilo de vida de las sociedades actuales – en especial de las sociedades urbanas – hace que las necesidades de los ancianos no puedan ser atendidas convenientemente en el medio familiar, pero la protección y la asistencia a los más débiles y necesitados por parte del conjunto social es una de las reglas de convivencia que nos hemos dado. La idea de reciprocidad es básica, por eso la responsabilidad de cuidar de los mayores no es solo familiar, sino que es – de manera muy importante – una responsabilidad social. El Estado tiene obligación subsidiaria de atender a los ancianos, pero el progresivo incremento de la esperanza de vida al nacimiento en nuestra sociedad y los notables cambios que se están produciendo en la pirámide poblacional hacen que el número de personas mayores y dependientes se incremente y resulte difícil cubrir las necesidades de todos ellos por una población productiva que a su vez se encuentra en recesión. El cuidado de los ancianos, como el de los enfermos crónicos, se ha convertido en un grave problema familiar  y social. El importante gasto de recursos sociales – que cada vez están más limitados – añade a la ancianidad un problema de justicia distributiva.
 
La pérdida de identidad
Las personas ancianas tienen cada vez menos motivaciones y van adoptando progresivamente una actitud pasiva ante la vida, a la vez que dejan de valerse por sí mismas y aumenta su grado de dependencia. Ese estado empeora notablemente cuando sobreviene una afectación de la capacidad cognitiva y la propia identidad se va esfumando. Entonces se empieza a dejar de existir, porque la memoria del pasado se pierde y ya no hay  ilusión por el futuro. El único proyecto vital consiste en esperar a la muerte, contemplando cómo el olvido se apropia de uno mismo hasta llegar a la disolución total. Esos ancianos se aferran a los últimos recuerdos que les van quedando – que son por otra parte recuerdos antiguos –  y a veces los transforman en auténticas alucinaciones, como se refleja con un acertado sentido del humor en la obra. En el cómic esa pérdida de identidad que acontece al final, se muestra cuando el dibujo del rostro de Miguel – el personaje principal – se transforma en un óvalo vacío, en el que están ausentes todas las facciones.  En la película, por su lado, las imágenes de los recuerdos se diluyen en la niebla.

Los ancianos que son viejos, seniles y dementes, tienen poca cabida en una sociedad que idolatra la juventud y la racionalidad. Una vez más surge el debate sobre si quienes olvidan –  hasta el extremo de llegar a olvidar que olvidan – son o no son personas que conservan un valor moral capaz de justificar el gran esfuerzo y el elevado coste económico y emocional que exige su cuidado. La identidad de cada persona está vinculada a sus convicciones y a sus valores y, sin duda, los viejos dementes no son las mismas personas que eran antes; son personas diferentes con las que ya no se puede compartir un pasado común. Y si no conservan ningún sentido de identidad, ¿dónde está el límite de las obligaciones de cuidado? Como respuesta a esta pregunta, hay que sostener que el valormoral de persona se mantiene también en esas situaciones. Por eso, también los ancianos que son viejos, seniles y dementes merecen cuidados y atenciones: porque tienen valor moral – dignidad – sea cual sea su estado. Ahora bien, al mismo tiempo eso no significa que haya que aplicar todos los medios para prolongar al máximo su vida. En tales casos se deben aportar solamente los medios necesarios para aliviar el sufrimiento, porque el deber del Estado consiste en ayudar a disfrutar de la vida, pero sin contribuir a prolongarla sin más.

El tema de la ancianidad y la demencia – de la pérdida de identidad personal – ha sido tratado en el cine con mayor o menor acierto. En la película “¿Ytú quién eres?” (Mercero,  2007) el propio director abordó el problema de la enfermedad de Alzheimer cuando a él mismo le estaba comenzando a afectar. “Bicicleta, cuchara, manzana” (Bosch, 2010) es una película documental sobre otro conocido enfermo de Alzheimer: Pascual Maragall. “El hijo de la novia” (Campanella, 2001) es otro buen ejemplo cinematográfico de un largo adiós. Al tratarse de un film de animación, la tragedia que cuenta “Arrugas” posiblemente se puede digerir mejor que si se hubiese realizado en imagen real.
 
Actitudes ante la recta final
En el cómic – de forma acertada – el médico era partidario de decirle la verdad a Emilio y de informarle adecuadamente del diagnóstico de la enfermedad y de su pronóstico: “La demencia es la pérdida de las funciones mentales, memoria, lenguaje, capacidad de razonar… Se altera la conducta y la vida social”. “El Alzheimer es una enfermedad degenerativa, progresiva e irreversible. Es muy duro para quien la padece y su familia”. Por el contrario, los guionistas de la película optaron por presentar un médico que engaña a Emilio, ocultándole el diagnóstico y respondiendo con evasivas a sus preguntas. Al hilo de esa relación clínica tan desafortunada, en la película se echan en falta asuntos tan importantes como la planificación anticipada de cuidados y se pierde también una gran oportunidad para hablar de las instrucciones previas en relación a la atención sanitaria cuando se haya perdido la capacidad de decidir. Haciéndose caso omiso a la promoción de la autonomía del paciente, los personajes tienen pocos recursos para enfrentarse a su triste realidad.

La pérdida de la memoria y otros síntomas de la demencia, como la repetición incesante de frases, las alucinaciones, la desconfianza hacia los demás o el cambio de carácter, van haciendo su aparición en Emilio. Su compañero de “celda”, Miguel, es un personaje que, con una particular ironía, se aprovecha de la debilidad de los demás residentes para obtener dinero y divertirse a su costa. El de Miguel es un recurso amargo para sobrellevar la situación, maldiciendo constantemente la vejez y creyendo que algún día podrá escapar de la residencia con el dinero procedente de sus timos. ¿Cómo abordar – no digamos ya en primera persona – el problema de la falta de lucidez? Emilio está desconcertado y no ha obtenido de su médico la ayuda que demandaba.  Miguel plantea que solo existen dos opciones: pensar de forma ilusa que todo va bien o afrontar la realidad y recurrir cuando las cosas se pongan feas a las numerosas pastillas que va quitando a otros ancianos y que acumula en secreto. Una vez perdida toda esperanza, el suicidio puede ser la única forma de escapar.

Antonia tiene una actitud diferente, aparentemente es más comprensiva y se conforma con lo que toca vivir, aunque en el fondo – como decía Miguel – se engaña. Los graves problemas que plantea la película también se muestran de forma amable; así,  Dolores se ocupa de su esposo Modesto, un personaje tranquilo que no se entera de nada pero que, “aunque no lo parezca, sí se entera de lo que importa”. Modesto se encuentra ya en un estado de Alzheimer muy avanzado y sin embargo se deja dócilmente alimentar  por su esposa, a la que de vez en cuando sonríe con cierta complicidad. Se nos hace creer que mantiene un estado mínimo de autoconciencia y de conciencia del entorno, precisamente “de lo que importa”… Por otra parte, las dos escenas que se desarrollan en el temido piso de arriba con los asistidos son breves y se evitan mostrar imágenes excesivamente crudas, como podrían haber sido la alimentación forzosa a través de sonda o medidas físicas de contención. También aparece el personaje de una joven tetrapléjica – en la película se dice por un inexplicable error “parapléjica” – que está totalmente fuera de lugar en aquel asilo.

Nos podemos preguntar si el tiempo ha vencido a los ancianos o si, por el contrario, son ellos quienes han sobrevivido al tiempo, pero en la película predomina una visión nihilista de la ancianidad y de la vida. Por supuesto, en esa desesperanza reinante no se plantea en ningún momento el problema ontológico y existencial de la vida y de la muerte; ni siquiera se menciona el hecho religioso. Pero al menos sí se consigue que reflexionemos sobre el problema bioético del cómo morir, del miedo al antes de la muerte. A pesar de sus fallos y de sus lagunas, la película muestra finalmente la vejez y en su caso la demencia como realidades inevitables que los ancianos terminan aceptando y optan por ayudarse en lo que pueden, aunque solo sea haciéndose compañía hasta el final del trayecto. La vejez inservible se vuelve útil. Frente a la soledad y el olvido, la solidaridad y el afecto. Por encima de la racionalidad, se imponen la sensibilidad y los sentimientos, como sucede en el arte.





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