Inicio » EIDON nº 42 » En Persona » Entrevista a James F. Drane
Entrevista a James F. Drane
Diego Gracia
Presidente de la Fundación de Ciencias de la Salud

Otros eran seglares comprometidos, como Daniel Callahan o Edmund Pellegrino. La bioética, como explícitamente reconoce Albert Jonsen en su espléndido libro The Birth of Bioethics, debió mucho en sus orígenes a la teología protestante (James Gustafson, Joseph Fletcher, Paul Ramsey) y a la católica (Charles E. Curran, Bernard Häring, Richard A. McCormick). Todo esto sucedía en un momento crítico, no sólo para la medicina (aparición de las técnicas de soporte vital, creación de las unidades de cuidados intensivos, aparición de los cuidados paliativos, descubrimientos de la biología molecular y comienzo de las técnicas de reproducción asistida y manipulación genética) sino también para la teología (Concilio Vaticano II, 1962 a 1965; Comisión Pontificia sobre Población, Familia y Natalidad, 1963; encíclica Humanae Vitae, 1968). James F. Drane no sólo ha sido un testigo directo de todos estos acontecimientos, sino además protagonista de muchos de ellos.


Diego Gracia. Como su apellido indica, usted es hijo de una familia católica irlandesa emigrada a los Estados Unidos. Ha sido usual en América que los sacerdotes procedieran de familias irlandesas. Usted ingresó de joven en el seminario conciliar del Estado de Arkansas en Little Rock, donde recibió su formación hasta el año 1951 en que su obispo le mandó a la Universidad Gregoriana de Roma a estudiar teología. ¿Qué impresiones recuerda de sus años de seminario?

James F. Drane.
Mi educación primaria la recibí en una escuela parroquial, dirigida por monjas católicas. Mis siguientes cuatro años los pasé en un centro católico de educación secundaria, en el que los docentes eran sacerdotes. Tuve como amigos a algunos de los mejores estudiantes, que por ello mismo recibieron distinciones académicas. A mí me llamaban “El mejor bailarín” y el favorito de las chicas del Instituto.
 
Un día, al dirigirme a casa a altas horas de la noche, tras asistir a un baile, recibí una fuerte impresión al ver las estrellas en el cielo. Conmovido por ello, decidí ofrecer mi vida al Creador. Tras el Instituto, entré en el Seminario.
 
Yo viví con mi familia y recibí mi primera educación en Filadelfia, Pennsylvania. El seminario que elegí para ingresar en él fue el de Little Rock, en Arkansas. Tenía un tío que era sacerdote de la diócesis de Arkansas y que se hizo cargo de la financiación. Yo era el mayor de diez hermanos. Mis padres carecían de recursos para pagarme la educación superior. Toda la educación que yo recibí tras el Instituto me la dio la Iglesia Católica.
 
Los siguientes cuatro años de formación tras el Instituto se desarrollaron en el St. John’s Seminary de Little Rock. Los meses de verano los pasaba con mi tío en su parroquia, salvo algún tiempo en que vivía en casa de mi familia. Mientras me encontraba en mi casa, en el verano de 1951, recibí una llamada del Obispo de Little Rock. Me dijo que en vez de volver a Little Rock, iba a ir a Roma a continuar mi educación como seminarista estudiando Teología.
 
Esta noticia me impresionó tanto que sufrí un colapso y mis padres tuvieron que llamar a un medico. Cuando me recuperé, organice mi viaje a Roma. Allí viví en el Colegio Norteamericano y asistí a las clases en la Universidad Gregoriana. Mis profesores en Roma fueron jesuitas y el lenguaje de la Universidad era el latín.



DG. El ser destinado por la diócesis a estudiar en la Meca del catolicismo, Roma, y más en concreto en la Universidad Gregoriana, era el preludio de lo que se consideraba una carrera eclesiástica brillante. De hecho, de entre ellos salían la mayor parte de los futuros obispos, en unos casos, y de los teólogos y doctores, en otros. ¿Cómo vivió usted aquellos años de estudio en la Universidad Gregoriana?

J.F.D.
Por más que nunca me consideré a mí mismo un intelectual, para mi sorpresa, descubrí en Roma que tenía un cierto talento para los idiomas. Durante mi primer año en Italia, aprendí rápidamente a hablar latín e italiano. Los años en Roma fueron difíciles, no precisamente por los retos académicos sino por el empobrecimiento de las condiciones de vida en el colegio. Nuestro alimento principal eran spaghetti y muchos de los estudiantes se volvieron débiles y enfermos. No teníamos gimnasio ni lugares donde pudiéramos jugar y aliviar nuestro estrés. Como ejercicio, caminábamos por Roma, visitando los centros religiosos y los lugares históricos. Esto nos permitió conocer la ciudad de Roma, pero no pudo proporcionarnos el relax que otorga el deporte.
 
Durante el corto periodo de tiempo entre las clases en la Universidad Gregoriana, salíamos al exterior del edificio para dar un corto paseo junto a otros estudiantes de distintas partes del mundo. Hacer amigos de otras culturas fue una de nuestras más enriquecedoras experiencias en Roma.


D.G. Los estudiantes de su nacionalidad vivían en el Colegio Norteamericano, por el que pasaban casi todas las autoridades civiles y eclesiásticas americanas que visitaban Roma. Eso, además, le permitió conocer el mundo de la curia y del Vaticano, tan distinto de cerca de lo que uno se imagina en la distancia. Sólo en la cercanía se conoce de veras lo que es, no la teología o el apostolado sino la “política eclesiástica”.  ¿Qué impresiones y recuerdos guara de aquellos años?

J.F.D.  La vida en el Colegio Americano cambió durante los años que yo estuve allí. Se edificó un nuevo Colegio Norteamericano, y los estudiantes nos trasladamos desde la Via dell’ Umiltà, cercana a la Universidad, a la nueva residencia en el Gianicolo, teniendo como horizonte la basílica de San Pedro. Como teníamos que caminar todos los días a fin de hacer ejercicio, íbamos con frecuencia a San Pedro y asistíamos a muchos de los más importantes actos eclesiásticos con el Papa y los cardenales. Una vez me puse un sobrepelliz y actuando como si fuera su asistente seguí a un cardinal al área alrededor del trono del Papa. El Viejo cardinal que nunca supo que yo andaba tras él, rápidamente ocupó su asiento. Quedé solo y desplazado. Inmediatamente un guarda suizo me expulsó. Mucha gente ha visitado la basílica de San Pedro, pero no muchos han sido expulsados de la basílica por un guardia suizo.
 
Viviendo tan cerca del Vaticano, veíamos con frecuencia a importantes figuras eclesiásticas deambulando por allí.  Recuerdo haber visto con frecuencia al cardinal que después fue Pablo VI. Nunca parecía relajado. Siempre estaba absorto en algún tipo de plegaria o meditación. Nunca respondía a un saludo. Durante este tiempo esta actitud era tenida por santidad, en vez de considerarle distante.
 
El rector del Colegio Americano era un Obispo. Tenía poco contacto con los estudiantes y demostraba poco interés por ellos. Su interés se centraba en los figuras importantes de los Estados Unidos y en las autoridades vaticanas. Una vez se me asignó la tarea de dar la bienvenida a los visitantes de mayor relevancia, acercándoles un libro de firmas y conduciéndoles al despacho del rector. Se me asignó este trabajo junto a uno de mis mejores amigos, y cuando finalizamos la tarea, él sugirió que firmáramos también nosotros en el libro, junto a tantos nombres importantes. Algunos días después, el rector nos llamó a su despacho. Estaba furioso y amenazó con mandarnos a casa por lo que habíamos hecho. “Ustedes han arruinado mi libro”, dijo. Habíamos traspasado los límites de una cultura reservada a la élite, a los jerarcas eclesiásticos políticamente poderosos y a las celebridades seculares. ¿Qué opinar? Nunca más se nos eligió a mi amigo o a mí para dar la bienvenida en los eventos del Obispo.



D.G. Vuelto a Arkansas, fue ordenado sacerdote en 1956 y empezó a enseñar en el Seminario conciliar de Little Rock. Fue por poco tiempo. Pronto, su obispo le envió a Madrid, con el objetivo de que alcanzara el grado de doctor en la Universidad Complutense, bajo la dirección del que entonces era su catedrático de Ética, José Luis López Aranguren, persona de reconocido prestigio en el mundo católico por su activo cristianismo y su dedicación a la ética. Eran los años del presidente Kennedy en los Estados Unidos, y del movimiento pro derechos civiles. ¿Cómo recuerda usted esa época?

J.F.D.  De vuelta a Little Rock, Arkansas, y ordenado sacerdote, se me destinó al seminario de St. John. Muchos de los estudiantes noveles eran mayores y habían hecho el servicio militar. Un requisito necesario para poder seguir los cursos de filosofía y teología era que los estudiantes fueran capaces de leer y entender el latín. Exigirles que estudiaran latín durante años retrasaba en exceso su camino hacia la ordenación. Esto llevaba a muchos de ellos a abandonar el seminario.
 
Con permiso del rector del seminario, proyecté un programa de latín de un año de duración, utilizando las tecnologías que se utilizaban en la enseñanza de las lenguas modernas, y hablando en clase solo en latín. Tras ese año, todos los estudiantes tenían un más que aceptable dominio del latín. De este modo, los estudiantes mayores podían pasar rápidamente al estudio de la filosofía y la teología, y tras ello acceder a la ordenación.
 
Durante estos años de profesor del seminario, se me pidió también que enseñara español, para lo que decidí matricularme en un programa Máster en español en el Middlebury College. Algunos de los cursos principales del Máster se dirigían desde la Universidad de Madrid.
 
Mientras enseñábamos en el seminario, algunos de nosotros, jóvenes profesores, promovimos una campaña política para la integración racial. Marchamos junto con los ciudadanos negros en protesta contra la segregación racial. Martin Luther King nos visitó y apoyó nuestros esfuerzos. También visitamos diferentes parroquias católicas a fin de convencer a los sacerdotes y a los feligreses de acabar con la separación de “negros” y “blancos” e integrar las comunidades eclesiales. La respuesta de ciertos párrocos fue no solo negativa sino violenta. Nos amenazaron con utilizar la violencia si continuábamos con esta campaña.
 
Había una sinagoga judía en Little Rock y el rabino estaba a punto de jubilarse. Yo había asistido a varios oficios en la sinagoga y había establecido amistad con él y con miembros de la comunidad. Con algunos otros jóvenes miembros del cuerpo de profesores, planeé un acto en el seminario para el rabino y la comunidad judía entera. Organizamos una tradicional ceremonia de Pascua, en lengua hebrea y con las vestiduras tradicionales judías. Fue un gran éxito. Seguidamente invitamos al nuevo rabino, que tomado el puesto de su predecesor, a enseñar un curso de hebreo y de escritura judía en el seminario.



D.G. En 1963 usted presentó su tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid. La tesis llevaba por título Las bases de la tolerancia, y en ella eran evidentes las huellas de sus mentores intelectuales en aquel momento, el propio Aranguren, y sobre todo James Gustafson y John Courtney Murray. El título de la tesis es buena prueba de cuáles eran sus preocupaciones en ese momento. ¿Cómo influyeron en usted esos tres maestros?

J.F.D. 
Mientras estudiaba español en la Universidad Complutense de Madrid, conocí y establecí amistad con José Luis Aranguren y con su familia. Vivíamos muy cerca y nos reuníamos muy frecuentemente. Llegué a ser, de hecho, un miembro de su familia. Entonces había comenzado ya el Concilio Vaticano II y entablé contacto con John Courtney Murray, el más respetado teólogo norteamericano, y me convertí en un miembro de su equipo. En vez de volver a mi puesto docente en el seminario de St. John, pedí al Obispo de Little Rock que me dejara estar en la Complutense, en Madrid, a fin de realizar el doctorado en filosofía con José Luis Aranguren. El Obispo de Little Rock pasó por Madrid de vuelta de las primeras sesiones del Concilio a fin de hablar con Aranguren, y decidió darme el permiso.
 
John Courtney Murray me asignó la tarea de interactuar con los obispos españoles, a fin de modificar su opinión sobre el documento conciliar sobre libertad religiosa. Su actividad en el Concilio Vaticano influyó en el tema de tesis que desarrollé con Aranguren. Aranguren coincidía con la perspectiva de Murray sobre esta cuestión. Mi tesis fue sobre la importancia de la tolerancia religiosa, es decir, sobre el respeto a las diferentes creencias religiosas en países católicos como España. El título de la tesis fue: Las bases de la tolerancia. Con la ayuda de un joven sacerdote que trabajaba para la jerarquía, fui invitado a dirigir una reunión en Madrid para todos los obispos españoles. En mi exposición hablé de la libertad religiosa y el respeto a la diversidad de creencias en la católica España. Los obispos españoles eran los mayores oponentes y críticos del documento preparado por John Courtney Murray para el concilio. Mis argumentos sobre el respeto de la libertad de conciencia y mi petición de apoyo del documento vaticano sobre libertad religiosa que se hallaba en proceso de aprobación, fue recompensado con un silencio sepulcral.
 
Tras la exposición, todos nos dirigimos hacia el comedor. En el camino, un Obispo me tomó aparte y susurró en mi oído que él coincidía con las opiniones que había expuesto. Algunos meses después, apareció un artículo en los periódicos anunciando que ese Obispo había sido nombrado arzobispo. En su discurso de aceptación, dejó claro su acuerdo con los demás obispos en su oposición a la libertad religiosa y de conciencia. Obviamente, la aceptación de ese punto de vista fue una condición para su elevación al rango de arzobispo.


D.G. Acabada su tesis, volvió a su puesto en el Seminario de Arkansas. Son los años del Vaticano II, así como de la publicación, en 1968, de la encíclica Humanae Vitae. ¿Cómo influyeron estos acontecimientos en su vida?

J.F.D. Terminé mis cursos de doctorado y defendí mi tesis en la Universidad Complutense con éxito. Recibí el doctorado en filosofía. De nuevo en Arkansas, comencé a dar cursos en filosofía y a trabajar en el espacio público con un pequeño grupo de jóvenes sacerdotes que también habían completado sus doctorados. Al margen de nuestro trabajo ecuménico con las comunidades protestantes y judías de Little Rock, algunos de nosotros trabajamos en las comunidades para promover la integración racial en las escuelas y en la esfera pública. Trabajábamos en contacto con Martin Luther King y otros líderes de la justicia interracial. El Obispo de Arkansas era nativo de allí y se opuso a lo que estábamos haciendo. La Iglesia universal, sin embargo, no aprobó su postura y no fuimos ni penalizados ni retirados de ese trabajo por nuestra identificación con la población negra y con su cruzada en favor de la justicia interracial.
 
En los aspectos más privados de mi vida sacerdotal, me convertí a lo largo de los años en apoyo para los matrimonios católicos preocupados por el problema del control de la natalidad. Yo había estudiado los argumentos en favor de la enseñanza oficial de la Iglesia durante mis años en la Universidad Gregoriana de Roma. Fue en mi condición de sacerdote y confesor de matrimonios, preocupados por esta cuestión, como aprendí sus límites y los aspectos negativos de este razonamiento tradicional. Tras sentir el dolor de la ruptura de un matrimonio tras otro, decidí publicar un artículo que había escrito pidiendo la reconsideración de la postura tradicional de la Iglesia sobre el tema del control de la natalidad. Me di cuenta de que esta publicación podía dar lugar a algún tipo de sanción. La respuesta de mi Obispo fue la que nunca sospeché: una inmediata suspensión del ejercicio sacerdotal y mi expulsión del grupo de profesores del seminario.
              
El tema del control de la natalidad, y la respuesta violenta del Obispo de Arkansas a mi petición de cambio, recibió amplia publicidad. Los medios de comunicación difundieron la noticia ampliamente (p.e., Life Magazine, septiembre de 1967). Mi artículo pidiendo el cambio fue distribuido ampliamente dentro de la Iglesia, así como en seminarios e instituciones católicas de enseñanza superior. Los apoyos a las razones que yo aduje para el cambio vinieron de todos los lados. Algunas de esas razones ya las habían formulado los miembros de la Comisión nombrada por el papa Juan XXIII para estudiar este tema, pero el informe de esa Comisión fue marginado tras la muerte de Juan XXIII. Su sucesor, Pablo VI, bajo la influencia de tres clérigos muy conservadores, publicó la encíclica Humanae Vitae, que argumentó en favor de la perspectiva opuesta. Uno de los tres clérigos que influyó en Pablo VI fue un Obispo polaco que después fue el papa Juan Pablo II. Todo esto sucedió en 1967 y 1968.
 


D.G. Coincidiendo con los debates de la Comisión pontificia sobre población, familia y natalidad, publicó usted un artículo sobre el control de natalidad que fue el inicio de sus problemas con la jerarquía eclesiástica. Esto se puso ya claramente de manifiesto el año 1969, cuando apareció su libro Authority and institution: A study in Church crisis. Esto le obligó no sólo a dejar su puesto en el seminario de Arkansas sino a tener que abandonar el ejercicio sacerdotal. Supongo que ello le provocaría una grave crisis personal, y que al liberarse de la dependencia eclesiástica se encontró mucho más libre para trabajar en un campo en ese momento tan debatido como el de la bioética.

J.F.D.
Mi respuesta a la suspensión del sacerdocio y a la pérdida de mi posición como profesor del seminario de San Juan, fue iniciar una demanda legal en los tribunales eclesiásticos contra las decisiones de mi Obispo, argumentando que habían sido extremas e injustas. Mi caso llegó directamente a Roma, donde perdí. Algunos jueces del Tribunal Supremo se acercaron a mí tras la sesión, expresándome su opinión de que el caso había sido juzgado de modo incorrecto. De tal modo que me ofrecieron su ayuda. Yo no tenía ni idea de cómo podían hacerlo, pero me sugirieron que aceptara de inmediato la reducción al estado laical. Tras pensarlo brevemente, acepté su oferta. Esta decisión cambió mi vida. Comencé una nueva vida.
 
De vuelta a los Estados Unidos, recibí una invitación de la Universidad de Yale, a través de mi amigo y prominente profesor de ética protestante en la Universidad de Yale, Dr. James Gustafson. Entre mis diversas tareas y proyectos en Yale, escribí un nuevo libro, Authoroty and Institution: A Study in Church Crisis. Trataba de la polarización que se había producido en la Iglesia en torno al tema del control de la natalidad y en otras cuestiones posconciliares.



D.G. A través de la revista Commonweal, que en esos años dirigía Daniel Callahan, entró usted en contacto con el que pronto se convertiría en uno de los pilares de la bioética norteamericana. Callahan estaba pasando durante esos años por un itinerario relativamente similar al suyo. Y para estudiar a fondo el problema del aborto, pidió una beca a la Fundación Ford, que le permitió dar la vuelta al mundo el año 1968, a fin de tomar distancia respecto de la perspectiva occidental y cristiana y ver el problema en toda su amplitud. Resultado de ese viaje fue el grueso libro que publicó Callahan el año 1970, con el título: Abortion: Law, Choice and Morality. Usted se unió a Callahan en su viaje, con el objeto de estudiar el tema del control de natalidad. ¿Qué nos puede contar de ese viaje?

J.F.D.
Durante mi periodo en Yale, entré en estrecha relación con Daniel Callahan, que vivía no lejos de allí. Dan era el editor de la revista Commonweal, una prestigiosa publicación nacional sobre religión y política. Él había escrito sobre el tema del aborto y recibió una ayuda económica para estudiar el aborto en diferentes culturas. Me invitó a acompañarle para estudiar el tema del control de la natalidad en las distintas culturas. Tras nuestro retorno, Dan publicó su libro Abortion: Law, Choice and Morality (1970).  Mi editor consideró que “el control de la natalidad no era ya un asunto de interés”, de modo que mi libro sobre el control de la natalidad en otras culturas reposa en alguno de los archivos de mi despacho.
 
Dan y yo analizamos distintas culturas, y en todas había algún grado de controversia y proceso de cambio sobre cada una de estas cuestiones.



D.G. Vueltos del viaje, Daniel Callahan fundó en 1969 el Institute of Society, Ethics and the Life Sciences, y usted entró a formar parte del cuerpo de profesores de la Universidad de Edinboro en Pennsylvania, donde ha permanecido desde 1969 hasta su jubilación en 1992. Desde ese puesto ha desarrollado una amplia labor publicista y además ha liderado el desarrollo de la bioética en el condado de Erie. Háblenos de esa época de su vida.

J.F.D. 
Cuando retornamos Dan y yo de nuestro viaje a través del mundo, para ambos comenzó una nueva etapa en nuestra vida. Dan recibió otra ayuda económica y comenzó el Institute of Society, Ethics and Life Sciences, donde promovió la investigación sobre temas de ética en medicina. Un pequeño número de fecundos investigadores se unió a Dan en el recién establecido Hastings Center, y los productos de sus investigaciones llegaron a los miembros de la Cámara de Representantes y del Senado, que estaban preparando leyes sobre estas áreas relativas a la ética y la medicina. Tras pensármelo mucho y discutirlo con Dan y con mis amigos, yo decidí aceptar la oferta de ser profesor en la Universidad de Pennsylvania en Edinboro, en la que el presidente proyectaba establecer una nueva Facultad de medicina. Tras discutirlo con los administrativos de la Universidad y el Director del Departamento de Filosofía, planifiqué dar cursos en la nueva disciplina de la bioética, así como organizar cursos de formación para los miembros de los comités de ética de los hospitales comarcales, a fin de analizar los problemas éticos. Tras la Segunda Guerra Mundial, la inversión del gobierno en investigación médica creó un amplio conjunto de nuevas intervenciones, procedimientos y terapéuticas que a su vez provocaron un torrente de nuevas cuestiones éticas.
 
Un pequeño grupo de personas interesadas se reunían periódicamente en el Hastings Center a fin de reflexionar sobre los nuevos problemas éticos. Un tema de reflexión y debate fue la definición apropiada de la nueva disciplina llamada Bioética, y la formación académica adecuada del bioeticista. El debate sobre esos temas continuó sin que se llegara nunca a un consenso. Todos los miembros primitivos de este grupo eran varones; algunos con formación en medicina y otros con grados en filosofía y en ética.  Había también algunos juristas.
 
La formación académica de cada miembro del grupo colocaba a cada uno en una perspectiva diferente sobre la formación académica exigible a un bioeticista. El asunto nunca llegó a resolverse. Hoy existen muchos programas académicos de formación en bioética, y cada programa da una respuesta diferente a la cuestión de cuál debe ser la formación académica adecuada de un bioeticista práctico.
 
El Hastings Center fue el primer Instituto de bioética. Fue en sus orígenes, y ha continuado hasta el día de hoy como un centro de investigación, fundado por Daniel Callahan. Se fundó oficialmente en 1969. Al año siguiente, algunos miembros del grupo originario de bioeticistas se trasladaron a Washington D.C. El Dr. Andre Hellegers, que había sido miembro de la Comisión sobre el control de natalidad del papa Juan, decidió establecer el primer programa académico de formación en el Kennedy Institute en Georgetown University. En el Kennedy Institute se pudo dar formación y entrenamiento a nuevos bioeticistas. Edmundo Pellegrino, Tom Beauchamp, James Childress, LeRoy Walters, fueron los profesores de este primer programa. El Dr. Albert Jonsen, otro pionero, enseñó bioética en la Facultad de medicina de California y publicó su primer libro importante en bioética clínica. Robert Veatch, que comenzó trabajando con Dan Callahan en Hastings, después se unió al cuerpo docente de Georgetown. Warren Reich se unió al grupo y canonizó el término bioética, a través de la publicación de su Encyclopedia of Bioethics. Aunque los miembros del primer grupo de bioeticistas fueron solo varones, las mujeres se unieron pronto y le dieron un toque femenino. Entre las primeras mujeres bioeticistas estuvieron Ruth Macklin, Lisa Cahill y Karen Lebacqz.
 
La nueva disciplina de la bioética, según pienso, no quedó restringida a los proyectos académicos de las diferentes Universidades norteamericanas. Me propio proyecto consistió en llevar los problemas éticos y las reflexiones bioéticas al área rural y a los hospitales comarcales. Estuve, por supuesto, en relación con los otros miembros del grupo original de bioeticistas, pero acepté el trabajo en la Universidad de Edinboro, situada en el noroeste de Penssylvania. El presidente de esa Universidad planeaba establecer una Facultad de medicina en la que yo enseñaría bioética, a la vez que llevaría la nueva disciplina a los hospitales comarcales a través de la formación de comités de ética hospitalaria. Tras mi jubilación como profesor en 1992, la Universidad estableció el James F. Drane Bioethics Institute, que me ha permitido seguir trabajando en esta disciplina.



D.G. En esos años encontró usted un importante apoyo en la figura del doctor Russell B. Roth, antiguo presidente de la American Medical Association. Él creyó en la labor que usted estaba haciendo y le ayudó económicamente a llevar a cabo sus actividades en la Universidad de Edinboro. Háblenos de su relación con él.

J.F.D.  Fue providencial para mí encontrar en este área rural del noroeste de Pennsylvania al que se convirtió pronto en un buen amigo, el Dr. Russell B. Roth, una gran figura y un ex presidente de la American Medical Association. Tenía experiencia práctica de los problemas éticos generados por la ciencia médica contemporánea. Nos reuníamos con frecuencia para discutir problemas bioéticos y cada vez que me visitaba uno de los miembros del grupo originario de bioeticistas, íbamos a reunirnos con el Dr. Roth. Compartí con él mi actividad académica en bioética. Colaboramos en varios artículos sobre cuestiones bioéticas. Siempre me ayudaba haciendo presente la perspectiva práctica. Además, acabó contribuyendo financieramente a la continuación de mi obra, especialmente tras mi jubilación. Entonces yo pude seguir enseñando y formando como Russell B. Roth Professor at Edinboro University.
 
Tras mi jubilación, continué trabajando académicamente en bioética con estudiantes provenientes de Europa y de Latinoamérica. La contribución financiera del Dr. Roth a la Universidad me permitió ayudar a la investigación en bioética a profesionales procedentes de Europa y de Latinoamérica. El Dr. Roth y yo continuamos trabajando juntos y permanecimos siendo amigos íntimos. Estuve con él hasta el final de sus días.


D.G. Veinticinco años después de su primera visita a Madrid, vuelve usted, esta vez para trabajar con Laín Entralgo sobre la ética de la relación médico enfermo. Eso sucedía el año 1987, y un año después, como fruto de ello, publicó uno de sus libros más importantes, Becoming a Good Doctor: The Place of Virtue and Character in Medical Ethics, aparecido el año 1988. ¿Qué encontró usted en Laín Entralgo que creyó podría ser de utilidad para la bioética norteamericana?

J.F.D. Durante mis años de formación con el filósofo español entonces más respetado, José Luis Aranguren, desarrollé una estrecha relación personal, no solo con José Luis Aranguren y su familia sino también con sus amigos catedráticos. Entre ellos estaba Pedro Laín Entralgo.
 
Cada semana, un grupo de los más distinguidos intelectuales, amigos entre sí, se reunían para discutir temas de actualidad. Yo acompañaba al profesor Arenguren, y fue allí donde conocí a Pedro Laín Entralgo. Recuerdo el enfoque humanista de las intervenciones de Laín en aquellas reuniones. Antes de que la bioética se convirtiera en una disciplina, yo aprendí de Laín la comprensión de la medicina como una forma de relación profesional, así como el papel del carácter y la virtud en la práctica ética del médico. Utilicé muchas de estas ideas en un libro que escribí algún tiempo después: Becoming A Good Doctor: The Place of Virtue and Character in medical Ethics.
 
Eso me hizo percibir que la práctica médica y la medicina americanas sufrían de una cierta debilidad y defecto, debido a la poderosísima cultura capitalista. Para esa cultura, la práctica médica se ha ido convirtiendo cada vez más en un asunto de interés financiero. El precio de algunos medicamentos ha alcanzado precios tan altos que solo pueden proporcionárselos los pacientes más adinerados. De ahí que cada vez se de con mayor frecuencia que los profesionales tengan que tratar a sus pacientes según su nivel de riqueza. Algunos pueden pagar por las medicaciones y procedimientos, en tanto que para otros eso no es ni imaginable. Hay medicamentos cuya dosis cuesta más de 1000 dólares, y cuyo coste anual es de cientos de miles de dólares.
 
La situación actual es aún más sorprendente debido a que los programas gubernamentales que se establecieron para crear medicamentos para enfermedades raras, no han dado los frutos que se esperaban. A fin de promover el desarrollo de medicamentos para enfermedades sin tratamiento o “huérfanas”, se dio un estatuto especial a los llamados medicamentos “huérfanos”. A estos medicamentos se les dotó de una protección especial a través de patentes. La consecuencia fue que de forma inmediata los nuevos medicamentos huérfanos alcanzaron precios que no estaban al alcance ni de los pacientes más ricos. Los programas de seguro médico tampoco pudieron proporcionar estos tratamientos.
 
Mucho antes de eso, la práctica médica norteamericana había venido estando más y más interesada por los asuntos financieros. A los médicos se ven obligados a limitar los minutos dedicados a cada paciente por razones económicas, y a restringir su comunicación con ellos. La entrevista clínica se centra cada vez más en la pantalla del ordenador y en los datos digitalizados. Algunos médicos incluso dirigen la vista raramente al paciente. La práctica médica se está reduciendo al análisis de los datos objetivos de las pruebas analíticas y a la respuesta a sus datos. ¿Por qué esto? ¿A fin de ahorrar dinero? Todo esto amenaza muy seriamente las dimensiones subjetiva, personal y relacional de la relación médico-paciente. Lo que Pedro Laín consideró esencial a la ética de la asistencia médica, traté de sintetizarlo y llevarlo a la consideración de los médicos y estudiantes norteamericanos.



D.G. A partir de entonces, y a través sobre todo de la Organización Panamericana de Salud, comenzó usted sus visitas a América Latina, hasta el punto de convertirse en un referente fundamental de la bioética latinoamericana. El pistoletazo de salida lo dio el número especial sobre Bioética del Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana aparecido en español y en inglés en 1990, así como la posterior creación del Programa Regional para América Latina y el Caribe. De entonces acá, el desarrollo de la bioética latinoamericana ha sido enorme, en parte debido a su intensa actividad en los países latinoamericanos a partir de 1990. ¿Puede resumirnos su actividad de esos años?

J.F.D. A finales de los años 80, la Oficina Panamericana de Salud, sección americana de la Organización Mundial de la Salud, se vio involucrada en un escándalo público. Las empresas farmacéuticas de los Estados Unidos fueron obligadas por ley a llevar a cabo grandes ensayos clínicos antes de que se aprobara la comercialización de nuevos medicamentos y productos sanitarios. Se controló la investigación médica de un modo muy estricto en los Estados Unidos, a través de legislaciones muy restrictivas que tenían como principal objetivo la protección de los sujetos en que se hacían los estudios. La industria farmacológica capitalista más agresiva, vio estos controles y regulaciones como un impedimento a la creación de nuevos productos y al incremento de su beneficio económico. Una “solución” a estas restricciones financieras fue trasladar la investigación con seres humanos fuera de los Estados Unidos. El lugar preferido fueron los países de Latinoamérica, dada su proximidad y sus leyes poco restrictivas. La industria farmacéutica, los científicos y las administraciones buscaron en la Oficina Panamericana de Salud la aprobación de sus proyectos de investigación en sujetos humanos. Como puede comprenderse, esta investigación sin control en sujetos humanos se saldó con la producción de daño a ciertos sujetos, y en algún caso la muerte. Estas tragedias se tradujeron en pleitos contra los miembros de la Oficina Panamericana de Salud que habían firmado como responsables.
 
A fin de proteger a la Organización de las demandas, la Oficina Panamericana de Salud decidió promover la organización de comités de ética en América Latina, a fin de que controlaran la investigación clínica en los diferentes países. Los miembros de estos comités deberían estar formados en la nueva disciplina de la bioética y en los estándares internacionales de investigación clínica.
              
El año 1981 aparecieron los primeros casos de SIDA, concretamente en un grupo de homosexuales norteamericanos que habían pasado sus vacaciones en la República Dominicana. Durante toda esa década el problema sanitario del SIDA no hizo más que aumentar. El entonces presidente de la Oficina Panamericana de Salud, el brasileño Carlyle Guerra de Macedo, consideró que la OPS tenía que ampliar sus objetivos tradicionales, aquellos por los que fue fundada a principios del siglo XX, para enfrentar problemas como este. La OPS había nacido con el objeto de asesorar a los gobiernos de los países americanos en el establecimiento de políticas de salud pública. Esto, que fue muy importante en aquellos momentos, ya no lo era a la altura de 1980, habida cuenta de que todos los países tenían especialistas en medicina preventiva y salud pública que actuaban como asesores gubernamentales. Sin embargo, estaban apareciendo nuevos retos, que la OPS tenía que ser capaz de afrontar. Uno de ellos era el reto de la bioética. La consecuencia fue que el Dr. Guerra de Macedo encargó a su Oficina de Asuntos Jurídicos que se ocupara de esto y ampliara su abanico de acción, incluyendo entre sus objetivos también la ética. Esa Oficina estaba dirigida por la norteamericana Susan Scholle Connor, y de ella formaba parte el chileno Hernan L. Fuenzalida-Puelma. El año 1989, Susan se trasladó a Madrid para hablar de su proyecto con Diego Gracia. Como consecuencia de ello, y a la vuelta de éste de un viaje a Chile, organizaron en Washington el número extraordinario del Boletín de la Oficina Panamericana de Salud titulado Bioethics: Issues and Perspectives, que apareció en español e inglés el año 1990 y que fue el pistoletazo de salida de la bioética latinoamericana. Como resultaba necesario continuar trabajando en el tema y Gracia no podía pasar los seis meses que le pedían en Washington, recomendó que contactara conmigo, dado que además de bioeticista desde el origen del movimiento, hablaba español. Trabajé en el departamento legal de la OPS durante seis meses. Con su apoyo, viajé a través de los países de América Latina, contacté con figuras médicas y académicas importantes y promoví la enseñanza de la nueva disciplina en las Facultades de medicina. Durante mi estancia en los diferentes países, entrené a nuevos bioeticistas y a miembros de los comités de ética. Estos profesionales asumieron en bastantes casos el control de la investigación médica con sujetos humanos en sus distintos países.
 
Como consecuencia del interés de la OPS en promover la formación en bioética, se creó en Santiago de Chile, el país del que era oriundo Hernán Fuenzalida, el que se llamó Programa Regional de Bioética para América Latina y el Caribe, resultado de la colaboración entre la OPS, el Gobierno de Chile y la Universidad de Chile. Su primer director, Julio Montt, antiguo ministro de Sanidad del gobierno de Chile, viajó a Madrid y llegó a un acuerdo con Diego Gracia para que éste dirigiera un programa de Magíster en Bioética, que se desarrollara en América Latina y estuviera avalado por la Universidad Complutense como Título Propio. El Magíster se impartió durante cuatro años en Santiago de Chile (1996-1999), dos más en la República Dominicana (2000-2001) y otros dos en Lima (2002-2003). Por entonces Diego Gracia era ya el más importante bioeticista español. Continuando la tradición de Pedro Laín Entralgo, Diego Gracia fue no sólo su sucesor en la cátedra de la Universidad Complutense, sino también su discípulo y su amigo.
 
Tras mi jubilación como profesor de la Universidad de Edinboro, continué colaborando con la OPS en Latinoamérica. Invité al Instituto de Bioética que dirigía a los estudiantes y profesores latinoamericanos y europeos para que pudieran llevar a cabo sus trabajos de investigación y promovieran de ese modo el desarrollo de la bioética en sus respectivas áreas de influencia.



D.G. Y fruto de la importancia cada vez mayor que ha ido teniendo la bioética latinoamericana en su vida, decidió crear en Edinboro el James F. Drane Bioethics Institute, nacido con la vocación de ayudar al desarrollo de la bioética en los países de América latina y el Caribe. ¿Cómo ve el desarrollo de la bioética en América Latina? ¿Tiene algunas características propias?

J.F.D. 
En el Instituto de Bioética de la Universidad de Edinboro yo continué mi trabajo en la disciplina. Con el apoyo financiero del Dr. Russell Roth, pude comprar una amplia colección de libros y revistas de bioética. Todo ello con el objetivo de continuar y ampliar el desarrollo de la disciplina en Latinoamérica. Cada año, diferentes profesionales de América Latina pedían becas al Instituto, a fin de investigar sobre asuntos de bioética relativos a Latinoamérica. En este objetivo, la Universidad de Edinboro coopera con otras Universidades de América Latina a fin de promover la evolución continua de la disciplina tanto en Estados Unidos como en Latinoamérica. De este modo, Latinoamérica ha ido desarrollando sus particulares perspectivas y enfoques en bioética. Esto debe verse como el resultado de la aportación de Diego Gracia y otros muchos bioeticistas latinoamericanos.


D.G.  Aunque ya se va haciendo larga esta entrevista, no puedo terminar sin referirme al Congreso internacional que usted organizó en Edinboro en junio de 2010 sobre Founders of Bioethics. Fue un merecido acto de reconocimiento a esa generación de pioneros a la que usted mismo pertenece. Fue, también, el homenaje que los fundadores le tributaron a usted, en reconocimiento a su vida entregada a esta causa. ¿Quiere comentar ese acontecimiento?

J.F.D.  La vida humana no sólo es una unidad de sentido sino que además es esencialmente proyectiva. Y cuando las personas se acercan a su fin, generalmente buscan poner su vida en orden. Al menos, eso es lo que me llevó a organizar un congreso internacional, a fin de congregar, para las futuras generaciones, a los creadores originales de la bioética.
 
La disciplina de la bioética se ha expandido rápidamente por todo el mundo. A lo largo de los años se han organizado múltiples conferencias y congresos sobre temas de bioética. También han tenido lugar reuniones particulares sobre temas específicos, en los que se han hecho contribuciones importantes. Tras casi cincuenta años de actividad, a algunos de los más prominentes miembros de esta nueva disciplina académica se les ha reconocido como fundadores de la bioética. Puesto que varias de estas personas ya habían fallecido, pensé que debía hacerse un reconocimiento público a este grupo y a los temas con los que cada uno de ellos estaba identificado, intentando analizarlos y ponerlos al día. El instrumento adecuado para llevar a cabo todos estos objetivos era un congreso internacional. El apoyo financiero de mi Instituto y el interés expresado por el rectorado de la Universidad de Edinboro, hicieron posible la organización del Congreso Internacional sobre los Fundadores de la Bioética.
 
La ponencia de cada uno de los fundadores fue grabada y digitalizada, y además se hizo una entrevista oral a cada uno de ellos, a fin de que contaran sus experiencias de vida. El momento exacto del comienzo del movimiento es siempre difícil de establecer, pero estos materiales digitalizados permiten su duda conocer mejor la historia de la bioética.



D.G. Una última pregunta. Usted ha estado siempre muy preocupado por las relaciones entre ética y religión, en especial entre ética y religión cristiana. Las cosas han cambiado mucho desde los años sesenta hasta hoy. Entre otras razones, porque la sociedad occidental se ha secularizado hasta límites que entonces resultaban inconcebibles. ¿Cómo ve el futuro de esa relación?

J.F.D.  La cultura norteamericana, que históricamente ha estado muy influida por diferentes grupos religiosos, es hoy de modo creciente no religiosa. Muy poca gente acude a los servicios religiosos de las iglesias y un número cada vez mayor de ciudadanos ateos se reúnen en reuniones cuasi-religiosas, a fin de profundizar su “fe atea”. Tradicionalmente, las distintas religiones han proporcionado los componentes éticos de la sociedad, pero estas influencias éticas están desapareciendo. Ahora, lo que cabe llamar el “evangelismo” ateo sermonea sobre su increencia religiosa y escribe libros para justificar su junto de vista ateo. Este enfoque tiene un influjo creciente en la población de los Estados Unidos, presentándose además como un modelo ético. Con frecuencia se usa la ciencia para justificar tanto el “sistema de creencias” ateo como la importancia de la ética atea para nuestra sociedad.
 
Esta ciencia que sirve de base al sistema actual del ateísmo y a su ética social no es la ciencia clásica sino lo que cabe llamar el “ciencismo”: una teoría filosófica que identifica ciencia con materialismo. En este “sistema de creencias”, la realidad material que analiza la ciencia es la única realidad. El sentido y los propósitos, la belleza y los motivos, carecen de importancia. La ciencia es esencialmente materialista y atea. Esta es la idea de ciencia que sirve como base al ateísmo actual en los Estados Unidos.
 
La ciencia unida al ateísmo dota a la sociedad actual de un sentido de los seres, y en especial del ser humano, especialmente pobre. El ciencismo reduce toda la realidad a un mecanicismo materialista que entiende a los seres humanos desde las categorías propias de los robots o de cualquier otra cosa sin gran valor. El ciencismo materialista y mecanicista no puede ser la base ni de la dignidad humana ni de la ética. ¿Quién se preocupa por lo que pueda sucederle a un robot?
 
La verdadera ética individual y social tiene como base la teoría de la creación, y por tanto un fundamento teológico. La verdadera ética humana es inseparable de la religión, es decir, de un Dios creador: una doctrina de la creación y una teología sobre Dios. Dios está presente en todos los seres, especialmente en los que piensan y hacen obras con sentido. La creación vincula a Dios con la realidad, especialmente con la realidad humana. La religión, en la doctrina de la creación, vincula a Dios con todo lo que existe. La religión, a través de la doctrina de la creación, revela la vida humana como un don o regalo, tanto en el origen como en su estructura. Vincular la vida humana con la religión, a través de la creación, permite considerar al ser humano como un individuo religioso dotado de sentido y finalidades.
 
La teología como reflexión sobre la realidad creada, atañe al ser humano y a su conducta. La teología tiene algo que decir no sólo sobre la existencia de la realidad humana, sino también sobre su conducta correcta o incorrecta. La ciencia y la teología de la creación se hallan relacionadas entre sí, porque nada sale de la nada. La ciencia que se vincula con la teología de la creación, es capaz de encontrar el sentido de todo lo que existe, tanto cuando es correcto como cuando es incorrecto. La ética, como teoría de lo correcto y lo incorrecto, comienza con el respeto por el carácter creado de la realidad humana. La ciencia se halla relacionada tanto con la religión como con la ética.
 
La religión está relacionada con la ciencia, y la ética con la religión. La creciente cultura secular ignora esta relación. Ni el inmenso cosmos ni el ser humano pueden haber venido de nada. Tanto el ser humano como los miles de millones de galaxias han de tener una causa, y esta causa es la creación. La ciencia y la ética están de ese modo relacionadas con la religión.
 
La ciencia se relaciona con la religión no sólo por su origen y fundamento. El judeo-cristianismo es esencialmente una religión ética. Jesús enseñó un modo de ser moral. Pablo y los Apóstoles continuaron la enseñanza moral de Jesús. El cristianismo provee tanto de una ética del carácter de los individuos como de una ética social. Cristo y los Apóstoles enseñaron un cierto modo de ser persona, así como el modo adecuado de relacionarse cada uno como los demás en comunidad.
 
Cuando la religiosidad declina, la ética seria busca necesariamente fundamento fuera de la religión. “Si Dios no existiera”, sería necesario diseñar y justificar una ley moral y una ética para la sociedad. Algunos filósofos, como Kant, identificaron la ética con la buena intención subjetiva, independiente de Dios o de la creación. Todos los filósofos ateos de la Ilustración buscaron el modo de distinguir lo correcto de lo incorrecto, así como las razones para ser morales. La sociedad no puede sobrevivir sin ética, y las sociedades buscan sus propios argumentos a favor de las conductas preferibles.
 
La ética separada de la religión resulta, en ciertos puntos, reconectada con ella. El modo ateo de vida ha de buscar razones para explicar el fracaso moral de toda vida humana. Llegadas a un cierto punto, las personas ateas han de optar por el fracaso moral o reinterpretar ese fracaso constitutivo de toda vida moral, abriéndolo a la religión. Llegado a cierto punto, el ateo o elige la desesperación, o busca a Dios y su clemencia.
 
La realidad humana es intrínsecamente moral y se halla esencialmente unida a la religión. El cristianismo ofrece inevitablemente al humanismo secular actual una respuesta a la falta de sentido y al fracaso moral. Incluso en el creciente mundo secular, la religión, en cierto sentido, confluye con la ética. La vida humana se abre inevitablemente a la realidad que trasciende la pura existencia material. La propia existencia empírica postula la existencia de una realidad más allá de ella. La vida humana se abre a la religión. Religión y vida, religión y ética se relacionan entre sí. 

Gracias por la sinceridad de sus contestaciones, tan interesantes como polémicas. Estoy seguro de que esta entrevista les resultará muy instructiva a los profesionales sanitarios y a los bioeticistas hispanohablantes, asiduos lectores de la revista EIDON.





La Fundación de Ciencias de la Salud no se identifica necesariamente ni se hace responsable de las opiniones que los autores puedan expresar en sus artículos.

Quedan rigurosamente prohibidos, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las Leyes la reproducción total o parcial de los contenidos de esta publicación por cualquier otro medio o procedimiento.

se propone alcanzar los más altos niveles de objetividad y equilibrio científico en sus contenidos.

es una publicación pensada para contribuir a mejorar el conocimiento y la opinión de la sociedad, en el ámbito de las ciencias de la salud.

Gracias a la colaboración institucional de:

Los contenidos incluidos, publicados o disponibles en la página web, no vinculan en ningún modo a GSK.