Inicio » EIDON nº 43 » A Fondo » La encrucijada europea y la apelación a la historia
La encrucijada europea y la apelación a la historia
The European crossroad and the appeal to the history
Antonio García-Santesmases
Catedrático de Filosofía Política. UNED

Contenidos:

Resumen

En este artículo, que tiene un enfoque genealógico, sostengo la idea de que los intelectuales son una pieza fundamental en la política de ahora y de siempre. Al buscar en el pasado las raíces de los problemas del presente, lo que pretendo es evitar el error, muy frecuente, de que nos encontramos ante un debate fundamentalmente económico. Además de la magnitud del desafío económico, de la voracidad electoral de los líderes políticos y de la soledad de los filósofos morales, un elemento preside la vida política europea, y es la apelación a la historia para hacernos cargo de nuestra memoria y vislumbrar proyectos de futuro. Es ahí donde juegan un papel muy importante los intelectuales, dentro o fuera de los partidos, vinculados a plataformas cívicas o incidiendo a través de las columnas de prensa. Mi tesis es que nada se puede entender de lo que nos ocurre sin tener en cuenta el papel de los intelectuales en la vida política.

Palabras clave: Filosofía moral. Filosofía política. Vida política. Crisis del 2008.



Abstract

This paper, which takes a genealogical approach, holds the opinion that, now and always, intellectuals play a fundamental role in political life. When looking in the past the source of the current problems, I pretend to avoid a common misconception: that our debate has primarily an economic nature. Besides the magnitude of the economic problem, the electoral voracity of the political leaders and the solitude of moral philosophers, one element dominates the European political life: the appeal to the history to take into account our memory and to design projects with future. This is the point where intellectuals play an important role, within or outside political parties, associated with civic platforms or simply writing in the newspapers. My opinion is that we cannot understand what is happening today without thinking about the role of intellectuals in political life.

Keywords: Moral philosophy. Political philosophy. Political life. Crisis of 2008.



1. Introducción

Han pasado meses desde el Ateneo organizado por la Fundación de Ciencias de la Salud en torno al tema ¿Qué es la racionalidad instrumental? Mi tema era el de la racionalidad política. El encuentro tuvo lugar pocos días antes de las elecciones europeas del 25 de mayo del 2014, y también poco antes de que se produjera la irrupción de una fuerza política como Podemos, que iba a provocar un cambio radical en la vida política española.

En el coloquio que siguió a mi ponencia me preguntaron acerca de la relevancia de los intelectuales en la vida política. Pocos podían sospechar que, días después, se hablaría de la irrupción de una nueva generación, de la aparición de un “partido de profesores” y de la llegada de unos políticos jóvenes que pretendían acabar con la vieja política. La irrupción de Podemos permite reconstruir nuestra discusión de aquel 22 de mayo con un dato nuevo que entonces no teníamos; un dato que debemos completar debido a una novedad que se ha producido en Europa; me refiero al triunfo en Grecia del partido de Syriza.

Todo mi esfuerzo aquella mañana era intentar vincular los problemas españoles a lo que estamos viviendo dentro del contexto europeo; pretendía con ello hacerme cargo de la crisis del modelo social europeo sin olvidar las especificidades españolas.

Comenzaré, por ello, intentando recordar las relaciones entre España y Europa a lo largo del siglo veinte para poder comprender la especificidad de nuestra inserción en el modelo europeo.



2. La Generación del 14

Para comprender la magnitud de la encrucijada que estamos viviendo hay que recordar lo que significó la esperanza europea para la Generación del 14. Ortega y Azaña, Araquistáin y Fernando de los Ríos, Besteiro y García Morente, se habían formado en las mejores universidades europeas y estaban deseosos de transformar de raíz una nación que había quedado alejada de la modernidad. Para esta generación se trataba de introducir lo mejor de la civilización europea en un país que había sido campeón de la contrarreforma, luz de Trento, paladín de la inquisición, defensor de la homogeneización espiritual a través de la depuración y el exterminio del otro. Esa homogeneización doctrinal y religiosa, esa alianza entre el poder político y el poder religioso, le había hecho alejarse de la revolución científica, de la reforma protestante, de la modernidad política, de todos los avances que se habían producido en Europa.

Esa esperanza es la que aparece con toda claridad en el joven Ortega al defender que había llegado la hora de acabar con la vieja política, con el régimen de la restauración, con la gran farsa. Estamos ante una generación que vive los límites de un régimen que ha dado estabilidad política al país, que ha permitido olvidarse de los continuos pronunciamientos militares del siglo diecinueve, pero que ha ido excluyendo distintas demandas políticas. Tanto el movimiento obrero (con una fuerte componente anarquista), como los nacionalismos periféricos y el republicanismo se encuentran excluidos de la monarquía de Alfonso XIII.

Pasarán años para que muchos de estos intelectuales lleguen a la conclusión de que el que quiera en España apostar por democracia debe apostar a su vez por la república. Anteriormente intentarán jugar la baza de la reforma dentro del sistema, intentarán que la monarquía de cauce a las demandas del catalanismo, a las inquietudes del movimiento obrero y a la necesidad de la modernización y secularización de la sociedad.

Para que la Generación del 14, para que Ortega y Azaña, Araquistáin y Fernando de los Ríos, apuesten por la república hay que pasar por la experiencia de la Primera Guerra Mundial, de la revolución bolchevique, de la huelga general del 17, de la escisión entre socialistas y comunistas a principio de los años veinte, del conflicto en Marruecos y de la dictadura de Primo de Rivera. Son muchos los acontecimientos que marcan la vida de esta generación pero hay algo que no olvidarán nunca: la Europa con la que habían soñado como solución a los problemas españoles se ha convertido ella misma en un problema. Ha estallado la Primera Guerra Mundial, han aparecido los procesos revolucionarios y comienzan a adquirir prestigio las fórmulas políticas favorables a las soluciones de fuerza. El liberalismo comienza a tambalearse y con él el europeísmo. Frente a los que consideran que el siglo veinte es el siglo del liberalismo hay que recordar que durante muchos años, durante el período que va de 1914 a 1945, las soluciones de fuerza tienen una gran vigencia. Son muchos los que piensan que la democracia liberal, parlamentaria, pluralista, ha perecido en los campos de batalla y sólo cabe elegir entre los extremos.



3. Los años treinta y la polarización entre los extremos

Si en fecha tan temprana como 1914 los sueños de un mundo pacífico han quedado atrás, no cabe duda del contraste entre lo que van a vivir los españoles y lo que está ocurriendo en Europa a partir de los años treinta. Cuando los intelectuales del 14 dan el paso a la necesidad de proclamar una república, cuando constituyen el pacto de San Sebastián y articulan la Agrupación al Servicio de la República, cuando llega el 14 de abril, el mundo está viviendo los efectos de la crisis económica del 29 y en Alemania va creciendo el desafecto por la política económica impuesta tras el desenlace de la Primera Guerra Mundial.

Cuando los españoles comenzamos a vivir la necesidad de superar la vieja historia de aislamiento y tenemos la esperanza de ponernos a la hora europea, la hora europea está presidida por el ascenso del fascismo italiano y del nazismo alemán.

Nada se entiende de lo ocurrido en España sin tener en cuenta este hecho. Primero hubo que elegir entre germanófilos y aliadófilos y ahora comienza a aparecer un peligro que hubiera parecido inverosímil al inicio de la experiencia republicana. Las noticias que llegan de Berlín y de Viena no pueden ser peores. El movimiento obrero ha sido aplastado, las instituciones democráticas han sido destruidas y el pluralismo político erradicado. No volverán a verse elecciones libres. La vivencia directa del embajador de la república, Luis Araquistáin, que asiste desde Berlín a la expansión del monstruo del nazismo, refleja ejemplarmente la frustración de aquella generación.  La democracia comienza a ser interpretada, como dirá Araquistáin al hablar de Azaña, como una utopía. La violencia vuelve a aparecer con toda intensidad; esa violencia a la que se referirá Largo Caballero al distinguir tres actitudes con las que, a su juicio, cabe encarar el fenómeno de la violencia: la postura pacifista del que ante la violencia del otro pone la otra mejilla; la postura del que ante la agresión injustificada se defiende y la del que no espera a ser atacado sino que se adelanta preventivamente antes de ser aplastado.

Páginas y páginas se han publicado sobre lo ocurrido en octubre del 34, como el momento que simboliza la ruptura de la legalidad republicana, tanto en Asturias como en Cataluña. Páginas y páginas para analizar el papel de la CEDA, para evaluar el lugar del catolicismo en la política española de los años treinta, para juzgar si fue posible la paz (por decirlo en palabras de Gil Robles) y si, por tanto, la Guerra Civil fue inevitable.

De nuevo la diferencia de perspectiva entre España y Europa es decisiva a la hora de entender la percepción del mundo europeo. Los hombres del 14 vivieron desgarradamente que les instaran a elegir entre la cultura alemana y la democracia británica; pocos años después el golpe militar provocará una nueva elección trágica: la política de no intervención de Inglaterra y de Francia forzará a la República a requerir el auxilio de la Rusia estalinista para contrarrestar el apoyo de la Alemania nazi y de la Italia fascista a los golpistas. Son muchos los republicanos y los socialistas que vieron, con sorpresa primero y con desolación después, cómo muchos jóvenes consideraban caducas las instituciones republicanas y pensaban que había llegado la hora de elegir entre Moscú o Berlín. De nuevo Europa se dividía en dos y las esperanzas de aquellos socialistas y las convicciones de aquellos republicanos quedaban sobrepasadas.

Todos estos momentos – aquí sólo enunciados – son  imprescindibles para entender que la relación entre España y Europa ha sido siempre desajustada, siempre, quizás, hasta el último tercio del siglo veinte, cuando parecía que nos incorporábamos para siempre al mundo de los países democráticos, al club de los privilegiados, al reino del occidente próspero y democrático. Cuando se fraguaron las raíces de ese mundo, de ese mundo europeo que hoy está puesto en cuestión, los españoles vivíamos la larga noche del franquismo.



4. La dictadura de Franco y la esperanza europea

La Generación del 14 se divide ante los acontecimientos de la Guerra Civil. Algunos se convierten al catolicismo, como Morente, y abjuran de su europeismo juvenil llegando a considerar que esas modas parlamentarias y extranjerizantes son las causas últimas de la explosión revolucionaria del 36. Su conclusión será que sólo el catolicismo puede vertebrar a la nación. Otros viven la política británica como una traición a la democracia republicana, como es el caso de Azaña o de Negrín; sin olvidar a los que han optado por una fórmula de acercamiento entre el liberalismo y el fascismo y consideran ejemplar la actitud del gobierno británico y la apoyan inequívocamente. Es el caso de Ortega.

Azaña muere en 1940 en el exilio y Julián Besteiro en la cárcel de Carmona también en 1940; los que sobreviven, como Indalecio Prieto o Fernando de los Ríos, Luis Araquistáin o Largo Caballero, al salir del campo de concentración, intentan desesperadamente que España no se quede fuera del acuerdo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Consideran imprescindible que muertos Hitler y Mussolini, Franco caiga. No lo consiguen.

En esta impotencia, en esta frustración, en esta nueva derrota se plasma la dificultad de articular un discurso compartido sobre nuestra propia historia. Si se hubieran cumplido los deseos de Prieto y de Gil Robles, si hubiera sido posible alcanzar un plebiscito sobre la forma de Estado, inclusive si la monarquía de Don Juan hubiera llegado a asentarse, España se hubiera incorporado al mundo de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y todo habría sido distinto. Había que aprovechar esa coyuntura entre el 44 y el 48 antes de que los imperativos de la guerra fría permitieran a Franco aparecer como el baluarte de los intereses occidentales y el aliado decisivo del poder norteamericano. Sólo comprendiendo el dolor de los derrotados en la guerra civil española, abandonados por las democracias con la política de no intervención y de nuevo abandonados por la potencia hegemónica norteamericana a partir de 1953, es posible encontrar las raíces del auténtico patriotismo constitucional español. Ese patriotismo está en las páginas desoladas de Azaña, en los obituarios del Prieto que vive años y años y tiene oportunidad de despedir a todos sus compañeros de generación, o en las elucubraciones de los grandes novelistas que observan que nunca llega el momento de volver, que la dictadura se afianza y las nuevas generaciones nada saben de su pensamiento, de su proyecto, de su modelo.

Agotadas todas las esperanzas de una caída de la dictadura, habrá que esperar a la emergencia de una nueva generación, a partir de 1956, para que el sueño europeísta vuelva a aparecer. Aparece en un contexto en el que los hombres del exilio constatan el desconocimiento del drama republicano por parte de las nuevas generaciones educadas en España. No en balde el régimen de Franco ha ido transmitiendo un mensaje inequívoco: es cierto que Europa no ha vuelto a los campos de batalla, es verdad que lo que parecía imposible se ha hecho realidad y los contendientes de ayer conviven y buscan acuerdos entre Alemania y Francia, con el concurso de Estados Unidos y de Inglaterra, pero ello es así porque en estos países ha arraigado la democracia. Los españoles, por el contrario, estamos incapacitados para dirimir civilizadamente nuestros conflictos, somos un pueblo cainita, dispuesto a la destrucción y al exterminio del otro; hay que asegurar el poder de la dictadura y permitir que el desarrollo económico afiance una sociedad de clases medias donde sea posible la integración social y se olvide el conflicto de clase; sólo entonces será posible aplicar en España un modelo como el europeo.

Este discurso de modernización económica sin modernización política, de crecimiento sin democracia, marcará la segunda etapa del franquismo. En esa larga noche será imprescindible ir buscando un camino de reencuentro entre la España democrática del interior y la España del exilio. La primera vez que se intente algo parecido será en Munich en 1962. La reacción del régimen será brutal y las medidas ejemplarizantes. Destierros en unos casos y exilios en otros para mostrar a la oposición, por moderada que fuera, que no se van a permitir aventuras democráticas. España mantendrá la dictadura hasta 1975 y para entonces el sueño europeo, los treinta años de paz y prosperidad, de crecimiento y redistribución, de democracia e integración supranacional se habrán realizado sin los españoles.

Es trágico recordar lo que vivieron los hombres del exilio; España era presentada como un caso anómalo en el discurrir europeo, como un pueblo que tenía el gobierno que se merecía. El relato era sobrecogedor: abandono de las democracias liberales en los años treinta; abandono después por parte de los vencedores tras la Segunda Guerra Mundial y legitimación a posteriori de los abandonos como una necesidad estratégica para el poder norteamericano. Una necesidad que sería legitimada como algo aceptado por la gran mayoría del pueblo español que convivía plácidamente con la dictadura; sólo una minoría de recalcitrantes seguían presos de una nostalgia por unas instituciones republicanas que no volverían.



5. El consenso unánime de la transición

Tanto duró la dictadura de Franco que hoy – que nos encontramos en un momento histórico en el que se plantean los límites del modelo de la transición política española – son muchos los que han olvidado todos los puntos que acabo de recordar. Y aquí es donde está la gran diferencia entre la memoria española y la memoria europea. En el mundo europeo la experiencia del nazismo ha sido de tal magnitud que en cuanto aparece algún acontecimiento que puede recordar aquellos años en seguida se encienden todas las alarmas. Algo de esto está ocurriendo hoy tras los atentados islamistas en París y tras el resurgir del antisemitismo y el ataque a la comunidad judía. En seguida vuelven a emerger todos los espectros del pasado, sean las humillaciones del tratado de Versalles, la expansión del nazismo en los años treinta ante la política de apaciguamiento de las democracias, la experiencia del holocausto o el crecimiento económico sin mirar al pasado tras la Segunda Guerra Mundial. De ahí la insistencia habermasiana en que no es posible fundar el patriotismo sin una mirada crítica sobre el propio pasado. No es posible legitimar el Estado democrático sin tener en cuenta las lecciones de los años treinta, sin apelar a la historia.

El caso de España es distinto porque no hay una interpretación compartida sobre las raíces de la Guerra Civil ni acerca del desenlace de la misma, ni siquiera acerca de la experiencia republicana. No existe esa interpretación compartida sobre el conflicto entre las dos Españas ni tampoco acerca de la manera de articular la diversidad territorial de una nación tan compleja como la española, en una nación de naciones.

Esta memoria no compartida ha provocado que el sueño europeo se haya vivido como el sueño de poder acceder a un modelo que nos permitiera alcanzar cotas de bienestar, acceder a niveles de prosperidad desconocidos en nuestra historia y que a la vez nos permitiera integrarnos en un mundo en el que se pudieran disolver los viejos demonios familiares, los que habían dividido dramáticamente a las dos Españas y los que habían provocado el conflicto de España con Cataluña o con Euskadi. ¿No mostraba Europa que era posible enterrar la lucha de clases y olvidar para siempre las querellas de los nacionalismos? Esa era la apuesta.

Por ello durante los años de la transición se vuelve a recurrir al joven Ortega y se olvida el dramatismo del Ortega de los años treinta. La incorporación a Europa se vive como el sueño de recuperar la España de Giner y la de los hombres que fueron a estudiar ciencia para cambiar de raíz nuestros viejos hábitos. Se ha reparado poco en el hecho de que la incorporación a Europa se produce por unanimidad del parlamento español mientras la vinculación a la OTAN produce una impresionante división. La primera se vive como incorporación a la democracia y la segunda como recuerdo de una imposición de las bases militares de una potencia extranjera que ha sostenido una dictadura. Europeísmo sí, antinorteamericanismo también.



6. El final del Siglo XX

Podríamos decir que los años que van de 1986 (a pesar del referéndum sobre la OTAN) a bien entrados los años noventa son los años de la gran ilusión en el proceso europeísta, son los años en los que no se discute, en los que Europa nunca aparece como problema, a diferencia de lo que ocurre hoy y de lo que estamos viendo a partir del 2008.

Tengo la intuición de que, a pesar de todo, poco a poco nos dimos cuenta de que habíamos comenzado a perder relevancia en el nuevo contexto europeo. Durante años la incorporación primero de Grecia y después de España y de Portugal se vivía como una extensión de la democracia. Por fin estos países, por decirlo en palabras de Fernando Morán, habían encontrado su sitio. Pero de pronto todo cambió, el tiempo se aceleró y lo que parecía imposible se hizo realidad. La unificación alemana, la disolución del Pacto de Varsovia, el derrumbe del comunismo, el sueño de una Europa que jugara un papel en el contexto internacional se hacía realidad. Pero con la caída del comunismo volvió el nacionalismo.

Al principio fueron las reivindicaciones de Letonia, de Estonia, de Lituania; posteriormente el estallido de Yugoslavia y la aparición de nuevos Estados vinculados a Croacia, a Serbia y a Bosnia, y finalmente el reflorecimiento de identidades nacionales que habían sufrido el nazismo y el comunismo en países como Polonia. Alemania se encontraba inmersa en un proceso de unificación y se tenía que hacer cargo de la relación con países a los que había masacrado en el pasado. Y ahí comenzó el debate del que todavía no hemos salido: ¿una Alemania vinculada al proyecto europeo?; ¿una Europa dominada por Alemania?

En el caso español el resurgir de los nacionalismos se vivió como la constatación de que los temas que se creían resueltos por la transición volvían a aparecer en toda su crudeza. Desde que se produce la caída del mundo comunista vuelven con fuerza la religión y los nacionalismos. Unos tratan de mostrar que el mundo ilustrado europeo ha quedado seriamente dañado por la experiencia de los Países del Este. Todo el discurso de Juan Pablo II irá en este sentido: el mundo del “socialismo real” ha nacido de un error antropológico vinculado a la cultura ilustrada y al antropocentrismo.

Los nacionalismos de las naciones sin Estado lo interpretan de otra manera: si es posible que se admita a Croacia como Estado, ¿por qué no reconocer ese derecho a Cataluña que tiene las dimensiones de Holanda?  A partir de ese momento comienzan a crujir todas las piezas del discurso de la transición, del pacto constitucional y de la cultura política de los años ochenta. Es bien cierto que durante tiempo se pensaba que la cosa no iría a más. Pero ahí estaban la “Declaración de Barcelona” de CIU, del PNV y del BNG a finales de los noventa y los esfuerzos de los nacionalismos de Cataluña, de Euskadi y de Galicia por revisar el pacto constitucional.

Mientras existieron los bloques militares y el modelo europeo no se movió, parecía que el tema de las reivindicaciones nacionalistas había quedado disuelto, sumergido en el olvido, pospuesto para siempre. Pero al cambiar las fronteras de distintos Estados europeos comenzó en España un debate que sólo fue amortiguado por la persistencia del terrorismo de ETA. Durante años y años a cada atentado terrorista se respondía insistiendo en la necesidad de no bajar la guardia, de asentar la unidad de las fuerzas democráticas y de asegurar la colaboración internacional; lo esencial era acabar con la violencia, una vez concluida ésta, todo podría ser discutido.

Concluyó la violencia, terminó ETA, pero el final se produjo en un contexto inesperado donde la crisis económica arrumbó los elementos esenciales del modelo social europeo. Efectivamente, todo podría ser discutido y todo comenzó a ser discutido con dos nuevos interlocutores muy distintos a los que habían conformado la cultura de la transición. La emergencia de una nueva generación que no estaba dispuesta a asistir resignadamente a la pérdida de derechos económicos y sociales y el crecimiento de una alternativa independentista en el oasis catalán. Desaparecía ETA pero la socialdemocracia entraba en crisis, el independentismo avanzaba y una nueva generación hacía acto de presencia. En ello estábamos cuando tuvimos nuestro debate del pasado 22 de mayo. ¿Qué ha ocurrido desde entonces?



7. La crisis del 2008 y sus secuelas

Al buscar en el pasado las raíces de los problemas del presente, al optar por este enfoque genealógico lo que pretendo es evitar el error, desgraciadamente muy frecuente, de que nos encontramos ante un debate fundamentalmente económico. No cabe duda de que el problema económico es decisivo, y es igualmente cierto que los políticos no nos dicen la verdad porque no quieren perder votos, y es cierto también que desgraciadamente no se tiene en cuenta la opinión de los filósofos morales que nos recuerdan los mínimos elementos exigibles para poder hablar de una vida humana digna. Las tres cosas son verdad: no cabe duda que hay problemas económicos que afectan al paro, a la vivienda, a la protección social, al gasto sanitario, al mundo educativo, a los derechos de los inmigrantes; es cierto también que ante la cantidad de malas noticias que ponen los expertos encima de la mesa el político tiende a subrayar los aspectos positivos y a olvidar los episodios sombríos, trata de dar esperanza y de incentivar la ilusión, aunque en muchas ocasiones haga promesas que tiene serias dudas de que pueda llegar a cumplir si accede al gobierno; y es igualmente cierto que filósofos morales, buenos conocedores del mundo económico, han hecho un serio esfuerzo por definir los mínimos de justicia para acceder a una vida digna. Todo ello apareció en nuestro debate.

Pero además de la magnitud del desafío económico, de la voracidad electoral de los líderes políticos y de la soledad de los filósofos morales, un elemento preside la vida política europea y es la apelación a la historia para hacernos cargo de nuestra memoria y vislumbrar proyectos de futuro. Y es ahí donde juegan un papel muy importante los intelectuales. Dentro o fuera de los partidos, vinculados a plataformas cívicas o incidiendo a través de las columnas de prensa, su papel es esencial; si queremos entender la vida política es imprescindible bucear en las raíces intelectuales de cada uno de los contendientes. En lugar de pensar que la vida política no tiene nada que ver con la vida intelectual (tópico muy frecuentemente repetido) es preferible optar por la tesis contraria. Nada se puede entender de lo que nos ocurre sin tener en cuenta el papel de los intelectuales en la vida política. Hablo de la  vida política en sentido amplio, en ese sentido que permite comprender las razones a favor de mantener el Estado-nación o de auspiciar la necesidad insoslayable de alcanzar un Estado propio; en las razones aducidas para defender el modelo europeo o para impugnar el actual orden institucional desde abajo y recuperar la soberanía perdida.

Aquella mañana del 22 de mayo trataba de mostrar que no era posible entender a Sosa Wagner sin pensar en Fernando Savater; ni a Terricabras sin recordar a Rubert de Ventós; ni a Willy Meyer sin conocer la obra de Fernández Buey. Si hubiera estado Pablo Iglesias habría que pensar en Vicenç Navarro, y para encuadrar a Ramón Jáuregui es imprescindible resaltar el papel de los grandes medios de comunicación como el diario El País, o en el ABC si pensamos en González Pons, o en La Vanguardia para Carles Gasòliba. Si pensamos en Ciudadanos, el papel de Francesc de Carreras es igualmente esencial.

El líder político se halla condicionado por los expertos en comunicación política que preparan sus intervenciones televisivas, sus apariciones en público, los guiones de sus conferencias o el relato de sus mítines, pero la política no se reduce al marketing electoral o al dictado de los expertos. Son los intelectuales los que dan cuenta de las razones para mantener un Estado, para llamar al consenso, para propiciar la desobediencia, para impugnar las fronteras existentes, para defender la identidad nacional o para insistir en la ciudadanía cosmopolita, para abonar la pervivencia del sueño europeo o para plantear la conveniencia de recuperar la soberanía.

Los líderes políticos, especialmente los de izquierda, no se quieren definir sobre estos contenciosos llenos de pasión, donde habitan las esperanzas pero donde anidan los agravios, prefieren hablar solo de los elementos tangibles, mensurables, recalcando que son los problemas que preocupan “realmente” a los ciudadanos. El problema, y aquí es donde está la gran encrucijada europea, es que todos estos contenciosos han vuelto para quedarse. Esto es lo que hemos vivido desde el pasado 25 de mayo, cuando se produjeron las elecciones europeas.

Las razones que unos y otros esgrimen explicitan formas distintas de entender el papel de España y el lugar de Europa en el contexto internacional. Son formas distintas de entender el papel del Estado y de la Nación. Sobresalen dos discursos hegemónicos y un discurso intermedio que está entre dos fuegos, con un invitado inesperado que puede trastocar las piezas del tablero. El primer discurso hegemónico es el discurso liberal-conservador; el otro discurso hegemónico es el modelo defendido por el nacionalismo catalán; la izquierda se encuentra a medio camino entre el unitarismo de los unos y el independentismo de los otros y el nuevo actor tiene que definirse sobre un contencioso que va más allá de la referencia genérica a los que están arriba o los que están abajo, los que forman parte de la casta política o los que son pueblo llano.

La derecha liberal-conservadora se ha hecho fuerte en su defensa del nacionalismo español. Desde hace años defiende una apuesta por la nación española sin complejos, difundiendo una reinterpretación de la historia de España, donde se presenta como heredera del régimen de la restauración monárquica, abomina de la experiencia republicana y se inviste en el papel de guardiana del texto constitucional del 78. No tiene empacho en promover cuantas iniciativas intelectuales estén llamadas a defender el Estado-nación para que sigamos siendo “libres e iguales” tal como defiende una plataforma aparecida en los últimos meses para hacer frente al desafío del independentismo catalán. En esta plataforma confluyen desde Vargas Llosa a Fernando Savater.

Frente a ellos los nacionalistas catalanes han ido propiciando toda una red de asociaciones culturales, de plataformas cívicas, de movimientos intelectuales, que han tenido su expresión plástica más directa en las Diadas del 2012, 2013 y 2014 y en el simulacro de referéndum del 9 de noviembre. Su gran apuesta se centra en conseguir una mayoría absoluta a favor de la independencia el 27 de septiembre, fecha fijada para las próximas elecciones catalanas.

En medio de los dos nacionalismos están las distintas izquierdas desconcertadas desde hace años por dos fenómenos a cada cual más complejo.  El primero, la virulencia a que ha llegado el choque entre dos partidos que comparten el mismo modelo económico, que apoyan el actual modelo europeo y suscriben la misma identidad religiosa pero que discrepan radicalmente por la cuestión nacional. La izquierda siempre pensó que no llegaría la sangre al río y que la supranacionalidad iría rebajando la tensión nacionalista. Pero no ha sido así y por ello intenta rescatar el arma del federalismo para poder conjugar la diversidad con la unidad dentro del Estado español y la confluencia entre los distintos Estados europeos en el marco de un nuevo impulso al proyecto europeo.

Es difícil que la propuesta de la izquierda prospere porque los nacionalistas españoles no quieren oír hablar de una reforma de la Constitución del 78 y los nacionalistas catalanes consideran que es más utópica la España federal que la Cataluña independiente. En medio está el electorado de la izquierda y de muchos ciudadanos que no quieren elegir entre España y Cataluña, pero, a pesar de la racionalidad de muchas de sus propuestas, no son capaces de encauzar las pasiones cuando unos sólo aspiran a tener un Estado propio y otros saben que la negativa a toda reforma les da votos en el conjunto de España.

Esa imposibilidad de elegir ha ido drenando la capacidad de la izquierda en Cataluña. Los socialistas han pasado de fuerza hegemónica a competir por la tercera plaza con el PP y Ciutadans. En el País Vasco, a pesar de todos los años de violencia y de extorsión del terrorismo, las llamadas fuerzas constitucionalistas sólo tienen un tercio del electorado. Muchas de estas reflexiones las hicimos aquel 22 de mayo, pero no podíamos imaginar la novedad que nos esperaba.

El 25 de mayo irrumpió una nueva fuerza que comenzó a recoger la indignación de muchos y a competir por el espacio de las izquierdas establecidas, intentando arrebatar los votos del PSOE y los cuadros de Izquierda Unida. Nos referimos a Podemos. En aquel debate del 22 de mayo me preguntaban por la posibilidad de la nueva fuerza. Habiendo seguido sus intervenciones en la campaña electoral, aquel día recordé que, como decía Ortega, hay generaciones que se sienten a gusto en el modelo que heredan, tratan por ello de matizarlo, de modularlo, de reformarlo. Son generaciones que dan continuidad a una tradición.

Pero existen también generaciones que tienen ideas o conductas disruptivas, que tratan de sellar su propio estilo, rompiendo con el modelo anterior, no quieren modificar aspectos, quieren empezar de nuevo. Suelen ser adanistas. Creen que el mundo empieza con ellos, pero, para tener éxito, más allá de su voluntad, han de ser capaces de conectar con grandes mayorías y recoger el malestar de muchos sectores de la población que no se encuentran a gusto con el actual modelo.

Aquí está el mérito de Podemos. Una vez que la socialdemocracia gubernamental no ha logrado mostrar una alternativa a las fuerzas del neoliberalismo económico; una vez que los sindicatos han sido arrinconados hasta impedir cualquier política de negociación, sólo había dos alternativas: o crecía la violencia fuera del sistema político o alguien recogía el malestar y lo llevaba a las instituciones. Podemos ha conseguido que esa violencia no acabe en movimientos antisistema, ha posibilitado que ese mensaje llegue a las instituciones y ha conectado con la primera victoria electoral de una fuerza a la izquierda de la socialdemocracia. De la viabilidad de las propuestas de Syriza depende el éxito futuro de Podemos.

Pero de nuevo en Grecia, más allá de la pericia de sus líderes, del look fotogénico de sus ministros o del dictado de los expertos financieros, ha vuelto a aparecer la apelación a la historia. Los nuevos líderes griegos tratan de recordar a los alemanes que también ellos fueron perdonados tras la Segunda Guerra Mundial y de resaltar que sin ese perdón no hubiera sido posible el resurgimiento de Alemania. Y tratan de hacerlo con un argumento de peso: si nosotros fracasamos, tras la práctica desaparición de la socialdemocracia, está el peligro del resurgir del nazismo. Ahí está Amanecer Dorado. Por ello lo que se juega en Grecia afecta al futuro del modelo europeo. Tras el pasado 25 de mayo sólo en Grecia y en España han crecido fuerzas de izquierda alternativa. En otros lugares ha resurgido la extrema derecha.

Esa apelación a la historia también afecta a Podemos. Si nos fijamos bien, Pablo Iglesias ha recuperado un discurso sobre la patria española, sobre 1808 y sobre el 14 de abril del 31, un discurso genérico en un marco  tan emblemático como la Plaza del Sol, lleno de banderas republicanas, aunque no hubiera una referencia directa a la forma de Estado. El conservadurismo se ha lanzado a insistir en que se trata de romper los pactos de la transición, pero hay otra interrogante que también tenemos que hacernos: ¿cómo ha sido recibida esa apelación a la patria en lugares como Cataluña o Euskadi donde el nuevo partido se declara no independentista?

Aquí está la segunda clave del fenómeno. Si por un lado da cauce a un malestar social que no encuentra salida en la izquierda tradicional, por otra compite con los movimientos independentistas al conectar cualquier reivindicación de las naciones sin Estado a una reforma del Estado-nación español y de la Constitución de 1978.

¿Serán éstas razones suficientes para encontrar un hueco relevante en las nacionalidades históricas? Esta es una de las grandes interrogantes de cara al futuro. Muchas cosas han pasado desde el 22 de mayo pero en todas ellas aparece que estamos en un momento de encrucijada, que tal como interpretemos la historia, suscitaremos una u otra propuesta política. La política y la razón de Estado siempre están más allá de la economía y de la moral, están implicadas en las pasiones que mueven la historia, en esas pasiones que en ocasiones parecen amortiguadas para siempre y de pronto resurgen con una fuerza irresistible.



Puntos destacados

  • La encrucijada que estamos viviendo hunde sus raíces en la Generación española del 14, que tuvo el deseo de introducir lo mejor de la civilización europea en un país que había sido campeón de la contrarreforma, luz de Trento, paladín de la inquisición, defensor de la homogeneización espiritual a través de la depuración y el exterminio del otro.
  • La Europaque los miembros de la Generación del 14 habían soñado como solución a los problemas españoles se convirtió ella misma en un problema al estallar la primera Guerra Mundial, aparecer los procesos revolucionarios y comenzar a adquirir prestigio las fórmulas políticas favorables a las soluciones de fuerza, por lo que durante el período que va de 1914 a 1945 la democracia liberal, parlamentaria, pluralista, había perecido en los campos de batalla y sólo cabía elegir entre los extremos.
  • Cuando los españoles comenzamos a vivir la necesidad de superar la vieja historia de aislamiento y tuvimos la esperanza de ponernos a la hora europea, la hora europea estaba presidida por el ascenso del fascismo italiano y del nazismo alemán.
  • La relación entre España y Europa ha sido desajustada quizás hasta el último tercio del siglo veinte, cuando pareció que nos incorporábamos para siempre al mundo de los países democráticos, al club de los privilegiados, al reino del Occidente próspero y democrático.
  • La incorporación a Europa se vivió como el sueño de recuperar la España de Giner y de los hombres que fueron a Europa a estudiar ciencia para cambiar de raíz nuestros viejos hábitos.
  • Los años que van de 1986 a bien entrados los años 90, son los de la  gran ilusión en el proceso europeísta, en los que no se discutía, en los que Europa nunca aparecía como problema, a diferencia de lo que ocurre hoy y de lo que estamos viendo a partir del 2008.
  • Desde que se produce la caída del mundo comunista, vuelven con fuerza la religión y los nacionalismos.
  • La crisis económica arrumbó los elementos esenciales del modelo social europeo.
  • Además de la magnitud del desafío económico, de la voracidad electoral de los líderes políticos y de la soledad de los filósofos morales, un elemento que preside la política europea es la apelación a la historia para hacernos cargo de nuestra memoria y vislumbrar proyectos de futuro.




La Fundación de Ciencias de la Salud no se identifica necesariamente ni se hace responsable de las opiniones que los autores puedan expresar en sus artículos.

Quedan rigurosamente prohibidos, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las Leyes la reproducción total o parcial de los contenidos de esta publicación por cualquier otro medio o procedimiento.

se propone alcanzar los más altos niveles de objetividad y equilibrio científico en sus contenidos.

es una publicación pensada para contribuir a mejorar el conocimiento y la opinión de la sociedad, en el ámbito de las ciencias de la salud.

Gracias a la colaboración institucional de:

Los contenidos incluidos, publicados o disponibles en la página web, no vinculan en ningún modo a GSK.