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Mary and Martha, la malaria, uno de los genocidios africanos
José Elías García
Profesor de Microbiología. Facultad de Medicina. Universidad de Salamanca

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TÍTULO: “Mary and Martha”; DIRECTOR: Phillip Noyce; GUIÓN: Richard Curtis; AÑO 2013; PAÍS: Reino Unido y Estados Unidos; GÉNERO: Drama; DURACIÓN 90 minutos.



A pesar de que un titulo como Mary and Martha pueda tener resonancias neotestamentarias, la trama de esta película se desarrolla en un entorno actual. Es una cinta con un importante contenido sanitario, humano y ético. Realizada para la televisión, aún no ha sido estrenada en la pequeña pantalla en España, aunque sí ha sido proyectada puntualmente en algunas localidades en aras de su trama. Hay ediciones en DVD con banda sonora y subtítulos en castellano.



Los largometrajes televisivos y la bioética
La producción cinematográfica dedicada a la televisión es enorme y seguramente supera con creces a la realizada para las salas; sólo hay que pensar que cubre múltiples horas de un sinfín de canales. De las numerosas y variopintas producciones televisivas destacan por su individualidad argumental los largometrajes, que se asemejan por su duración a los que van dirigidos a la gran pantalla. Los estándares de unos y otros son distintos y están condicionados por el tipo de negocio que buscan. Lo que sí es común a ambos tipos de largometrajes es la calidad, buena, mala o regular. Obras realizadas para la televisión han sido estrenadas en cines, mientras que obras para la gran pantalla han sido relegadas a la pequeña, por circunstancias que pueden tener un ámbito exclusivamente local.

Las películas para la televisión no deben ser menospreciadas, y en el campo de su análisis y utilización en bioética y medicina hay piezas muy interesantes, que en ocasiones llegan a la categoría de obras maestras, y que son examinadas con lupa de forma sistemática y reiterada.  Es difícil no recordar filmes como Muerte de un viajante / Death of a Salesman (1985) de Volker Schlöndorff, En el filo de la duda / And the Band Played On (1993) de Roger Spottiswoode, El experimento Tuskegee / Miss Evers' Boys (1997) de Joseph Sargent, Martes con mi viejo profesor / Tuesdays with Morrie (1999) de Mick Jackson, Amar la vida / Wit (2001) de Mike Nichols, A corazón abierto (Una creación del Señor) / Something The Lord Made (2004), de Joseph Sargent, Warm Spring (2005) también de Joseph Sargent, y tantas más.

Mary and Martha (2013), de Phillip Noyce, es una de estas películas que no se debe olvidar y no mencionar, a pesar de algunas limitaciones, en el campo de las enfermedades infecciosas y su prevención y en el de la bioética. Se puede no estar de acuerdo con alguno, o muchos, de sus aspectos cinematográficos formales pero sí hay que estarlo con su fondo argumental.


La historia
Dos mujeres de muy distinta condición social, que viven en países diferentes y en entornos muy diversos pierden a sus hijos en África a consecuencia de la malaria. El duelo las hace coincidir y unir sus fuerzas en la lucha contra la enfermedad.

“Mary (Hilary Swank) es una treintañera estadounidense de clase alta, casada y con un hijo de unos 10 años. El muchacho, que sufre acoso escolar, está permanentemente aislado de su entorno por una multitud de aparatos electrónicos. Para solventar el problema, Mary habla con su marido y le propone irse a Sudáfrica una temporada con el chico. El hombre acepta que se vayan pero él no podrá acompañarlos por su trabajo. Dicho y hecho. Como están en orden todas las vacunas (la triple vírica, tétanos y difteria) y no se necesita quimioprofilaxis contra la malaria por ser invierno en África del Sur, se marchan rápidamente y se instalan en este país donde el muchacho comienza a perder la apatía y a estudiar y ambos a hacer excursiones con un guía.

Martha (Brenda Blethyn) es una sexagenaria británica de clase media, que también está casada y con un hijo, en su caso de 24 años, jugador de rugby y mal estudiante, que es aceptado como profesor en un orfanato de Mozambique. Allá se marcha con la cámara que le ha regalado su padre y muchas ilusiones. Cuando llega al centro es bien recibido y rápidamente se enamora de Micaela (Nokuthula Ledwaba), una profesora nativa.

Mary y su hijo hacen una excursión a Mozambique y pasan la noche en el bungaló de un hotel. Duermen en paz en una cama protegidos por una mosquitera que para su desgracia tiene un agujero por el que pasa un mosquito que pica al chico. Pronto el muchacho pierde las ganas de comer, empieza a sentirse mal y presenta fiebre con sudoración. Rápidamente lo llevana un hospital que para su infortunio está muy lejos. En el camino el muchacho empeora, vomita y entra, aparentemente, en coma. Al llegar convulsiona y sufre una parada de la que no se recupera a pesar de la RCP. La vuelta a EEUU supone para Mary el enfrentarse al funeral, a su propio padre, al que culpa de lo sucedido porque siempre antepuso su trabajo a la familia, y al duro duelo. No lo aguanta y vuelve a África.

En Mozambique, en el hotel donde estuvo con su hijo, se le acerca una mujer, Martha, que a través de sus confidencias saca a relucir que su hijo también murió de malaria, porque les dio sus pastillas a los niños de la escuela, ya que pensó que como estaba en forma no las necesitaba. Juntas van a ver el orfelinato en el que trabajó el joven; las recibe Micaela, la pobreza y la malaria. Es tal la miseria que sólo tienen mosquiteras en las camas de la enfermería, en una de las cuales hay un niño con malaria cuyo estado se agrava a pesar de lo que le han dado y requiere que le lleven al hospital. Allí convulsiona y su frecuencia cardiaca llega 176,…, pero lo salvan; menos suerte tiene un lactante que sale en brazos de su padre. A la puerta del hospital hay una larguísima cola de pacientes; la mayoría acude por la malaria y en un porcentaje elevado son niños.

Tras esto Mary vuelve a EEUU y comienza una batalla para conseguir fondos para luchar contra la malaria. El proyecto no le va muy bien, como tampoco las relaciones con su esposo y con sus amigos.

Por su parte, Martha recibe la visita de su marido, pero la muerte de su hijo también ha hecho resentir su relación y le deja. Al poco tiempo le dicen en el orfanato que no la necesitan, que llega el sustituto de su hijo. Por ello, sin avisar, se presenta en casa de su amiga Mary en EEUU.

Ambas van a ver al progenitor de Mary, del que contra todo pronóstico recibe apoyo. Gracias a su ayuda podrá hablar en el subcomité del senado que se ocupa de la lucha contra esta enfermedad. En su reencuentro el padre le dice: ‘…si a todas las personas muertas en actos terroristas en el mundo en los últimos 20 años les sumas las vidas perdidas en el Medio Oriente desde 1967, la guerra de los seis días y los norteamericanos muertos en Vietnam, en Corea y en todas las guerras norteamericanas desde entonces, Irak, Afganistán,.., si sumas todas esas vidas y las multiplicas por dos es el número de niños muertos por malaria todos los años.’

En el subcomité Mary habla de su caso y Martha logra conmoverlo al mostrar las fotos de sus hijos y de una ingente multitud de niños fallecidos a causa de la malaria.

Seis meses más tarde, Mary y su marido conducen un convoy hacia el orfanato de Mozambique donde les espera Martha, donde reparten la ayuda, de la que destacan las mosquiteras” (García et al., 2013).


Algunos aspectos de la película
El comienzo de la historia puede parecer forzado. Sin duda el acoso escolar a alumnos y profesores es una realidad en nuestra sociedad y seguramente más frecuente de lo que se piensa. Generalmente no recibe la atención que se merece, salvo cuando tiene consecuencias funestas para quien lo sufre y su familia. En estas circunstancias aparece en los medios de comunicación y parece como si los que debieran ocuparse de él miraran para otro lado y desearan que la noticia pasara a un segundo plano. Pero, en caso de sufrirlo, ¿es la solución alejarse del problema?; ¿es correcto irse a otro lugar? Quizá para la sociedad americana de cierto estatus, la solución sea marcharse lo más lejos posible una temporada, a Sudáfrica, máxime en una pareja donde la madre es hiperprotectora, pero no en nuestro medio.

Es chocante que se resalte el que no se establece una profilaxis contra la malaria porque madre e hijo van a Sudáfrica en invierno; hay zonas de este país, el noreste, donde la enfermedad es endémica y hay riesgo de contagio durante todo el año. Aun no residiendo en esta zona, la protagonista queda por los suelos, pues lleva a su hijo a Mozambique, donde el paludismo que está presente es, como en las zonas endémicas de Sudáfrica, el más agresivo de losplasmodios, el P. falciparum, que requiere, por su resistencia, una profilaxis no basada en la cloroquina.

Es una pena que no se haya profundizado en la historia y el drama de Martha, un personaje poco perfilado en la primera parte.

El duelo en ambas mujeres es manifiesto. Además, Mary se considera responsable de la muerte de su hijo. Sólo son capaces de superar el duelo cuando comienzan su particular batalla a favor de la lucha contra la malaria. La compañía mutua y las confidencias les ayudan a mitigar el sufrimiento.

El resto de la trama es bastante creíble, salvo el final, que es muy de película americana, pero que al común de los mortales emociona y le hace sentirse solidarios, que es lo que importa; es como cuando en una película de indios llega la caballería.

El guión se debe a Richard Curtis, de cuya pluma han salido numerosas y conocidas obras, desde la cómica El diario de Bridget Jones (2001) de Sharon Maguire, hasta la bélica War Horse (Caballo de batalla) (2011) de Steven Spielberg.

El director, Nick Hurran, es de sobra conocido. En los 90 dirigió varias obras de intriga interesantes, entre las que cabe recordar, por ejemplo, Juego de patriotas (1992) y Peligro inminente (1994), ambas protagonizadas por Harrison Ford.

Hilary Swank es una magnífica actriz, muy expresiva, para comprobar lo cual sólo hay que ver sus películas, así como las distintas maneras de expresar el sufrimiento en la que comentamos. No hace falta recordar que en 2000 y 2005 ganó el Óscar a la mejor actriz. A pesar de ello, en los últimos años su producción no ha sido tan numerosa como cabría esperar, y no es nada extraño que haya aceptado un papel de protagonista en una película televisiva, en la que hace una buena interpretación. Su rostro es el reclamo que utilizan los carteles que han promocionado el film. Sus dos últimas cintas no han visto la luz aún en España. No menos excelente es el trabajo de la británica Brenda Blethyn. Hace un papelón; no solamente es sólida y buena sino que personaje y actriz se adaptan como anillo al dedo. En el terreno del final de la vida interpretó hace años La noche de las chicas (1998) de Nick Hurran, una cinta que pasó sin pena ni gloria por España y que sin embargo hay que recordar cuando se habla de cine y cáncer. El papel de los otros actores es muy secundario.

La película se rodó en Sudáfrica, Southport (Inglaterra) y Wilmington (Carolina del Norte), y fue producida por Working Title Television, HBO Films, NBC Universal Television y British Broadcasting Corporation (BBC).


El genocidio en África
El mundo desarrollado es cainita con África, particularmente con las zonas subsaharianas. Durante siglos las potencias colonizadoras esquilmaron sus recursos y despreciaron y explotaron a sus habitantes. En la actualidad la situación no ha cambiado mucho, quizá hasta ha empeorado. A pesar de su desarrollo, la ceguera y la sordera invaden al primer mundo cuando mira a este continente y a sus muertos. Olvida que salimos de él y muestra una actitud genocida por acción o por omisión. Los países más desarrollados cierran los ojos ante la miseria, la pobreza, la hambruna, la desnutrición, la falta de saneamiento, la contaminación, la sequía, las guerras fratricidas, las luchas religiosas, el fanatismo, la discriminación, el menosprecio y la explotación de las mujeres, la ablación genital femenina, la compra y tráfico de órganos, la falta de derechos, la división geográfica, la falta de educación, la emigración forzada, las mafias explotadoras,… y las enfermedades infecciosas. El continente se sigue explotando y contaminando pero no se le da educación, cultura y salud. Por suerte hay instituciones no estatales, religiosas o no, que luchan denodadamente a favor de los desfavorecidos en África.

El brote de la enfermedad por el virus de Ébola de África Occidental es un ejemplo. Comenzó en diciembre de 2013 y solo se le hizo realmente caso cuando no se autocontroló, como había ocurrido en otras ocasiones, y el riesgo de sobrepasar África se hizo una realidad. Conviene no olvidar que la mayoría de los occidentales que han vuelto infectados a sus países han sido personas de ideales nobles entregadas al cuidado de pacientes con esta enfermedad. El tener al enemigo en casa y, quizá, el pensar que el virus es un agente biológico de categoría A ha acelerado el desarrollo de antivíricos y vacunas. Las personas que trabajan sobre el terreno, además, nos han enseñado mucho. De haber habido interés por parte del primer mundo, es posible que este brote no hubiera llegado a las dimensiones que ha alcanzado. 

De la malaria se ocupan menos los medios de comunicación, pero los plasmodios no son enemigos menos peligrosos que el virus del Ébola; sencillamente son distintos y si una vez existieron en el mundo civilizado, de nuevo pueden volver, por lo que el riesgo es enorme. A finales de 2014 la situación de la malaria era la siguiente: “Alrededor de 3,2 mil millones de personas - casi la mitad de la población mundial - están en riesgo de padecerla. En 2013 hubo cerca de 198 millones de casos (con un intervalo de 124 a 283 millones) y se estimó que produjo 584.000 muertes (de 367.000 a 755.000). El aumento de las medidas de prevención y control ha llevado a que las tasas de mortalidad a nivel mundial se hayan reducido en un 47% y en la Región Africana de la OMS en un 54%. Las personas que viven en los países más pobres son los más vulnerables. En 2013, el 90% de todas las muertes por malaria se produjo en la Región Africana de la OMS, sobre todo entre los niños menores de 5 años de edad” (WHO).  

Estos datos dejan clara la importancia desde un punto de vista bioético de Mary and Martha, independientemente de otros de sus contenidos. Es mejor prevenir que curar y, mientras llegan las vacunas, los mosquiteros son importantes y para adquirirlos es más fácil utilizar fondos gubernamentales. Mentalizar a los gobernantes es siempre necesario, la presión de la población es muy importante y las películas ponen antes sus ojos el problema de una forma más impactante que una fría nota de la OMS. Cómo cambian las cosas cuando los afectados somos nosotros.

Amén de la malaria, África necesita ayuda para otras enfermedades infecciosas mortales o invalidantes y el cine puede ser un medio para que la población occidental las conozca, desde el tracoma…al sida.



Bibliografía







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