La fragilidad y la dependencia son realidades antropológicas que pueden generar gran desasosiego. Pero, tras la cubierta, el lector descubre un buen trabajo que aborda con trazo cálido, limpio y delicado el cuidado de los enfermos crónicos.


En 1759, Adam Smith comienza La teoría de los sentimientos morales con estas palabras: “Por más egoísta que quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros, de tal modo que la felicidad de éstos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla. De esta naturaleza es la lástima o compasión, emoción que experimentamos ante la miseria ajena” (Smith, 2013). Denominó simpatía a ese sentimiento por el cual un sujeto es capaz de ponerse en el lugar de otro, aun cuando no obtenga beneficio de ello, lo cual no responde al principio de eficiencia. A partir precisamente de la escuela emotivista del siglo XVIII, surgirá y crecerá la filosofía axiológica, revelándose el mundo de los valores como un firmamento repleto de astros luminosos. La ética consiste precisamente en elegir la mejor conducta capaz de proteger y de promover los valores.